No hay mejor lugar que los brazos de mamá

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Peleas entre hermanos

¿Tener más de un hijo significa que se van a pelear entre ellos? Es cierto que esta pregunta siempre tiene dos posibles respuestas. He visto hermanos que se llevan fenomenalmente y otros que se pasan el día a la gresca. Pero la verdad es que no sé dónde reside la diferencia, aunque lo lógico es que, compartiendo casa y padres, algún roce haya entre ellos.

En mi caso, con mi hermana, era una pelea constante. Cuando éramos muy pequeñas, quizás no tanto, pero en cuanto empezamos a ser algo más mayores, en torno a 6 u 8 años, teníamos un motón de broncas y discusiones. Y no sólo las recuerdo yo, también en alguna reunión familiar con mis tíos y primos, nos preguntaban con frecuencia si ya nos llevábamos mejor. Vamos, que nuestra rivalidad no era una novedad para nadie. Y duro años y años, no fue solo cosa de la infancia, en la adolescencia también tuvimos nuestras diferencias.

Lo que también evoco muy bien era a mis padres, enfadados con nosotras por lo mal que nos llevábamos. Siempre nos estaban diciendo que éramos hermanas y que teníamos que cuidarnos y protegernos entre nosotras, pero nosotras, enfadadas como estábamos, le decíamos que éramos hermanas por imposición, no por elección. Mis padres lo pasaban mal. Y ahora lo entiendo perfectamente. Menos mal que los años pasan y maduramos. Y nos convertimos en padres y tenemos que pasar por las mismas cosas.

Durante 10 años, mi hijo mayor ha sido hijo único. Cuando nació Sara, pensé que una diferencia de 10 años iba a hacer que no tuviesen una relación muy cercana, por lo menos los primeros años, en los que tanto se notaba la diferencia de edad. Pero también pensaba que, por ese mismo motivo, no iban a pelearse. ¡Qué equivocada estaba!

Desde que Sara es un poco más mayor, desde que se mueve por la casa como pez en el agua, desde que tiene voz propia (y muy alta), las cosas han cambiado. Las peleas entre los hermanos son continuas. Y yo, en esos momentos, recuerdo a mis padres y les entiendo a la perfección, porque lo llevo realmente mal.

Discuten por infinidad de cosas, desde que no quieren ver el mismo programa en la tele, hasta que se molestan uno a otro con los ruidos o la música, pasando por invasiones del espacio personal del otro. Las broncas en casa están a la orden del día.

Lucas, al ser el mayor y sacar 10 años a Sara, es el que suele llevar la voz cantante, por lo menos, es al que más se le oye. Tiene la manía de hablar fatal a la niña, con voces muy altas, hasta gritos e incluso con falta de respeto. Me hierve la sangre cuando le oigo tratar así a su hermana pequeña, a la que, en condiciones normales, adora y protege. Y eso nos lleva a terminar discutiendo nosotros dos. No me canso de decirle que tiene que tratar a su hermana con el respeto que se merecen todas las personas; además, no tiene que hacer de padre y controlar todo lo que hace y regañarla hasta la saciedad, para eso ya estoy yo.

Pero no es Lucas el único malo de la película, ¡qué va! Sara también se las trae. Tiene un genio increíble, últimamente está en la época en la que la palabra no es su favorita y lleva la contraria a todo el mundo. Incluso hace las cosas con más intensidad cuando se le pide que deje de hacer algo. Por ejemplo, si Lucas está estudiando y su hermana empieza a tocar el piano en la habitación de al lado, él le pide que deje de hacer ruido, que no puede concentrarse. Pero Sara, lejos de dejarlo, le sube el volumen al piano y se pone a tocar en la puerta o incluso, dentro de la habitación de Lucas.  Le encanta chinchar. Evidentemente, la discusión está asegurada.hermanos

Lo peor de todo no es que se griten, es que muchas veces llegan a pegarse. Sara empieza a pegar a Lucas y no veas las tortas que le pega. El niño intenta controlarla y se aguanta un poco, por eso de que es pequeña, pero la pequeña terremoto le llega a pegar patadas y claro, Lucas termina empujándola, dándole un tortazo o un pisotón y los gritos se oyen por toda la casa. Los dos vienen a contarme su versión, a voz en grito, culpándose uno al otro. Suelo enfadarme más con Lucas, por haber hecho daño a la niña, porque él es el mayor, porque debe controlar su genio y su fuerza…pero sé que es injusto para él, porque el genio y la fuerza de Sara no se quedan cortos.

