No hay mejor lugar que los brazos de mamá

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Cómo ha cambiado mi blog en 5 años

En diciembre del 2012 publiqué por primera vez en el blog. Aquellas primeras entradas eran pobres, meros intentos de intentar adaptarme a un nuevo reto que me había planteado. Al principio, el blog surgió más por una necesidad de hacer publicidad a los portabebés y a la tienda online que tenía por aquel entonces que a otra cosa. Pero con los meses, descubrí que me gustaba contar cosas de mi día a día, de la crianza de Sara y de sus pequeños e incesantes cambios. Siempre me había gustado escribir, hacer cuentos y redacciones para el cole, y el blog me brindó la oportunidad de hacer algo que me gustaba, con lo que me sentía a gusto y que, echando la vista atrás, no hacía mal del todo.

Escribir entonces era fácil, siempre había cosas nuevas que contar, experiencias que plasmar, conocimientos sobre portabebés, lactancia o salud que compartir con vosotros, mis lectores. Iba en el coche y se me ocurrían cientos de ideas para escribir, muchas veces tenía que anotarme en una libreta las cosas para no olvidarlo. Además, estaba en casa con la excedencia, lo que hacía que las mañanas libres fuesen muy productivas en tiempo, así que había meses que publicaba unas 20 entradas. ¡20! Madre mía, ahora, si publico dos veces al mes, me siento satisfecha. ¿o no?

Pues la verdad es que no. Echo la vista atrás y pienso en aquellos años, lo mucho que me aportaron, las oportunidades que se me abrieron, la cantidad de gente que conocí gracias al mundo virtual, las cosas que hice, los buenos ratos escribiendo historias y los ratos aún mejores leyendo los comentarios que me dejabais. Ahora casi no escribo y muchas veces lo echo de menos.

En estos cinco años, he pasado de contarlo todo a casi no contar nada. A veces pienso ¿y sobre qué voy a escribir? Mi vida y la de mis hijos, sobre todo la de Sara, que es (era) la principal protagonista, se ha vuelto mucho más pausada, más monótona. Ya no hay grandes historias que contar, grandes momentos que compartir. Ella y el blog han crecido, han madurado y se han vuelto más serios.

Hace poco más de un año que Sara dejó de mamar y aunque la lactancia materna sigue siendo un tema que me apasiona, aunque me gusta seguir ayudando a toda aquella madre que lo necesita, parece que el hecho de no ser ya una madre lactante me deja sin historias sobre las que hablar. Y lo mismo pasa con los portabebés.  Durante años, fueron primordiales en la crianza, en mi casa. Iba con Sara a cuestas a todos lados, siempre había alguna novedad que contar, algún beneficio que recalcar…pero un día dejó de pedir brazos y un día se hizo tan grande y tan pesada que mi espalda ya no aguantaba con su peso, por mucho que el portabebé dijese que sí. Y ahora, hablar de portabebés, parece que no me sale, que todo lo que tenía que contar ya está dicho. Aunque sigo asesorando y recomendándolos con gusto cuando alguien me pregunta; y sigo sonriendo por la calle cuando veo algún bebé feliz en brazos.

Muchos días, por la noche, cuando todos duermen ya y la casa está en silencio, cuando es mi momento de pensar y recapitular sobre lo que ha dado de sí el día, pienso en el blog y en lo que lo echo de menos. Me digo a mi misma que tengo que esforzarme más, que volver a retomarlo, que quiero volver a escribir con asiduidad y constancia. En ocasiones, he llegado hasta a ponerme un poco triste por lo abandonado que lo tengo. Y pienso, voy a sentarme a escribir, voy a hacerlo cada día, cada noche, aunque sólo sea un poco. Y entonces, ¡no se me ocurre sobre qué escribir! y me entra el bajón. ¿Qué puedo contaros que resulte interesante? ¿Qué decir que no haya dicho ya? Imagino que así deben sentirse los escritores cuando no tienen inspiración.

Y de pronto, un día me llega alguna idea para compartir con vosotros. Pero no encuentro el momento, el trabajo, la casa, las actividades extraescolares, los niños. Y cuando llega la noche y tengo tiempo, ya no me parece tan interesante lo que había pensado por la mañana. Entonces lo apunto en mi cuaderno de ideas y ahí se queda, esperando que llegue el día en que mi tiempo y mis ganas se junten.

En estas estoy. He llegado hasta a pensar en dejarlo del todo, en escribir una última vez a modo de despedida. Pero luego desecho la idea, casi prefiero escribir poco, de vez en cuando, a no hacerlo nunca.

Así que aquí seguiré pues, escribiendo poco y con mesura, cuando el tiempo, las ganas y las ideas lo permitan. Y escribiendo cosas que quizás ya no tengan tanto que ver con la idea inicial del blog. Porque todos hemos madurado, hemos crecido, nuestras vidas han cambiado. Y ahora, en vez de escribir sobre porteo, quizás escriba sobre el último lugar al que he ido a cenar; y en vez de escribir sobre lactancia materna, quizás escriba sobre consejos para hacer la compra en el supermercado. Pero, aunque brevemente, aquí seguiré y estaré feliz si queréis seguir acompañándome.

 

¿Cuánto molestan los niños?

Cada vez es más frecuente escuchar historias sobre sitios en los que no se admite la entrada a los niños o leer denuncias de algún padre porque en determinado lugar les han tratado mal por tener hijos ruidosos.

Pues así me he sentido yo en más de una ocasión. Y así, concretamente, me sentí la otra tarde en el dentista.

Lo primero que tenemos que admitir es que cada niño es un mundo, es diferente al resto, tienen su propia personalidad y su propia forma de actuar. En muchos casos, nuestros hijos no son exactamente como nos los habíamos imaginado.

¿Una madre súper divertida y marchosa que se enfada porque su hija es muy tímida? ¿Un padre inteligente y brillante que se frustra porque su hijo saca unas notas mediocres y no tiene interés en los estudios? ¿Una madre adicta al deporte que ve cómo su hijo es sedentario y no tiene interés por actividad física ninguna?

