No hay mejor lugar que los brazos de mamá

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¿Cuánto molestan los niños?

Cada vez es más frecuente escuchar historias sobre sitios en los que no se admite la entrada a los niños o leer denuncias de algún padre porque en determinado lugar les han tratado mal por tener hijos ruidosos.

Pues así me he sentido yo en más de una ocasión. Y así, concretamente, me sentí la otra tarde en el dentista.

Lo primero que tenemos que admitir es que cada niño es un mundo, es diferente al resto, tienen su propia personalidad y su propia forma de actuar. En muchos casos, nuestros hijos no son exactamente como nos los habíamos imaginado.

¿Una madre súper divertida y marchosa que se enfada porque su hija es muy tímida? ¿Un padre inteligente y brillante que se frustra porque su hijo saca unas notas mediocres y no tiene interés en los estudios? ¿Una madre adicta al deporte que ve cómo su hijo es sedentario y no tiene interés por actividad física ninguna?

Muchas veces, lo que soñamos, lo que planeamos para nuestros hijos, no es lo que son en realidad. Y tenemos que aceptarlos así, con su personalidad diferente a la imaginada y asumir que son personas en formación, aunque quizás no las personas que nosotros habíamos soñado. ¿Se os ha ocurrido pensar cómo nos sentiríamos nosotros mismos si nuestros propios padres no nos aceptasen por cómo somos o por lo que hacemos? Seguro que más de uno no tiene que imaginárselo 😦

En alguna ocasión me he descubierto preguntándome a quién ha salido mi hija, con esa personalidad apabullante y con esa energía infinita. Hay veces que se mueve tanto, que habla tanto, que interactúa tanto, que ha llegado a ponerme nerviosa. Está mal que lo diga, es cierto. Pero lo confieso, tanta energía de mi hija, a veces me desborda. Luego se me pasa, cuando me doy cuenta de que es sólo una niña, una niña muy activa, pero una niña alegre y feliz, que llena mis días de emociones.

El problema llega cuando es al resto de las personas a las que no le gusta cómo es o cómo se comporta Sara. Entonces, sale mi vena de madre coraje y me las comería a todas.

En alguna ocasión, estando en algún lugar concurrido, he notado como alguna persona miraba a mi hija con cara de pocos amigos. Y vamos a ver, que mi hija es muy activa, es cierto, pero que yo no la dejo que vaya saltando por las sillas de los restaurantes, por ejemplo.

La otra tarde, en la sala de espera del dentista, tuvimos un problema. Al llegar y pedirle a los niños que se sentaran, evidentemente, después de todo un día en clase, tenían ganas de todo menos de estar sentados. Y se pusieron a jugar. Haciendo ruido, lo admito, pero sin molestar a nadie. A pesar de eso, cada dos por tres les decía que se estuviesen quietos, que no hicieran tanto ruido…Yo intentaba que estuvieran más tranquilos, pero la verdad, pedir a una niña de 5 años que se quede sentada quieta en una sala de espera, sin moverse, es difícil, por lo menos en nuestro caso. Cierto es que había algún niño más en la sala sentadito, embobado mirando el móvil (curioso, no había ninguno simplemente sentado jugando a algo “normal”). La opción de prestarle mi móvil a Sara no la contemplaba, porque entonces Lucas lo quería también y ambos acabarían peleándose, así que opté por no nombrarlo y por intentar que estuviesen más o menos en silencio.

Una pareja sentada varias sillas más al fondo, esperando para entrar en otra consulta y obviamente, sin niños, no paraba de mirarnos, de mirar a Sara con mala cara, de mirarme a mí con cara desaprobatoria y de cuchichear con su pareja sin dejar de mirarnos. Yo estaba empezando a cabrearme y aunque seguía pidiendo a Sara que parase un poco, empecé a mirar a la pareja con mala cara y a devolverles las miradas acusatorias, aunque les daba exactamente igual, seguían mirando y hablando.

Jugando

El colmo fue cuando pasó una dentista bastante desagradable, que siempre anda estirada y mirando a todo el mundo por encima del hombro, la ortodoncista, con la que ya he tenido algún problema anterior cuando Lucas llevaba brackets, que pasó por allí y vio que en el suelo había un vaso de plástico y agua derramada. Ni corta ni perezosa, decidió acusar a mi hija del estropicio. Y ahí, ya sí que no bonita.

Se paró y le soltó a bocajarro que si había derramado el agua debería recogerla. La niña se quedó cortada y casi sin voz, le dijo que ella no había sido, aunque la cara de la dentista decía que pensaba lo contrario. De malas formas por mi parte también, le dije que ella no había sido, que si lo hubiese tirado ya lo habríamos recogido, pero aun así se fue altiva y consiguió que Sara se pusiese a llorar.