La verdad es que no sé cómo actuar en estos casos. He intentado no intervenir, dejar que lo solucionen entre ellos. Normalmente lo consigo, sobre todo cuando son peleas suaves, si vienen a meterme en medio, les digo que lo resuelvan entre ellos. Pero cuando la bronca se sale de madre, no puedo permanecer impasible, entre otras cosas, porque mi nivel de ansiedad empieza a elevarse.

Entre Lucas y yo, el ambiente en casa últimamente está bastante enrarecido. Peleas y enfados continuos, su etapa de adolescente alborotado, sus notas que van cada vez a peor y mi cansancio nocturno, se unen para hacer que la tensión familiar sea elevada. Quizás eso propicie que entre los hermanos se peleen con frecuencia, porque lo ven como algo habitual. O lo veían, porque a esto le estamos poniendo remedio. Desde hace un par de meses, vamos a terapia familiar, un grupo de apoyo psicológico donde cada quince días hablamos y nos orientan sobre cambios que deberíamos introducir en casa, sobre formas mejores de comunicarnos, donde nos plantean objetivos y nos dan pautas para que madre y adolescente vayan por buen camino. Pero eso es algo que ya contaré otro día.

¿Qué intento hacer yo para evitar tantas peleas?

Lo primero, es hablar mucho con ellos, explicarles que hay que respetarse y entenderse, comprender que cada uno es diferente y tiene sus propias necesidades, que no necesariamente tienen que coincidir con las del otro, es más, entre ellos, la mayoría de las veces no coinciden nunca.

Como ya he dicho, intento no mediar ni hacer de árbitro, que solucionen el problema entre ellos. Hasta hace poco, siempre tendía a culpar a Lucas por el simple hecho de ser el mayor. Pero en una de nuestras sesiones de terapia, me sorprendió bastante con su ruego. Teníamos que hacernos una petición uno al otro, llegar a un acuerdo de algo que queríamos que hiciese (o dejase de hacer) el otro y cumplirlo durante quince días. Y Lucas me pidió que no me metiese en las peleas con su hermana, que no intercediese por ella siempre. Así que algo que yo pensaba que no era para tanto, resulta que para él sí que lo es, y le da mucha importancia. En esas estamos ahora, intentando no mediar y no interceder cuando ya ha empezado la pelea, aunque confieso que me sigue alterando bastante oír cómo discuten.

Eso sí, si la pelea va más allá y empieza a haber daño físico, ahí sí intervengo. Les separo y les llevo a habitaciones separadas, hasta que se calmen. En poco tiempo, ellos solos acercan sus posturas y terminan abrazándose y besándose, pidiéndose perdón.

Admito que me resulta bastante difícil, quizás por el hecho de haber vivido una pelea constante en casa cuando era pequeña, quizás por el hecho de que se peleen a pesar de llevarse tantos años de diferencia; por el motivo que sea, las peleas entre mis hijos no las llevo nada bien, aunque sé que son inevitables, de momento.

 ¿Y vuestros hijos se pelean? ¿Cómo actuáis cuando esto ocurre? ¿Algún consejo mágico para que dejen de hacerlo?

Fomentando la autoestima de nuestros hijos

Seguro que conoces a alguna persona de esas que siempre tiene la autoestima por los suelos, que se quiere poco y se valora menos. Esas personas arrastran este tipo de situación desde la infancia, y esa baja autoestima les impide ser felices.

Si queremos que nuestros hijos sean personas adultas sanas emocionalmente, tenemos que sentar las bases desde la infancia. Y para eso, desde pequeños tenemos que hacerles saber lo verdaderamente importantes que son.amor