Muchas veces, lo que soñamos, lo que planeamos para nuestros hijos, no es lo que son en realidad. Y tenemos que aceptarlos así, con su personalidad diferente a la imaginada y asumir que son personas en formación, aunque quizás no las personas que nosotros habíamos soñado. ¿Se os ha ocurrido pensar cómo nos sentiríamos nosotros mismos si nuestros propios padres no nos aceptasen por cómo somos o por lo que hacemos? Seguro que más de uno no tiene que imaginárselo 😦

En alguna ocasión me he descubierto preguntándome a quién ha salido mi hija, con esa personalidad apabullante y con esa energía infinita. Hay veces que se mueve tanto, que habla tanto, que interactúa tanto, que ha llegado a ponerme nerviosa. Está mal que lo diga, es cierto. Pero lo confieso, tanta energía de mi hija, a veces me desborda. Luego se me pasa, cuando me doy cuenta de que es sólo una niña, una niña muy activa, pero una niña alegre y feliz, que llena mis días de emociones.

El problema llega cuando es al resto de las personas a las que no le gusta cómo es o cómo se comporta Sara. Entonces, sale mi vena de madre coraje y me las comería a todas.

En alguna ocasión, estando en algún lugar concurrido, he notado como alguna persona miraba a mi hija con cara de pocos amigos. Y vamos a ver, que mi hija es muy activa, es cierto, pero que yo no la dejo que vaya saltando por las sillas de los restaurantes, por ejemplo.

La otra tarde, en la sala de espera del dentista, tuvimos un problema. Al llegar y pedirle a los niños que se sentaran, evidentemente, después de todo un día en clase, tenían ganas de todo menos de estar sentados. Y se pusieron a jugar. Haciendo ruido, lo admito, pero sin molestar a nadie. A pesar de eso, cada dos por tres les decía que se estuviesen quietos, que no hicieran tanto ruido…Yo intentaba que estuvieran más tranquilos, pero la verdad, pedir a una niña de 5 años que se quede sentada quieta en una sala de espera, sin moverse, es difícil, por lo menos en nuestro caso. Cierto es que había algún niño más en la sala sentadito, embobado mirando el móvil (curioso, no había ninguno simplemente sentado jugando a algo “normal”). La opción de prestarle mi móvil a Sara no la contemplaba, porque entonces Lucas lo quería también y ambos acabarían peleándose, así que opté por no nombrarlo y por intentar que estuviesen más o menos en silencio.

Una pareja sentada varias sillas más al fondo, esperando para entrar en otra consulta y obviamente, sin niños, no paraba de mirarnos, de mirar a Sara con mala cara, de mirarme a mí con cara desaprobatoria y de cuchichear con su pareja sin dejar de mirarnos. Yo estaba empezando a cabrearme y aunque seguía pidiendo a Sara que parase un poco, empecé a mirar a la pareja con mala cara y a devolverles las miradas acusatorias, aunque les daba exactamente igual, seguían mirando y hablando.

Jugando

El colmo fue cuando pasó una dentista bastante desagradable, que siempre anda estirada y mirando a todo el mundo por encima del hombro, la ortodoncista, con la que ya he tenido algún problema anterior cuando Lucas llevaba brackets, que pasó por allí y vio que en el suelo había un vaso de plástico y agua derramada. Ni corta ni perezosa, decidió acusar a mi hija del estropicio. Y ahí, ya sí que no bonita.

Se paró y le soltó a bocajarro que si había derramado el agua debería recogerla. La niña se quedó cortada y casi sin voz, le dijo que ella no había sido, aunque la cara de la dentista decía que pensaba lo contrario. De malas formas por mi parte también, le dije que ella no había sido, que si lo hubiese tirado ya lo habríamos recogido, pero aun así se fue altiva y consiguió que Sara se pusiese a llorar.

En cuanto terminamos de la consulta y mientras hacía una cola de unos 10 minutos para pagar, los niños salieron a la calle a correr un rato a gusto y despejarse.

Cuando los niños no se comportan como espera el resto, que no es lo mismo que decir que no se comportan como deberían, muchas personas los miran mal y, por ende, tienden a juzgar a los padres sobre la educación que les damos y el control que ejercemos sobre ellos. Es muy fácil juzgar cuando no se sabe de lo que se habla. Es muy fácil poner la etiqueta de mala madre o de niño rebelde cuando no tienes hijos o cuando tienes hijos de esos que ni se mueven. Pero seamos sinceros, los niños son niños y lo normal es que jueguen, salten, canten, se diviertan, se comporten como niños. Hay momentos y lugares en los que sí deberían estar en silencio o quietecitos, pero cuando eso pasa, mejor no llevamos a los niños y listo.

Si vamos a un restaurante a comer, no dejo que los niños, Sara en este caso, se levanten de la mesa hasta que todos hayamos terminado. Y solo en el caso de que el restaurante en cuestión tenga zona infantil, la dejo que vaya al terminar de comer. Si es un restaurante normal, no veréis a mi hija corriendo entre los comensales. Otra cosa es en las terrazas de verano, por ejemplo, en las que te sientas a tomar algo tranquilamente y los niños se aburren; ahí si la dejo que juegue, porque estamos en la calle, pero intentando que no moleste a la gente de alrededor. O en el cine, por ejemplo. Durante toda la película, ella está atenta y quieta. A veces se levanta de su sitio para sentarse conmigo, pero no hace más. Eso sí, en cuanto termina la película, se baja corriendo las escaleras y se pone bajo la pantalla a bailar con la música del final o a hacer volteretas verticales. No molesta a nadie, para ella es un ritual y a mi me encanta quedarme hasta el final viendo como se divierte. Muchos niños suelen sumarse a estas manifestaciones de alegría, pero no faltan los padres que se llevan a los suyos a rastras y miran a mi hija con cara de pocos amigos.

Pero no puedo, ni quiero, obligar a mi hija a estar sentada en una silla, sin moverse ni expresarse, sin hacer un ruido, en sitios donde en realidad no molesta, solo porque determinadas personas no soporten a los niños.