En cuanto terminamos de la consulta y mientras hacía una cola de unos 10 minutos para pagar, los niños salieron a la calle a correr un rato a gusto y despejarse.

Cuando los niños no se comportan como espera el resto, que no es lo mismo que decir que no se comportan como deberían, muchas personas los miran mal y, por ende, tienden a juzgar a los padres sobre la educación que les damos y el control que ejercemos sobre ellos. Es muy fácil juzgar cuando no se sabe de lo que se habla. Es muy fácil poner la etiqueta de mala madre o de niño rebelde cuando no tienes hijos o cuando tienes hijos de esos que ni se mueven. Pero seamos sinceros, los niños son niños y lo normal es que jueguen, salten, canten, se diviertan, se comporten como niños. Hay momentos y lugares en los que sí deberían estar en silencio o quietecitos, pero cuando eso pasa, mejor no llevamos a los niños y listo.

Si vamos a un restaurante a comer, no dejo que los niños, Sara en este caso, se levanten de la mesa hasta que todos hayamos terminado. Y solo en el caso de que el restaurante en cuestión tenga zona infantil, la dejo que vaya al terminar de comer. Si es un restaurante normal, no veréis a mi hija corriendo entre los comensales. Otra cosa es en las terrazas de verano, por ejemplo, en las que te sientas a tomar algo tranquilamente y los niños se aburren; ahí si la dejo que juegue, porque estamos en la calle, pero intentando que no moleste a la gente de alrededor. O en el cine, por ejemplo. Durante toda la película, ella está atenta y quieta. A veces se levanta de su sitio para sentarse conmigo, pero no hace más. Eso sí, en cuanto termina la película, se baja corriendo las escaleras y se pone bajo la pantalla a bailar con la música del final o a hacer volteretas verticales. No molesta a nadie, para ella es un ritual y a mi me encanta quedarme hasta el final viendo como se divierte. Muchos niños suelen sumarse a estas manifestaciones de alegría, pero no faltan los padres que se llevan a los suyos a rastras y miran a mi hija con cara de pocos amigos.

Pero no puedo, ni quiero, obligar a mi hija a estar sentada en una silla, sin moverse ni expresarse, sin hacer un ruido, en sitios donde en realidad no molesta, solo porque determinadas personas no soporten a los niños.

¿Cuántas veces os habéis sentido juzgadas vosotras por el comportamiento de vuestros hijos? ¿O cuántas veces habéis sentido que los juzgaban a ellos?

 

 

 

Smile and Learn, una app muy educativa

Que no me gusta que mi hija esté enganchada al móvil o a la Tablet, creo que todos lo tenemos claro, no es la primera vez que lo comento. Ni la primera vez que hablo de las personas que, en vez de interactuar, están enganchadas a las redes sociales o a juegos, incluso en reuniones con otras personas. Evidentemente, cuando el tema tiene que ver con niños, me parece mucho peor. No entiendo a esos padres que sientan a sus hijos delante de una pantalla a la hora de comer, mientras le enchufan al pequeño la comida, a la que no presta ninguna atención y que engulle por inercia. Luego nos quejamos de que los niños no tienen una relación sana con la comida….

Así que cuando desde Smile and Learn me propusieron probar su app, me lo pensé un poco. Si no quiero fomentar el uso de los dispositivos móviles en mi hija, no veía sentido poner una aplicación especial para ella. Después de analizarlo y ver lo que me ofrecían, cambié de opinión, pero siempre bajo mis estrictas normas.

Sara ve la televisión, concretamente Disney Chanel y Netflix son sus plataformas favoritas; Sara juega a la consola Nintendo heredada de su hermano mayor; incluso a veces juega con una Tablet pequeña también heredada. Pero todas esas cosas las hace bajo mi supervisión y con un control horario. Si quiere hacer alguna de esas cosas, siempre hay condiciones:

·         Solo se puede jugar/ver la tele, después de haber terminado las obligaciones (pocas, por su edad, pero también las tiene).

·         Pongo el reloj con un temporizador, y cuando suena, hay que dejar de ver la tele o jugar con medios tecnológicos y jugar a otras cosas.

·         Si no cumple con lo estipulado, se queda castigada al día siguiente sin usar nada de eso.

·         De vez en cuando, sólo de manera esporádica, le dejo mi móvil para jugar. Esto sólo ocurre cuando vamos en el coche y por lo que sea, no quiero que se duerma, por ejemplo, si estamos llegando a casa y si se queda dormida, se pierde la cena. En esas ocasiones se lo dejo, pero ella sabe que no siempre que va en el coche juega al móvil. Otros momentos puntuales en los que se lo he dejado, han sido cuando me ha acompañado a algún sitio durante mucho rato y se ha aburrido, por ejemplo, este verano cuando tenía que acompañarme a la peluquería o a la manicura, después de un rato allí, ya aburrida, le he dejado jugar un poco.