  • Amor, besos y abrazos a mogollón – Demostrar a nuestros hijos lo mucho que los queremos, sin condiciones, es un poderoso aliado. Crecer sabiéndose queridos les hace ser más seguros de sí mismos. Está claro que una infancia sana, llena de amor, de muestras de cariño, donde nuestros hijos se sienten seguros y protegidos, les hará ser más felices y de adultos sabrán dar amor. Yo a mis hijos no sólo les digo lo mucho que les quiero, también les digo lo feliz que me hacen, lo contenta que estoy de que sean mis hijos, la suerte que tengo de tenerles a mi lado.
  • Descartar los adjetivos negativos – Cuando oigo a una madre en la puerta del colegio hablar y decir lo malo que es su hijo, que se porta fatal, que su hermano era más bueno…me pongo de los nervios. ¿Qué es eso de poner un calificativo negativo a nuestro hijo? Los niños no son malos, simplemente son niños, con distintas actitudes y aptitudes, distintas formas de comportarse. Un niño movidito o más agitado que otro no es un niño malo, simplemente es quizás menos relajado que el de al lado, pero eso no es malo. Los pequeños están en edad de aprender, de explorar. Entiendo que hay pequeños terremotos que en momentos sacan de quicio a sus padres (a mí me pasa). Pero eso no lo vamos a solucionar tachando al niño de malo. Con eso sólo conseguimos que el niño acabe creyéndose que es malo, que es tonto o que es torpe. Lo mejor cuando un pequeño tiene una mala conducta no es cuestionarle a él como persona, sino al acto en sí. No es un niño malo por llevar arena en los bolsillos para luego jugar en casa; hay que explicarle que eso que ha hecho no nos gusta y el motivo, sin cuestionar su personalidad, sólo su acción.
  • Ayudarles a expresar sus sentimientos – Desde que nacen, nuestros hijos deben tener la oportunidad de poder expresarse, no sólo en casa, también en la calle con el resto de la gente. Por eso debemos ayudarles a que aprendan a comunicar qué es lo que sienten o qué necesitan para sentirse bien. O qué es lo que les disgusta. Cuando son muy pequeños no saben expresar este tipo de sentimientos y muchas veces tienen rabietas cuando se sienten frustrados. Pero poco a poco podemos ayudarles a poner en palabras eso que sienten.
  • Elegir a personas adecuadas – Esto es bastante difícil de conseguir, muchas veces nosotros mismos, siendo adultos, nos hemos rodeado de personas que no nos convenían. Pero en la infancia iremos sentando las bases para esta elección. Nuestros hijos tienen que sentirse a gusto con sus amistades, sentirse valorados y no sentirse inferiores. Hace unos días a Lucas se le rompió una muela y se la tenían que quitar. Evidentemente se llevó un disgusto. Me dijo que seguro que alguien se iba a reír de él por tener un agujero. Entonces le hice ponerse en el lugar del otro y mirarse a sí mismo. ¿Dejaría él de ser amigo de alguien porque le faltase una muela? ¿O se reiría de él? Evidentemente, no. Y si alguien le trataba diferente por eso, si alguno de sus amigos cambiase su actitud con respecto a Lucas por el hecho de faltarle una muela, eso le haría ver que esa persona no era su amiga, que no merecía la pena tener a alguien así en su vida. ¡Fuera las personas negativas!autoestima
  • Nadie el perfecto – Y nuestros hijos tampoco. Para nosotros son lo más importante del mundo, pero no son perfectos. Y eso tienen que saberlo y saber quererse con sus defectos y sus virtudes. Ellos también tienen sus límites y por desgracia, más pronto que tarde, aprenderán que las cosas no siempre salen bien. En esos momentos también tenemos que fomentar su autoestima. Cuando se sientan mal por algún motivo, tenemos que hacerles ver lo mucho que valen, ver las cosas positivas, hacerles entender que no son menos valiosos por haber perdido un partido de fútbol o por no saber hacer un dibujo tan bien como Fulanito. Animémosles para que se sientan mejor.
  • Valorar todas sus cualidades – Hay cosas que ya sabemos que nuestros hijos hacen bien. Pero hay pequeños detalles de cada día que pasamos por alto. Y esas pequeñas cosas también hay que valorarlas y hacérselas saber. Quizás nuestro pequeño esté en esa fase en la que quiere vestirse solo pero casi nunca lo consigue; pues cuando consiga ponerse sólo un calcetín es genial que le alabemos lo bien que lo ha hecho. Quizás nuestro adolescente nunca quite la mesa sin que se lo digas mil veces, y de pronto un día que hay visita se levanta y recoge las tazas del café; en ese momento una alabanza le dará una dosis extra de autoestima.
  • Valorar el esfuerzo – Hay que valorar cómo nuestros hijos se empeñan en conseguir algo, aunque luego no lo consigan. Hacerles saber lo bueno que es intentarlo, sin importar el resultado. Si jugamos a un juego de mesa, debemos enseñarles que no siempre van a ganar ellos, muchas veces también hay que perder, pero sin enfadarse. Lo importante no es ganar, sino divertirse.
  • Nosotros somos el espejo en que se miran – En todos los aspectos, nuestros hijos nos imitan, nosotros somos su principal fuente de inspiración. Por eso, una gran autoestima debe empezar por nosotros mismos.
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