¿Cuántas veces os habéis sentido juzgadas vosotras por el comportamiento de vuestros hijos? ¿O cuántas veces habéis sentido que los juzgaban a ellos?

 

 

 

Nuestro nuevo Sistema de Retención Infantil

Después de 5 años y medio viajando en sentido contrario a la marcha, la forma más segura de viajar en coche, hemos tenido que decir adiós a esta opción, y no por cuestión de gusto, precisamente. Sara ha seguido creciendo y nuestra última silla se le ha quedado pequeña.

Desde que nació ha viajado a contramarcha. Los primeros meses lo hizo en una Concord Ultimax con Isofix, un grupo 0/1.

A contramarcha en un grupo 0-1 con 6 meses

Concord Ultimax

Cuando tenía unos 2 años, y la Concord se le empezó a quedar pequeña por estrecha, que no por peso, compré una Klippan Triofix, que permite viajar ACM hasta los 18 kilos y en sentido a la marcha hasta los 36 kg. Esta silla la mantuve un año en mi coche, hasta que llegó a los 18 kg. En ese momento, la coloqué en el coche de los abuelos y ocasionalmente, en el de la tía, en sentido a la marcha, para pequeños desplazamientos por ciudad, como cuando surge la necesidad de llevarla/traerla del colegio.

a contramarcha con 3 años

Klippan Triofix

Y para mi coche, volví a cambiar de SRI. Pero como me negaba a ponerla en sentido a la marcha, busqué y encontré que sigue habiendo sistemas ACM hasta los 25 kilos. Así que invertí en mi Axkid Minikid, que hemos usado 2 años y medio más.

Axkid Minikis

Axkid Minikid Así ha crecido con el uso de la silla

Pero Sara ha decidido seguir creciendo, mira por dónde, ya pesa 25 kilos y por altura, el respaldo de la Minikid no daba más de sí. Así que llegó el momento, esta vez ya sí, de cambiar la silla e ir en sentido a la marcha.

Evidentemente, he vuelto a hacer un estudio sobre sillas, y no precisamente mirando los rankings del RACE, donde puntúa lo mismo la seguridad que la facilidad de limpieza de la tapicería… Es vergonzoso que sillas que, en las pruebas de choque, sólo reciben una puntuación aceptable, estén en los primeros puestos de este “ranking” porque la facilidad de uso o la ergonomía le han subido la nota. Tampoco me he fiado de páginas donde venden sillas a favor de la marcha con escudo como lo más seguro del mercado. Quería una silla segura de verdad.

A la hora de cambiar de SRI, hay que tener en cuenta una serie de factores muy importantes, como

  • Que la silla se adapte a las medidas de nuestro hijo y de su futuro. Es decir, tiene que ser una silla adaptable y que crezca, no nos interesa tener que cambiar de silla en unos años, seguramente, esta sea la última silla que compremos.
  • Que sea fácil de sujetar al coche
  • Que tenga protecciones laterales contra impactos. El cuello y la cabeza son las zonas más vulnerables del cuerpo de nuestros hijos, y las primeras que entran en contacto con la silla en caso de impacto lateral. Según la nueva normativa del 2017, ningún niño menor de 125 cm debe viajar sin respaldo.
  • Que el cinturón del abdomen quede bien guiado una vez sentado el niño, colocado en la parte alta del muslo, encima de la pelvis, no en el abdomen. Muy buen artículo este de Retensión Infantil para leer el motivo por el cual esto es tan importante.
  • Que el niño permanezca bien sentado incluso dormido, que no se escurra hacia abajo.

Son un montón de premisas importantes a la hora de elegir una silla, pero está claro que, por la seguridad de nuestros hijos, hacemos cualquier cosa, así que hay que investigar. Hay varias sillas grupo 2/3 buenas en el mercado, que cumplen con estas características y que no aparecen en la web del RACE, qué raro…

Después de mucho pensar investigar y dar vueltas, consultando con expertos, al final me decidí por la Takata Maxi.

Takata Maxi

Takata es una marca que comenzó desarrollando y fabricando sistemas de protección en los vehículos, como cinturones de seguridad o el primer airbag, producido en serie en el mundo, en 1981, junto a Mercedes Benz y que, hoy, fabrica SRI con altas prestaciones.

La Takata Maxi es una silla grupo 2/3 que puede fijarse al coche con el cinturón o con Isofix. “Cuenta con reposabrazos acolchados, guía del cinturón con tensado automático, ajuste del tamaño adaptable e innovadora tecnología de seguridad AIRPAD que genera una perfecta protección para el área de la cabeza y el cuello. Estas almohadillas de aire estáticas se fabrican del mismo tejido que los airbags de vehículos y encierran un espacio relleno de aire y espuma. Igual que un airbag, actúa como medio de protección ante un choque entre el menor y la silla infantil. En particular, en caso de impacto lateral, las cargas que se ejercen sobre el cuerpo del menor se reducen notablemente por la suave amortiguación generada. Junto con el efecto protector, esta tecnología de seguridad patentada brinda una mejora del confort para el niño mediante una suave almohada.”

Viajar de espaldas a la marcha durante más de 5 años tenía que notarse, y ahora, al poner a Sara de frente, me he encontrado varios problemas.

La silla está colocada detrás de mi asiento, no he podido colocarla en el centro como iba antes, porque al ser más alta, me restaría visibilidad. Al ir sentada al lado de la puerta, le han parecido una novedad los elevalunas eléctricos, hasta el punto de pasarse el camino subiendo y bajando la ventanilla. A mí me molesta mucho viajar con las ventanillas bajadas, por el ruido que entra y porque pueden entrar bichos, así que en cuanto la toca un poco, lo noto enseguida. Pero no solo por la molestia de los ruidos, me parece peligroso que baje la ventanilla y vaya a sacar un brazo o la cabeza, con el consiguiente riesgo. Terminaba usando el bloqueo para niños, que bloquea ventanillas y puertas a la vez, pero tampoco me siento cómoda, pensando que, en caso de accidente, no podrían abrir las puertas desde dentro, llamadme exagerada cauta (aunque me han dicho que hay un mecanismo de seguridad que, en esos casos, desbloquea las puertas, pero no sé si es cierto. Si sabéis algo al respecto, me gustaría escucharos 😉). Después de casi dos meses de viajar en el sentido a la marcha y de muchas charlas, conversaciones y algún que otro castigo, parece que por fin ha entendido que eso no se toca, y si alguna vez quiere bajarla, me pide permiso.