A pesar de mis reticencias, está claro que vivimos en una época en la que casi todos los niños tienen acceso a contenido digital. Pero ojo, posibilidad de descargas hay muchas, lo importante es que sean adecuadas a la edad de nuestros peques y que les aporten algo.

He instalado la aplicación de Smile and Learn en mi móvil y después de tenerla durante un par de meses y usarla de vez en cuando, os cuento mis impresiones.

Smile and Learn

Lo bueno que tiene esta app es que está pensada de forma educativa, con herramientas para que los peques aprendan mientras juegan. No es sólo una app, sino que es una plataforma que engloba varias apps educativas para niños de 2 a 10 años. Consta de más de 70 cuentos y juegos interactivos y más de 1000 actividades.

Todos los contenidos han sido diseñados por educadores y tienen el objetivo de reforzar el aprendizaje en valores, inteligencias múltiples e idiomas. Además, puedes ver el progreso del aprendizaje de tu hijo y conocer en qué áreas necesita más refuerzo.

La biblioteca de Smile and Learn incluye 20 juegos y cuentos interactivos de forma gratuita. Se puede descargar para Android y para iOS

Los juegos

  • Refuerzan inteligencias múltiples y destrezas cognitivas con juegos de memoria, atención, coordinación y lógica para niños.
  • Inspirados en contenidos educativos para que los niños aprendan de forma divertida (cocina, naturaleza, animales…)
  • Ideales para reforzar el aprendizaje de idiomas: en inglés, francés y español
  • Incorporan diferentes niveles de dificultad pensados para niños de diferentes edades y niveles de desarrollo.
  • Incluyen opciones para jugar en equipo y en familia.
  • Refuerzan el aprendizaje emocional a través de dinámicas de reconocimiento de caras, actividades musicales…

Los cuentos

  • Motivan la lectura de forma divertida a través de animaciones que fomentan el descubrimiento, juegos educativos y lupas para ampliar el conocimiento
  • Enseñan valores claves en el desarrollo socioemocional (tolerancia, generosidad, etc.)
  • Facilitan el aprendizaje de idiomas. Toda la colección está en español, inglés y francés
  • Refuerzan la comprensión lectora con el “QUIZ”, un divertido juego de preguntas.
  • Refuerzan el aprendizaje de contenidos a través de la ambientación de cada historia (por ejemplo, estaciones del año, la música, el espacio)
  • Personaliza la experiencia (varios tipos de letra, leer con o sin locución, etc.)
  • Crean un entorno 100% seguros, sin publicidad, ni acceso a redes sociales.

La aplicación es 100% segura, sin publicidad, sin compras in-app y sin acceso a redes sociales.

Al darte de alta en el juego, introduces los datos del niño o niños que van a usarla, de modo que los contenidos se adaptan a la edad del pequeño. Una vez ellos comienzan a jugar, tienen que elegir su avatar para poder jugar.

Los juegos y cuentos se van descargando e instalando a medida que se va jugando, de modo que sólo para la descarga necesitaremos de conexión a internet. Una vez hemos descargado un contenido, se juega sin acceso a la red.

La app está dividida en distintas secciones:

·         Lógica – aquí dentro encontraremos juegos de números y juegos de lógica

·         Ciencias – hay cuentos relacionados con la naturaleza y juegos

·         Espacial y artístico – juegos de pintar y de construir

·         Cuentos y letras – lleno de cuentos con mensaje

·         Emociones – cuentos y juegos relacionados con las emociones

·         Multijugador – para jugar todos en familiaSmile and Learn 2

Por ejemplo, dentro de las ciencias, en el juego del aparato digestivo, primero hay una clase adecuada a la edad del niño, en el que le explica cómo funciona este sistema. Según va comiendo el personaje, el niño va aprendiendo cómo llega la comida al esófago, estómago, intestino y finalmente es expulsada. Después, hay un puzle para que vaya construyendo el sistema digestivo y una serie de preguntas para ver qué ha aprendido. Si lo hace correctamente, va ganado monedas y le felicitan. A Sara le encanta decirme “mamá, he atendido muy bien”

Tenemos multitud de posibilidades, todas basadas en el aprendizaje.

Está claro que nuestros hijos han nacido en una época donde los medios audiovisuales, las aplicaciones para móviles y los contenidos digitales tienen cada vez más peso en la educación. Cada vez más colegios e institutos se suman a esta forma de enseñanza. Si ponemos a su alcance estos medios, siempre bajo nuestra estricta supervisión y control, podrán obtener beneficios y aumentar su inteligencia.

Si mi hija quiere un rato de juegos en el móvil o en la Tablet, tengo claro que optamos sin dudarlo por algún contenido de Smile and Learn, antes de descargar algún juego sin sentido del play store.

¿Y vosotros, conocíais Smile and Learn?

Lo que no me contaron sobre los cinco años

 

Mucho se habla en la literatura infantil de los terribles dos años, esa edad en la que nuestros peques empiezan a tener conciencia de sí mismos, de su papel en el mundo, esa época de rabietas, gritos y enfados, en la que aún no saben muy bien cómo controlar todo lo que pasa en su mundo. Yo misma escribí sobre ello aquí.

Después de esos años, parece que la cosa se calma un poco, hasta que llegan lo que los anglosajones llaman “the terrible fours”, una etapa llena de conflictos, sobre la que acabo de caer que escribí hace apenas medio año. Vamos, que hace 6 meses ya estaba bastante desesperada y compruebo que la cosa sigue por el mismo camino.

Así que los terribles cuatro no se quedan ahí, siguen y siguen y lo vivo cada día.

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Tengo una maravillosa hija de cinco años, alegre, divertida, independiente, intrépida (este blog nació por ella, así que ya la conocerás). Por lo general es así, dicharachera, graciosa, cariñosa. Pero hay días que se levanta con el cable cruzado y lo peor es que esos días cada vez se repiten con más frecuencia.

Vale que los días de cole, con los madrugones, esté más irascible, está cansada. Eso serviría de justificación si no fuera porque los fines de semana, o ahora que está de vacaciones, hace lo mismo. Ya desde que se despierta protesta, no quiere desayunar (y no porque no tenga hambre, sino porque quiere hacer otras cosas). Conseguir que vaya a la cocina, sin dramas, es un triunfo. Al rato, cuando estamos en casa, se enfada si le pido que haga algo, como recoger su habitación o lavarse los dientes. Grita si le digo que tenemos que salir a la calle, o que no puede ver la tele porque hay más cosas que hacer. Se enfada si no le doy chuches a media mañana (me niego a que coma porquerías, todo lo que entra en casa es lo que le han dado en alguna fiesta de cumple y en cuanto puedo y no me ve, hago limpieza y lo tiro) y llora porque tiene hambre y quiere patatas fritas o galletas y yo le ofrezco fruta o lácteos. Gruñe si se tiene que lavar las manos para comer, poner la mesa, dejar lo que está haciendo; se enfada si no le doy un helado después de haberse inflado a comer, si tenemos que salir después, si no tenemos que hacerlo…Vamos, es un continuo enfado de la mañana a la noche.  Ella tiene muy poca paciencia y un alto nivel de exigencia.

Estos enfados se producen de dos maneras. La primera son los llantos. Desde hace unos meses, llora a todas horas y por todo motivo. Lloriquea para pedirme las cosas o llora desconsoladamente si yo le pido algo y no le parece bien. Llora si se han terminado sus galletas favoritas o si la camiseta que quiere ponerse está para lavar. Entiendo que cada niño tiene su propia personalidad y hay que respetarla; eso hago, o por lo menos, lo intento, porque oírla llorar y llorar sin motivo aparente, pedir las cosas llorando cada dos por tres, confieso que termina sacándome de mis casillas.

La otra forma en la que se producen sus enfados es con negativas y gritos. El no es su palabra favorita. La usa en todo momento del día. Que le digo que tiene que ducharse, me dice que no, que no quiere, grita para demostrar su negativa y me mira desafiante. Si le digo que tenemos que marcharnos y que vaya a vestirme, me dice que no, que ella no se viste y además, lo dice gritando. ¡¡Se va de donde está dando un portazo!!Y de nuevo, yo, que intento tener paciencia, me veo a veces desbordada. ¿No tengo bastante con las peleas con mi adolescente, para que ahora mi hija de 5 años se comporte igual?

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Cada día pongo en marcha las cientos de técnicas que se me ocurren. Evidentemente, le pido las cosas por las buenas, le ofrezco posibilidades (venga, te dejo un ratito más lo que estás haciendo y luego hacemos lo que quiera que tengamos que hacer…), dejo que ella elija, que tome decisiones (o que crea que las toma), pero la mayoría de las veces no me funcionan las tácticas.

Los días que se los pasa llorando, analizo qué le ha podido pasar, si está más cansada, si está triste por algo. Hay días que le encuentro sentido, pero por lo general, no veo motivo para su tristeza. Hablo con ella y le pregunto y me dice que no sabe qué es lo que le pasa. Eso me hace sentir un poco culpable, debería ser una niña alegre y feliz y me entristece tanto escucharla llorar…

Tengo que asumirlo, mi hija sigue creciendo, tiene una personalidad única y fuerte y una voluntad de hierro. La quiero con sus berrinches, sus explosiones de mal humor, sus malas ideas, eso la hacen ser justo como es. Porque también es fantástica, maravillosa, amable, divertida, cariñosa. Soy yo la que tiene que aprender a aceptar que estas demostraciones son un paso más hacia su desarrollo como persona. 