El otro problema que hemos tenido y que persiste, es que se marea. Mirad que gracia, años escuchando oír a la gente decir que la niña seguro que se mareaba por ir de espaldas y va y se marea ahora. Imagino que será la falta de costumbre, la nueva visibilidad que le confiere este cambio, el hecho de tener más movilidad, no lo sé con seguridad, pero desde el cambio, cada vez que nos movemos un poco, se marea, y hablo de trayectos de media hora. De momento, lo vamos llevando, se le suele pasar bajando un poco la ventanilla (que contradicción) y cerrando los ojos, para descansar la vista.

El último problema que veo al cambio de sentido es que siento que ha disminuido la seguridad. Ya no solo por el hecho de que al ir de espaldas se viaja más seguro, sino porque, al no ir sujeta con el arnés de 5 puntos, tiene mucha más movilidad y se pasa el camino moviéndose de un lado a otro, sacando la cabeza y el cuerpo del respaldo, agachándose al asiento y hasta al suelo a coger cosas… No hace falta que os diga que me entra de todo cada vez que la veo moverse de la postura correcta y le doy unas cuantas voces histéricas. Pero en este caso, por más que se lo he explicado, no consigo que viaje quieta ni una sola vez.

Pues este ha sido nuestro cambio de este verano. Y vosotros, ¿hasta cuándo habéis llevado al peque de espaldas y qué tal ha sido el cambio? ¿Habéis encontrado problemas como los míos?

Del colecho a la cama de mayores: dejar la cama de mamá ha sido muy fácil

Desde que Sara nació, hemos compartido cama y habitación. En España, esta situación se conoce como colecho y aunque muchas personas no lo admiten, dormir con los hijos es más frecuente de lo que parece.

Sus primeras semanas de vida las pasó en mi cama, calentita, vigilada, donde tenía acceso al pecho cada vez que quería, lugar privilegiado para controlar su respiración y evitar sustos enormes, como el que nos llevamos una de las primeras noches que pasamos en casa, cuando se atragantó mientras dormíamos y gracias a estar tumbada a mi lado, pude notar cómo se agitaba y pataleaba y conseguí que expulsase una bola enorme de flemas y leche que tenía alojada en la garganta y que había hecho que se pusiese cianótica. Después de ese susto, supe que íbamos a dormir juntas mucho tiempo.

Los primeros meses trascurrieron así. Cuando creció un poco y se movía mucho, puse la cuna pegada a la cama, sin barandilla, de modo que podía rodar y pasar de un lado a otro sin problema. Incluso algunas noches era yo la que la “empujaba” suavemente a su lado del colchón. Cuando la cuna empezó a quedarse pequeña, moví mi cama a un lado y puse una cama pequeña pegada a la mía, con el cochón a ras de mi colchón. Y así hemos dormido hasta ahora.

Con los años, ambas nos hemos acostumbrado a dormir juntas. El problema no estaba tanto en compartir cama, como en lo que a acostarse se refiere.

Nunca la he “enseñado” a dormir sola. Simplemente, se quedaba dormida. Desde que nació, la teta era su forma de dormir, mamaba, se dormía, la soltaba en la cama y listo.

Hasta que tuvo 18 meses, me incorporé de la excedencia y ella empezó la guardería. Entonces empezaron los horarios y los problemas. Necesitaba instaurar una rutina de sueño, para poder despertarla por la mañana sin mucho problema. Al principio, me iba a mi cama con ella, le daba el pecho y me quedaba allí tumbada, leyendo, hasta que se quedaba dormida. Pero había veces que ese proceso duraba más de media hora y me resultaba un poco desesperante, me parecía una pérdida de tiempo, teniendo en cuenta la cantidad de cosas que me quedaban por hacer y, sobre todo, que tenía a un niño más grande esperándome fuera para hacer alguna cosa los dos juntos antes de irse a la cama.

Y encontré la solución que nos venía bien a los 3, de momento. Como a Lucas y a mí nos gustaba tener nuestro momento a solas para ver alguna peli juntos, lo que hacía es que le daba el pecho a Sara en el sofá del salón y mientras ella iba cogiendo el sueño, Lucas y yo aprovechábamos para nuestras cosas. Pero cada vez es más grande y pesa más, y la tarea de llevarla a la cama dormida desde el sofá empezaba a resultar peligrosa para mi espalda.

Cuando por motivos de trabajo me tocaba (y me sigue tocando) dejarla a dormir en casa de los abuelos o de la tía, al principio me tumbaba con ella en la cama hasta que cogía el sueño y después me iba. Pero poco a poco, empecé a dejarla despierta en la cama y me iba. Y oye, que no había ningún problema, que en casa de los abuelos y de la tía, se dormía sola. Pero en casa era otro cantar.

Ya podréis imaginar la cantidad de comentarios que he tenido que escuchar en estos 5 años sobre el sueño de mi hija, lo mal que lo estaba haciendo, que nunca la iba a sacar de mi cama, que iba a dormir conmigo hasta que tuviera novio…comentarios a los que yo, evidentemente, hacía oídos sordos.

Pero últimamente, las noches se estaban convirtiendo en una tortura. Desde hacía algunos meses ya no usaba su cama pequeña, simplemente dormía en la mía, lo más cerca posible de mí y yo en una esquina de una cama de 1,50 metros. Además, roncaba y mucho (tema del que ya os hablaré en cuanto pueda). Tampoco paraba de moverse de lado a lado, con lo que me pasaba las noches despertándome por sus patadas y sus ronquidos.