Hoy leemos El Jardín de Baby Enciclopedia Larousse

Me encanta la cara de emoción que pone Sara cuando tiene un libro nuevo; quiere ponerse con él incluso aunque sea la hora de cenar, no puede esperar a mirarlo. Y esta vez no ha sido menos.el-jardin

De la mano de Boolino, la plataforma online de libros infantiles más grande de España, nos ha llegado este libro, El Jardín, que forma parte de una amplia colección de libros, la Baby Enciclopedia, con títulos para todos los gustos.

El Jardín es un libro de tapa blanda, acolchado y plastificado, ideal para que los más pequeños puedan manosearlo a su gusto. Pero también tiene bastante texto, para poder leérselo e incluso, para los primeros lectores. Todas sus páginas son plastificadas, y esto tiene su explicación porque además de leer, los pequeños pueden divertirse poniendo y quitando las pegatinas que encontrarán al final.el-jardin

Entre sus páginas, nuestros hijos aprenderán sobre plantas, huertos, flores, árboles y muchas más cosas. Y al final, pondrán a prueba sus conocimientos con varios juegos de pegatinas. Y no todo acaba ahí, porque ¡el libro esconde una última sorpresa! Un pequeño puzle de cartón de 12 piezas.descubre_mas_150

A Sara le ha gustado mucho, todo lo que sean libros con actividades le resulta muy entretenido. Y además, ha aprendido algunas cosas sobre cómo cuidar las plantas. Espero que me sirva de ayuda para cuidar las pocas macetas que tengo, que nunca me duran mucho.

El libro lo puedes encontrar en este enlace de la web Boolino, por solo 9.95€. En breve, seguiremos ampliando la colección.

¿Los terribles dos? Los abrumadores cuatro

Siempre hemos oído hablar de los terribles dos años, las épocas de las rabietas, cuando nuestros hijos aun no saben gestionar y manejar sus emociones y se frustran, dando lugar a las famosas rabietas.

En nuestro caso, los dos años pasaron bastantes tranquilos, solo recuerdo un par de momentos de crisis, pero cedían en seguida. En cambio, según la peque ha ido creciendo, estas rabietas y estas crisis han ido apareciendo con mayor frecuencia. Y no solo eso, no solo de enfados vive mi hija. También de lloros sin motivos.

Sara es una niña muy alegre y con muchísima personalidad, sabe lo que quiere y la mayoría de las veces, lo quiere ya. Evidentemente, en mi mano está darle la educación que corresponde y enseñarle que no puede tener todo lo que quiera ni mucho menos cuando ella lo quiera. Pero de momento, sigue sin entenderlo.

Y así estamos, a tres meses de cumplir los 5 años y con mas enfados ahora que cuando era pequeña. Y es que la mayoría de los enfados son por cosas sin sentido (al menos para mí, porque para ella debe tener todo el sentido del mundo).

Nuestros días comienzan así. Suena el despertador y se despierta de un humor horrible. No es por cansancio, porque duerme unas 11 horas del tirón. Simplemente, le sienta fatal despertarse. Y no solo los días de diario, cuando hay que levantarse forzadas; los fines de semana también se levanta con el pie izquierdo y no quiere ni que la hablemos. Por lo general, como se acerque su hermano a decirle algo, ya está liada. He probado distintas alternativas, como acostarla antes todavía, poner el despertador diez minutos antes, para que se vaya espabilando poco a poco, hacerle cosquillas, darle besitos, despertarla cantando, pero no parece que nada funcione. Sólo salta de la cama y se levanta de buen humor cuando tenemos algún plan a la vista que le apetece mucho. Levantarse para ir al cole, no entra dentro de esa categoría.

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Llega la hora del desayuno y como se ha levantado enfadada, no quiere desayunar. Los fines de semana dejo que lo haga mas tarde, sin prisas, pero los días de diario no podemos entretenernos mucho. Da lo mismo, aunque deje el desayunando como la ultima tarea del día, ella lo hace enfadada, protesta porque quiere desayunar algo que justo ese día no hay, protesta si el pan está más tostado de lo normal, si su leche está demasiado caliente o demasiado fría, si le pongo colacao o si no se lo pongo…. Al final, termino dejándola en la cocina con el desayuno mientras yo voy a terminar de arreglarme para salir de casa, y de ese modo, suele desayunar lo que le apetece.