Siempre he defendido el colecho, compartir la cama con mis hijos me ha aportado muchos beneficios y estoy segura que a ellos también. Nunca me he planteado obligar a Sara a dormir de otro modo. Pero ya hacía tiempo que yo no descansaba muy bien. Además, varias noches al mes, por motivos de logística, mi sobrina tenía que dormir en casa con nosotros y aquello sí que era una fiesta. Mi sobrina en la cama pequeña de Sara y Sara y yo en mi cama, las tres juntas en la habitación, despertares de una, ronquidos de la otra…Entonces, decidí plantearle a Sara el tema de dormir sola en su habitación.

En el mes de febrero empecé a hablar con ella, sobre que estaba a punto de cumplir 5 años y quizás sería un buen momento para montarle una habitación para ella. Lo primero que me pidió fue que su cama tuviera cama abajo, para dormir con la prima. Y lo otro que me pidió fue poder elegir su cama. Así que dicho y hecho, nos fuimos de compras a una conocida tienda de muebles. Entre las dos elegimos la cama, colchones, edredones y demás muebles para la habitación. Hablábamos cada día del tema, de lo mayor que iba a ser, de lo chula que iba a quedar su habitación….

Colecho

Montamos la habitación y todos sus accesorios. Varias lámparas de luz nocturna, a petición de Sara. Y llegó la primera noche tras el cumpleaños, la noche en que dormiría sola por primera vez, la noche de una niña mayor, como a ella le gustaba llamarla.

¿Queréis saber la verdad? Me esperaba algo peor, traumático, con llantos y quejidos… Desde luego, mi intención era tener mucha paciencia, ofrecerle mi habitación para lo que necesitase y desde luego, no obligarla a nada. Pero llegó esa noche y la emoción se sentía en el ambiente. Le puse le pijama, encendimos las luces quitamiedos, la metí en la cama, le leí un cuento, le di varios besos, le dije lo mayor que era y me fui…hasta el día siguiente. No hubo llantos, no hubo traumas, no hubo nada. Simplemente, ella se ha ido a dormir sola a su habitación cuando las dos nos hemos sentido preparadas para ello. Bueno, creo que ella estaba más preparada que yo, porque esa primera noche yo no podía dormir, con la oreja pendiente por si sentía algún ruido, preparada para saltar cual resorte de la cama al primer inconveniente. Pero no lo hubo. Y no lo ha habido en este par de semanas que llevamos durmiendo separadas.

Alguna noche me ha llamado porque se ha despertado por una pesadilla, he ido, la he calmado y se ha vuelto a dormir sola sin problema. Incluso una mañana me comentó que se había levantado ella sola al baño en mitad de la noche a hacer pis, muy despacito, ¡para no molestarme! Ya ha compartido su habitación con la prima e incluso con su hermano, al que invitó a dormir una noche en la cama de abajo.

Ella se siente muy mayor. Tiene su propia habitación, con la cama llena de muñecos (en mi habitación no podía tener tantos). Ahora tiene todo a mano, estanterías para tener todo ordenado, una mesa con silla en la que pasarse horas haciendo dibujos…Cuando viene alguien a casa, lo primero que hace es llevarle corriendo a su habitación para enseñarle su cama nueva.Colecho (2)

He dormido con mi hija 5 años. Y no tiene ningún trauma por ello. Muy al contrario, creo que es una niña muy segura de sí misma y me lo ha demostrado con el cambio. No ha tenido ningún problema para dormir sola cuando ha estado lista. Simplemente, mi pequeña se hace mayor. Colechar con los hijos aporta a todos los miembros de la familia muchos beneficios. Pero no debemos asustarnos, los niños no van a dormir con nosotros para siempre, simplemente, un día se van y nuestra cama se quedará vacía. Aunque confieso que ya me he acostumbrado a dormir del tirón sin ella y sin estar pendiente de los ruidos, sigo durmiendo en mi esquina de costumbre, con el resto de la cama vacía.

¿Me cuentas cuánto tiempo has dormido con tus hijos y cómo se fueron a su propia cama?

Hemos probado Cabify Baby

Yo siempre me muevo en mi coche por todas partes, por aquello de llevar a Sara en su Sistema de Retención Infantil (SRI), a contramarcha todo el tiempo que pueda. Por suerte, en muy pocas ocasiones he necesitado usar un coche que no fuese el mío. En algunas ocasiones, Sara tiene que ir en el coche del abuelo o de la tía, pero ambos coches tienen instalado un SRI del grupo 2, que, aunque no vaya a contramarcha, es adecuado para su altura, edad y peso.

Solamente en una ocasión, me encontré sin coche y con necesidad de desplazamiento. Fue con motivo de dejar el vehículo en el taller, durante unas pocas horas, pero justo me surgió un imprevisto en ese momento y tuvimos que pedir un taxi. Y ¡oh sorpresa! El taxi no tenía SRI.

Aunque por ley, es obligatorio viajar con un SRI adecuado al hacer uso del transporte, los taxis no tienen obligación de llevar sillas para bebé. Dejando de lado la cuestión monetaria, en la que nos puede caer una multa por llevar un bebé en un taxi sin Sistema de Retención Infantil, lo más importante es la seguridad de nuestros hijos. Digo yo, si en mi coche y en el resto de los coches de la familia, Sara viaja segura, ¿por qué motivo exponerla a una lesión potencial por viajar en un taxi sin la correspondiente seguridad?

Hace unos días conocí la existencia de Cabify. Cabify es la solución para moverte por la ciudad con coche y conductor privado. A diferencia de pedir un taxi, no importa la ruta que tome el conductor o el tiempo que tardemos en llegar a nuestro destino, el precio se calcula según el número de kilómetros entre el origen y el destino. Existen diferentes tipos de coches, pero lo mejor, es que Cabify tiene a nuestra disposición Cabify Baby. Con Cabify Baby, los vehículos están adaptados con Sistemas de Retención Infantil, supuestamente de todos los grupos.

La idea me pareció muy buena para momentos en los que no podamos desplazarnos con nuestro vehículo, así que me descargué la APP y con un código que me facilitó Madresfera, nos dispusimos a probarlo.

En principio, el hecho de solicitar el coche a través de una aplicación, me resultó de los más cómodo. Y, sobre todo, el poder reservar el vehículo con antelación, de modo que el día antes de usarlo, pedí el coche para que me recogiese en la puerta de casa. Hubo una cosa que me llamó bastante la atención. Al solicitar el vehículo Baby, poniendo punto de partida y de origen, en ningún momento se preguntaba qué tipo de SRI iba a necesitar. Teniendo en cuenta que hay 4 grupos de SRI distintos, me pareció bastante extraño que los coches llevasen los 4 tipos en el maletero. Lo lógico sería poder elegir desde la misma APP el SRI que necesitamos. Como había una casilla para observaciones, puse la edad y el peso de mi hija y el tipo de SRI que necesitaba. Un mail de confirmación me avisó que al día siguiente tendría el coche en la puerta.

Unos 15 minutos antes de la hora prevista, el conductor estaba esperándonos en la puerta, la app de Cabify me avisó de ello. Antes de bajar, sabía el modelo, color y matrícula del coche y hasta el nombre de nuestro conductor. Muy amablemente, el conductor nos abrió la puerta y…me encontré con la primera pega. La silla que llevan es un grupo 1/2/3, es decir, una silla que se adapta (supuestamente) desde los 9 a los 36 kg. Dejando de lado que en una misma silla podemos montar a una amplia franja de edad, es evidente que en cuanto a seguridad se refiere, una silla que quiera abarcar tanto no puede dar lo mejor de sí. Es imposible que una silla se adapte correctamente para proteger a un bebé de 9 kilos (menos de 1 año) que a un niño de 36 kilos. El conductor no sabía muy bien cómo funcionaba la silla y pretendía que Sara metiese los brazos por los arneses, donde la niña ya no cabía. Al final, le convencí que, por su altura, deberíamos usar la silla como un grupo 2, sujeta con el propio cinturón del coche. Pero, de nuevo, el conductor no sabía cómo regular la altura del cabecero de la silla (le quedaba muy pequeña) y tuve que terminar yo adaptándola a nuestras necesidades.

cabify

Dejando de lado el inconveniente de la silla, el resto del uso fue bastante agradable. Un coche muy nuevo y muy limpio, disponibilidad de botellas de agua en cada trayecto sin coste, revistas, podíamos elegir la emisora que queríamos escuchar (la última vez que tomé un taxi, nos tocó ir todo el camino escuchando una emisora de fútbol), cualquier petición es escuchada.

Personalmente, la idea de Cabify me ha gustado en comparación con los taxis, por ejemplo, en la limpieza, el trato, el precio fijado de antemano y el hecho de poder llevar a un niño con un SRI. Pero, a mi entender, tiene bastante que mejorar:

  • Si necesitamos un grupo 0, no se puede pedir el coche de manera inmediata, hay que solicitarlo al menos con una hora de antelación y ponerlo en el espacio reservado para comentarios. Solicitar un coche con un grupo 0 supone un incremento de 5€ sobre el precio final. Igual que si solicitamos una segunda silla, también lleva este suplemento y hay que solicitarlo al menos una hora antes.
  • El tipo de SRI que llevan me parece adecuado para niños a partir de 4 años, que pueden viajar en sentido a la marcha en un grupo 2, sujetos con el cinturón de seguridad del propio coche. Para niños más pequeños, la solución que ofrecen me sigue pareciendo poco segura. Evidentemente, mejor esto que llevar al niño sin sistema de retención.
  • Los precios, dependiendo de lo que necesites, no son muy baratos. En Madrid capital es más barato que en la periferia, por ejemplo, con una gran diferencia y no entiendo el motivo, pues mi conductor me comentó que él se movía sobre todo por la zona sur de Madrid. Además, tienen unas tarifas mínimas, que también son más caras en la provincia. Por ejemplo, el trayecto que realizamos nosotras no superaba los 6€, pero debido a los importes mínimos, nos costó 15€, lo que me parece bastante caro para un trayecto tan corto. Seguramente, compensará para distancias más grandes.
  • Las reservas por anticipado también tienen un coste, el importe mínimo sube si elegimos este tipo de reserva.
  • Aunque tenía un código de regalo para probar la aplicación, desde la app me cobraron el importe del servicio, aunque posteriormente me lo devolvieron sin ningún problema.cabify2

A pesar de que el servicio Baby puede mejorar, desde luego, si necesito volver a desplazarme con la niña en un coche que no sea el mío, optaré por este servicio en vez de por un taxi, por llevarla con un Sistema de Retención Infantil.

Si quieres probar Cabify Baby con un descuento de 6€, el proceso es muy sencillo. Sólo tienes que descargarte la APP desde aquí si tienes IPhone o desde aquí si tienes Android. Al darte de alta, en el apartado promociones introduce el código     DIANAM1633         y listo. Si lo usas, me encantaría conocer tu sincera opinión.

Peleas entre hermanos

¿Tener más de un hijo significa que se van a pelear entre ellos? Es cierto que esta pregunta siempre tiene dos posibles respuestas. He visto hermanos que se llevan fenomenalmente y otros que se pasan el día a la gresca. Pero la verdad es que no sé dónde reside la diferencia, aunque lo lógico es que, compartiendo casa y padres, algún roce haya entre ellos.

En mi caso, con mi hermana, era una pelea constante. Cuando éramos muy pequeñas, quizás no tanto, pero en cuanto empezamos a ser algo más mayores, en torno a 6 u 8 años, teníamos un motón de broncas y discusiones. Y no sólo las recuerdo yo, también en alguna reunión familiar con mis tíos y primos, nos preguntaban con frecuencia si ya nos llevábamos mejor. Vamos, que nuestra rivalidad no era una novedad para nadie. Y duro años y años, no fue solo cosa de la infancia, en la adolescencia también tuvimos nuestras diferencias.

Lo que también evoco muy bien era a mis padres, enfadados con nosotras por lo mal que nos llevábamos. Siempre nos estaban diciendo que éramos hermanas y que teníamos que cuidarnos y protegernos entre nosotras, pero nosotras, enfadadas como estábamos, le decíamos que éramos hermanas por imposición, no por elección. Mis padres lo pasaban mal. Y ahora lo entiendo perfectamente. Menos mal que los años pasan y maduramos. Y nos convertimos en padres y tenemos que pasar por las mismas cosas.