La recojo del cole y pasa de estar riéndose en el patio a enfadarse en escasos segundos. Y vale, entiendo que está cansada, que me ha echado de menos, que conmigo tiene la confianza para hacerlo… a si que intento mimarla mucho (si me deja), cogerla en brazos y generalmente se le pasa. Pero, llegamos a casa del cole y se enfada porque Lucas está viendo la tele, o porque quiere pintar y no encuentra justo el lápiz o el cuaderno que quiere, se enfada si no le doy una chuche, se enfada porque quiere merendar justo lo que no hay en la nevera…no puedes imaginar a qué nivel llegan sus enfados. Porque todos los enfados van acompañados de llantos y de gritos. Si, mi hija grita y mucho. Grita para pedir las cosas, chilla si no tiene lo que quiere, se tira al suelo y patalea o se mete debajo de una mesa y da golpes a las patas, empuja las sillas…. Y mira, que se enfade porque está frustrada por algo, lo entiendo y lo respeto y espero a que se le pase para hablar con ella. Pero que grite y de golpes por lo mismo, no puedo consentirlo y termino enfadándome con ella.

Y así pasamos la tarde y llegamos a la cena del mismo modo, cabreándose por mil cosas: si la baño, porque la baño; si no lo hago, porque ella quería un baño de espuma, si hago sopa, porque quería puré, si hago puré, porque quería ensalada…. Parece que nada le viene bien.

Es muy frustrante para mí su comportamiento. Supongo y entiendo que es algo temporal, que es otra etapa de su desarrollo que irá dejando atrás poco a poco.

La otra cosa característica de estos días son los lloriqueos continuos sin motivo aparente. Todo lo pide llorando, me habla con esa vocecilla que no le sale de dentro. Lo he hablado muchas veces con ella, que no tiene que pedirme las cosas así, que me las pide normal, sin llorar y sin enfadarse, pero de momento, no ha dado resultado.

Después de sus múltiples enfados diarios, siempre hay algo común: unos instantes después de haberse enfadado por lo que quiera que sea, cuando la dejo un poco a su aire para que se le pase sin abrumarla demasiado, ella piensa y recapacita y siempre viene a pedirme perdón, llorando, eso sí. Por una parte, el hecho de que ella se de cuenta de que esos enfados no tienen sentido, me hace pensar que por lo menos es consciente de la situación; pero por otra parte, también me da bastante pena que se sienta culpable por algo que quizás, de momento, escapa de su control.

Imagino que será una etapa más de su desarrollo y de su personalidad, algo que me sorprende porque no lo había visto en su hermano, pero claro, cada niño tiene su propia forma de ser.

Lo mejor de todo, es que el resto del día sigue siendo mi Sara, mi niña risueña, esa niña que no para quieta, que siempre está dispuesta a aprender, que no se aburre porque tiene una imaginación desbordante y siempre hay algo nuevo por hacer. Esa niña que se esfuerza por aprender a escribir simplemente porque le apetece, que quiere leer todo lo que encuentra, esa niña que pinta y colorea, que hace manualidades, que juega con su imaginación. Esa niña que salta, corre, baila y juega. esa niña que se lleva bien con todo el mundo, abierta y vivaracha, que se emociona y alegra sinceramente cada vez que se encuentra con alguien a quien aprecia. Esa niña que me da cientos de abrazos, que me dice varias veces al día lo mucho que me quiere, que me come a besos y a la que le parezco la mejor madre del mundo.

¿Tienen nuestros hijos demasiados regalos en Navidad?

Se acercan las fechas del consumo masivo, de las compras sin miramientos, de los gastos superfluos. En esta cultura en la que vivimos, en la que parece que el que más tiene es el que más vale, nuestros hijos están expuestos al consumismo desde bien pequeños.

La televisión, los catálogos de juguetes que invaden nuestros buzones, la publicidad por la calle, llama a nuestros hijos a quererlo todo, sin importar el precio. Y nosotros, como padres, deberíamos controlar esto.

¿Qué padre no se ha quejado de la cantidad de juguetes que tienen sus hijos? ¿Quién de nosotros no protesta por tener la casa llena de trastos? Deberíamos ser más conscientes de lo que realmente necesitan nuestros hijos, no dar y dar sin necesidad.

Evidentemente, en Navidades, la cosa se desmadra. Que si Papá Noel, que si los Reyes Magos, que si en casa de los tíos, que si en casa de los abuelos, la lista de regalos y juguetes se vuelve interminable.

Pero podemos poner freno a este consumismo excesivo. Y los padres somos los principales responsables. Por un lado, es importante tener en cuenta la etapa en la que se encuentran los niños a los que van dirigidos los regalos. Fijarse en los catálogos de juguetes y en las recomendaciones de los fabricantes casi nunca ayuda. Por otro lado, debemos controlar la cantidad de regalos que vamos a ofrecerles.

En este aspecto, la colaboración entre todos los miembros de la familia es fundamental. Es mucho mejor regalar pocas cosas que llenar al niño de objetos. Ofrecer regalos en cada casa de la familia supone un aluvión de paquetes de llamativos colores. Los niños no aprecian el regalo en sí, no se paran a abrirlos y disfrutar de lo que hay dentro, simplemente abren con prisas para terminar pronto y pasar al siguiente. Esto estropea la ilusión del niño.