Durante 10 años, mi hijo mayor ha sido hijo único. Cuando nació Sara, pensé que una diferencia de 10 años iba a hacer que no tuviesen una relación muy cercana, por lo menos los primeros años, en los que tanto se notaba la diferencia de edad. Pero también pensaba que, por ese mismo motivo, no iban a pelearse. ¡Qué equivocada estaba!

Desde que Sara es un poco más mayor, desde que se mueve por la casa como pez en el agua, desde que tiene voz propia (y muy alta), las cosas han cambiado. Las peleas entre los hermanos son continuas. Y yo, en esos momentos, recuerdo a mis padres y les entiendo a la perfección, porque lo llevo realmente mal.

Discuten por infinidad de cosas, desde que no quieren ver el mismo programa en la tele, hasta que se molestan uno a otro con los ruidos o la música, pasando por invasiones del espacio personal del otro. Las broncas en casa están a la orden del día.

Lucas, al ser el mayor y sacar 10 años a Sara, es el que suele llevar la voz cantante, por lo menos, es al que más se le oye. Tiene la manía de hablar fatal a la niña, con voces muy altas, hasta gritos e incluso con falta de respeto. Me hierve la sangre cuando le oigo tratar así a su hermana pequeña, a la que, en condiciones normales, adora y protege. Y eso nos lleva a terminar discutiendo nosotros dos. No me canso de decirle que tiene que tratar a su hermana con el respeto que se merecen todas las personas; además, no tiene que hacer de padre y controlar todo lo que hace y regañarla hasta la saciedad, para eso ya estoy yo.

Pero no es Lucas el único malo de la película, ¡qué va! Sara también se las trae. Tiene un genio increíble, últimamente está en la época en la que la palabra no es su favorita y lleva la contraria a todo el mundo. Incluso hace las cosas con más intensidad cuando se le pide que deje de hacer algo. Por ejemplo, si Lucas está estudiando y su hermana empieza a tocar el piano en la habitación de al lado, él le pide que deje de hacer ruido, que no puede concentrarse. Pero Sara, lejos de dejarlo, le sube el volumen al piano y se pone a tocar en la puerta o incluso, dentro de la habitación de Lucas.  Le encanta chinchar. Evidentemente, la discusión está asegurada.hermanos

Lo peor de todo no es que se griten, es que muchas veces llegan a pegarse. Sara empieza a pegar a Lucas y no veas las tortas que le pega. El niño intenta controlarla y se aguanta un poco, por eso de que es pequeña, pero la pequeña terremoto le llega a pegar patadas y claro, Lucas termina empujándola, dándole un tortazo o un pisotón y los gritos se oyen por toda la casa. Los dos vienen a contarme su versión, a voz en grito, culpándose uno al otro. Suelo enfadarme más con Lucas, por haber hecho daño a la niña, porque él es el mayor, porque debe controlar su genio y su fuerza…pero sé que es injusto para él, porque el genio y la fuerza de Sara no se quedan cortos.

La verdad es que no sé cómo actuar en estos casos. He intentado no intervenir, dejar que lo solucionen entre ellos. Normalmente lo consigo, sobre todo cuando son peleas suaves, si vienen a meterme en medio, les digo que lo resuelvan entre ellos. Pero cuando la bronca se sale de madre, no puedo permanecer impasible, entre otras cosas, porque mi nivel de ansiedad empieza a elevarse.

Entre Lucas y yo, el ambiente en casa últimamente está bastante enrarecido. Peleas y enfados continuos, su etapa de adolescente alborotado, sus notas que van cada vez a peor y mi cansancio nocturno, se unen para hacer que la tensión familiar sea elevada. Quizás eso propicie que entre los hermanos se peleen con frecuencia, porque lo ven como algo habitual. O lo veían, porque a esto le estamos poniendo remedio. Desde hace un par de meses, vamos a terapia familiar, un grupo de apoyo psicológico donde cada quince días hablamos y nos orientan sobre cambios que deberíamos introducir en casa, sobre formas mejores de comunicarnos, donde nos plantean objetivos y nos dan pautas para que madre y adolescente vayan por buen camino. Pero eso es algo que ya contaré otro día.

¿Qué intento hacer yo para evitar tantas peleas?

Lo primero, es hablar mucho con ellos, explicarles que hay que respetarse y entenderse, comprender que cada uno es diferente y tiene sus propias necesidades, que no necesariamente tienen que coincidir con las del otro, es más, entre ellos, la mayoría de las veces no coinciden nunca.

Como ya he dicho, intento no mediar ni hacer de árbitro, que solucionen el problema entre ellos. Hasta hace poco, siempre tendía a culpar a Lucas por el simple hecho de ser el mayor. Pero en una de nuestras sesiones de terapia, me sorprendió bastante con su ruego. Teníamos que hacernos una petición uno al otro, llegar a un acuerdo de algo que queríamos que hiciese (o dejase de hacer) el otro y cumplirlo durante quince días. Y Lucas me pidió que no me metiese en las peleas con su hermana, que no intercediese por ella siempre. Así que algo que yo pensaba que no era para tanto, resulta que para él sí que lo es, y le da mucha importancia. En esas estamos ahora, intentando no mediar y no interceder cuando ya ha empezado la pelea, aunque confieso que me sigue alterando bastante oír cómo discuten.

Eso sí, si la pelea va más allá y empieza a haber daño físico, ahí sí intervengo. Les separo y les llevo a habitaciones separadas, hasta que se calmen. En poco tiempo, ellos solos acercan sus posturas y terminan abrazándose y besándose, pidiéndose perdón.

Admito que me resulta bastante difícil, quizás por el hecho de haber vivido una pelea constante en casa cuando era pequeña, quizás por el hecho de que se peleen a pesar de llevarse tantos años de diferencia; por el motivo que sea, las peleas entre mis hijos no las llevo nada bien, aunque sé que son inevitables, de momento.

 ¿Y vuestros hijos se pelean? ¿Cómo actuáis cuando esto ocurre? ¿Algún consejo mágico para que dejen de hacerlo?