En nuestro país tenemos arraigada la costumbre de hacer muchos regalos. Nos dejamos llevar por los anuncios de la televisión y por las largas cartas que los niños escriben a los Reyes. Pero, ¿no es mucho mejor un buen regalo que cinco malos? ¿Acaso es mejor cantidad que calidad? Tenemos que sentarnos a hablar con la familia, explicarles nuestro punto de vista. Es bastante probable que muchos de nuestros familiares no entiendan el concepto de recortar en los regalos de Reyes. Yo hace unos años corté con los regalos de los adultos en nuestra familia. No veía sentido al hecho de regalar por regalar algo a mis padres y hermana y recibir varias cosas a cambio. La mayoría de las veces, los regalos no nos complacían a ninguno y eran más por obligación que por otra cosa. Al principio les costó entenderlo; luego, todos nos dimos cuenta de que era algo obvio y, además, un ahorro para el bolsillo.

Con los niños he conseguido que empiece a pasar un poco lo mismo. En vez de comprar varias cosas, regalamos una sola, de más o menos valor, eso no es lo importante, pero que tenga algún sentido para el niño, algo muy deseado. El año pasado, a Sara le regalamos una bicicleta por Reyes, un regalo asumido entre varios y al que da muchísimo uso. La tendencia de este año es ir por el mismo camino.

Otra idea que se me ocurre, sobre todo en familias muy grandes, es que cada miembro de la familia haga un regalo sólo a una persona, tipo amigo invisible, poniendo algún tipo de norma para que todos vayan por el mismo camino. Pero todas estas decisiones cuestan trabajo, no es sencillo hacer cambiar de idea a la gente. Así que, si tú también piensas que tus hijos reciben muchos regalos y quieres cambiar esta tendencia, paciencia y mucha conversación con la familia.Papá Noel

Regalos adecuados según la edad de los niños

A veces es complicado elegir correctamente los regalos. Para ello, deberíamos tener en cuenta la edad de los niños y saber qué es lo más apropiado según etapa del desarrollo.

De 0 a 6 meses – Seguridad: Los bebés necesitan algún elemento que les aporte seguridad. Están acostumbrados a estar con sus padres, por lo que es importante ofrecerles un peluche o muñeco blando que les transmita seguridad. Además, son recomendables los arcos de actividad, ya que los colgantes con colores, luz y sonido, ayudan a mejorar su coordinación y fuerza. Si metemos un peluche dentro de nuestra ropa, para que coja nuestro olor, en caso de separación de los padres, este objeto transmitirá mayor seguridad al bebé. A partir de los 3-6 meses, los mordedores ayudan con la dentición y los sonajeros potencian su coordinación.

De 6 a 12 meses – Nuevos aprendizajes: Con unos 10 meses pueden empezar a jugar con bloques, mejorando el control de sus manos y brazos. A esta edad siguen sirviendo los mismos juguetes que antes, dándoles nuevos usos. Comienza la pre-comunicación, con lo que es beneficiosos responder a sus balbuceos. Pero siempre por parte de los padres/cuidadores. Nunca ofrecer a los bebés tablets, libros electrónicos, dibujos en la tele…aunque estos emiten sonidos, no interactúan con los niños, que es lo que realmente necesitan.

De 12 a 18 meses – Lenguaje: A esta edad comienza a afianzarse el lenguaje, con lo que los libros llenos de fotos e imágenes ayudan a mejorar su desarrollo. Leer cuentos por la noche, antes de irse a dormir, ayuda a consolidar la información. Los juguetes de tipo arrastre potencian el movimiento.

De 18 a 24 meses – Coordinación: Este es el momento de mayor actividad para los niños más pequeños, por lo que una mesa de actividades sobre la que puedan pulsar interruptores o diversas piezas potenciará su coordinación. La música es otro de esos elementos con los que los niños siempre se sienten a gusto. La música infantil ayudará a fomentar el desarrollo del lenguaje y la memoria.

De 24 a 36 meses – Imitación: Juegan a imitar a personas de su alrededor, por lo que todos los juguetes con los que finjan actividades son ideales. A esta edad, aún no saben expresar bien sus emociones y aparecen las famosas rabietas. Las manualidades, los libros para colorear, cuadernos, pinturas, son altamente recomendables, ya que fomenta su capacidad de comunicación. Si luego los padres se sientan con los niños a intentar explicar las emociones, esto favorece la inteligencia emocional.

De 3 a 5 años – Fantasía: A esta edad tienen una gran imaginación. Son recomendables juguetes de fantasía, como disfraces o trucos de magia. También son positivos los juegos de que potencian la cooperación y las relaciones.

De 5 a 8 años – Deporte: A esta edad tienen una gran energía, montar en bici, patinar, aprender deportes nuevos les hará muy felices. Juegos de mesa para potenciar su desarrollo cognitivo. Y por supuesto, libros, cada vez con más texto y menos dibujos.

A partir de los 8 años – Peticiones: Es importante prestar atención al deseo de los niños, haciéndoles partícipes de las decisiones y sus consecuencias.

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Los consejos sobre los juguetes más adecuados para cada edad nos los ofreció la otra mañana en una amena charla, Deanna Marie Mason, una enfermera especialista en pediatría, autora del libro Qué hacer para que tu hijo no sea un imbécil, en el que ofrece consejos a los padres para saber cómo podemos ayudar a nuestros hijos adolescentes a encontrarse a sí mismos.

Siguiendo estos pequeños consejos, seguramente los Reyes Magos acertarán estas Navidades y no nos veremos desbordados con cosas innecesarias. Y tú, ¿has mandado ya la carta de este año?

¿Están estresados los niños con las actividades extraescolares?

Los niños pasan demasiadas horas fuera de casa, y no jugando precisamente. Tienen jornadas que, en muchos casos, son casi más largas que las jornadas laborales de los padres. Y es que ya sabemos que la conciliación no existe.

En el mejor de los casos, el colegio es de 9 de la mañana a 2 de la tarde. 5 horas que pasan encerrados entre cuatro paredes, con un breve descanso para jugar. Y digo en el mejor de los casos, porque la realidad va mucho más allá. Niños que abren el colegio a las 7 de la mañana para acoplarse al horario familiar. Niños que se quedan en el comedor por el mismo motivo. Niños que enganchan después con actividades organizadas por el AMPA… Y si nos ponemos a echar cuentas, al final están 10 horas seguidas haciendo cosas, ¡más horas que la mayoría de los adultos!

No nos queda otra, los padres tenemos que trabajar y los niños tienen que estar vigilados en algún sitio. ¿Nos paramos a pensar en todas las cosas que hacen los niños y en si son realmente necesarias? La sobrecarga de trabajo de los padres hace que sometamos a nuestros hijos a jornadas maratonianas y cuando llegan a casa, están tan cansado que no tienen ganas de hacer nada más, no tienen ganas de jugar.

Y no solo eso. Vivimos en una época en la que queremos que nuestros hijos sean los mejores, los más listos, los más preparados… Es cierto que la educación es muy importante para su futuro, pero también es cierto que son niños y necesitan divertirse, no estar todo el día aprendiendo y sometidos a constantes presiones.

Veo niños pequeños, de 2, 3, 4 años, esperando en la puerta de la academia de inglés que hay cerca de mi casa, cargados con libros. Cierto es que el inglés es el idioma universal y es importante que sepan hablarlo; que cuanto antes empiecen a aprender idiomas, el aprendizaje será más sencillo; pero leñe, son niños y necesitan divertirse, no pasarse más horas sentados. Que tampoco pasa nada porque empiecen a aprender inglés más tarde. Veo niños que van a judo porque sus padres quieren que lo haga, aunque en realidad les apetecería ir a una academia de baile; veo niñas que hacen ballet porque sus padres quieren, aunque en realidad lo que les gustaría es estar corriendo tras un balón; niños que hacen teatro cuando quieren jugar al tenis….

Los gustos de los niños deberían primar por encima de todo, no las necesidades o inquietudes de los padres. Además, si son actividades lúdicas, muchísimo mejor, no olvidemos que son niños y necesitan jugar y divertirse. También deberíamos tener en cuenta si estas actividades no sobrecargan demasiado a nuestros hijos. Y valorar continuamente si están contentos y a gusto con lo que hacen. Obligarles a hacer algo que no quieren puede elevar el nivel de estrés de los niños, resultando a la larga contraproducente.

Mi hijo mayor ha probado de todo. Durante unos años hizo judo en el colegio, hasta que decidió que no le gustaba y quería cambiar. Así, ha probado a hacer atletismo, baloncesto, tenis, balonmano, baile y boxeo, actividades en las que ha estado más o menos tiempo según su nivel de satisfacción, y yo siempre he respetado sus decisiones al respecto. La pequeña empezó el año pasado a asistir a una academia de baile, y de momento le encanta. Los dos días de la semana que tiene clase, va contenta y pregunta continuamente cuando vuelve a tener clase; de eso modo, ella hace ejercicio y lo más importante, disfruta con lo que hace.

Las actividades extraescolares deberían estar siempre supervisadas, no aparcar a nuestro hijo en cualquier lugar esperando que aprenda a hablar chino o que sea un virtuoso del violín, proyectando en ellos nuestros deseos. Hay que buscar el equilibrio. Siempre respetando sus gustos. Siempre dejándoles probar y ver si disfrutan y se divierten. Y siempre entendiendo que las horas tienen un límite y ellos necesitan tiempo para seguir siendo lo que son, niños.

Cuéntame, ¿Cuántas y qué actividades extraescolares realizan tus hijos?

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