¿Los terribles dos? Los abrumadores cuatro

Siempre hemos oído hablar de los terribles dos años, las épocas de las rabietas, cuando nuestros hijos aun no saben gestionar y manejar sus emociones y se frustran, dando lugar a las famosas rabietas.

En nuestro caso, los dos años pasaron bastantes tranquilos, solo recuerdo un par de momentos de crisis, pero cedían en seguida. En cambio, según la peque ha ido creciendo, estas rabietas y estas crisis han ido apareciendo con mayor frecuencia. Y no solo eso, no solo de enfados vive mi hija. También de lloros sin motivos.

Sara es una niña muy alegre y con muchísima personalidad, sabe lo que quiere y la mayoría de las veces, lo quiere ya. Evidentemente, en mi mano está darle la educación que corresponde y enseñarle que no puede tener todo lo que quiera ni mucho menos cuando ella lo quiera. Pero de momento, sigue sin entenderlo.

Y así estamos, a tres meses de cumplir los 5 años y con mas enfados ahora que cuando era pequeña. Y es que la mayoría de los enfados son por cosas sin sentido (al menos para mí, porque para ella debe tener todo el sentido del mundo).

Nuestros días comienzan así. Suena el despertador y se despierta de un humor horrible. No es por cansancio, porque duerme unas 11 horas del tirón. Simplemente, le sienta fatal despertarse. Y no solo los días de diario, cuando hay que levantarse forzadas; los fines de semana también se levanta con el pie izquierdo y no quiere ni que la hablemos. Por lo general, como se acerque su hermano a decirle algo, ya está liada. He probado distintas alternativas, como acostarla antes todavía, poner el despertador diez minutos antes, para que se vaya espabilando poco a poco, hacerle cosquillas, darle besitos, despertarla cantando, pero no parece que nada funcione. Sólo salta de la cama y se levanta de buen humor cuando tenemos algún plan a la vista que le apetece mucho. Levantarse para ir al cole, no entra dentro de esa categoría.

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Llega la hora del desayuno y como se ha levantado enfadada, no quiere desayunar. Los fines de semana dejo que lo haga mas tarde, sin prisas, pero los días de diario no podemos entretenernos mucho. Da lo mismo, aunque deje el desayunando como la ultima tarea del día, ella lo hace enfadada, protesta porque quiere desayunar algo que justo ese día no hay, protesta si el pan está más tostado de lo normal, si su leche está demasiado caliente o demasiado fría, si le pongo colacao o si no se lo pongo…. Al final, termino dejándola en la cocina con el desayuno mientras yo voy a terminar de arreglarme para salir de casa, y de ese modo, suele desayunar lo que le apetece.

La recojo del cole y pasa de estar riéndose en el patio a enfadarse en escasos segundos. Y vale, entiendo que está cansada, que me ha echado de menos, que conmigo tiene la confianza para hacerlo… a si que intento mimarla mucho (si me deja), cogerla en brazos y generalmente se le pasa. Pero, llegamos a casa del cole y se enfada porque Lucas está viendo la tele, o porque quiere pintar y no encuentra justo el lápiz o el cuaderno que quiere, se enfada si no le doy una chuche, se enfada porque quiere merendar justo lo que no hay en la nevera…no puedes imaginar a qué nivel llegan sus enfados. Porque todos los enfados van acompañados de llantos y de gritos. Si, mi hija grita y mucho. Grita para pedir las cosas, chilla si no tiene lo que quiere, se tira al suelo y patalea o se mete debajo de una mesa y da golpes a las patas, empuja las sillas…. Y mira, que se enfade porque está frustrada por algo, lo entiendo y lo respeto y espero a que se le pase para hablar con ella. Pero que grite y de golpes por lo mismo, no puedo consentirlo y termino enfadándome con ella.

Y así pasamos la tarde y llegamos a la cena del mismo modo, cabreándose por mil cosas: si la baño, porque la baño; si no lo hago, porque ella quería un baño de espuma, si hago sopa, porque quería puré, si hago puré, porque quería ensalada…. Parece que nada le viene bien.

Es muy frustrante para mí su comportamiento. Supongo y entiendo que es algo temporal, que es otra etapa de su desarrollo que irá dejando atrás poco a poco.

La otra cosa característica de estos días son los lloriqueos continuos sin motivo aparente. Todo lo pide llorando, me habla con esa vocecilla que no le sale de dentro. Lo he hablado muchas veces con ella, que no tiene que pedirme las cosas así, que me las pide normal, sin llorar y sin enfadarse, pero de momento, no ha dado resultado.

Después de sus múltiples enfados diarios, siempre hay algo común: unos instantes después de haberse enfadado por lo que quiera que sea, cuando la dejo un poco a su aire para que se le pase sin abrumarla demasiado, ella piensa y recapacita y siempre viene a pedirme perdón, llorando, eso sí. Por una parte, el hecho de que ella se de cuenta de que esos enfados no tienen sentido, me hace pensar que por lo menos es consciente de la situación; pero por otra parte, también me da bastante pena que se sienta culpable por algo que quizás, de momento, escapa de su control.

Imagino que será una etapa más de su desarrollo y de su personalidad, algo que me sorprende porque no lo había visto en su hermano, pero claro, cada niño tiene su propia forma de ser.

Lo mejor de todo, es que el resto del día sigue siendo mi Sara, mi niña risueña, esa niña que no para quieta, que siempre está dispuesta a aprender, que no se aburre porque tiene una imaginación desbordante y siempre hay algo nuevo por hacer. Esa niña que se esfuerza por aprender a escribir simplemente porque le apetece, que quiere leer todo lo que encuentra, esa niña que pinta y colorea, que hace manualidades, que juega con su imaginación. Esa niña que salta, corre, baila y juega. esa niña que se lleva bien con todo el mundo, abierta y vivaracha, que se emociona y alegra sinceramente cada vez que se encuentra con alguien a quien aprecia. Esa niña que me da cientos de abrazos, que me dice varias veces al día lo mucho que me quiere, que me come a besos y a la que le parezco la mejor madre del mundo.

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