No hay mejor lugar que los brazos de mamá

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¿Cuánto molestan los niños?

Cada vez es más frecuente escuchar historias sobre sitios en los que no se admite la entrada a los niños o leer denuncias de algún padre porque en determinado lugar les han tratado mal por tener hijos ruidosos.

Pues así me he sentido yo en más de una ocasión. Y así, concretamente, me sentí la otra tarde en el dentista.

Lo primero que tenemos que admitir es que cada niño es un mundo, es diferente al resto, tienen su propia personalidad y su propia forma de actuar. En muchos casos, nuestros hijos no son exactamente como nos los habíamos imaginado.

¿Una madre súper divertida y marchosa que se enfada porque su hija es muy tímida? ¿Un padre inteligente y brillante que se frustra porque su hijo saca unas notas mediocres y no tiene interés en los estudios? ¿Una madre adicta al deporte que ve cómo su hijo es sedentario y no tiene interés por actividad física ninguna?

Muchas veces, lo que soñamos, lo que planeamos para nuestros hijos, no es lo que son en realidad. Y tenemos que aceptarlos así, con su personalidad diferente a la imaginada y asumir que son personas en formación, aunque quizás no las personas que nosotros habíamos soñado. ¿Se os ha ocurrido pensar cómo nos sentiríamos nosotros mismos si nuestros propios padres no nos aceptasen por cómo somos o por lo que hacemos? Seguro que más de uno no tiene que imaginárselo 😦

En alguna ocasión me he descubierto preguntándome a quién ha salido mi hija, con esa personalidad apabullante y con esa energía infinita. Hay veces que se mueve tanto, que habla tanto, que interactúa tanto, que ha llegado a ponerme nerviosa. Está mal que lo diga, es cierto. Pero lo confieso, tanta energía de mi hija, a veces me desborda. Luego se me pasa, cuando me doy cuenta de que es sólo una niña, una niña muy activa, pero una niña alegre y feliz, que llena mis días de emociones.

El problema llega cuando es al resto de las personas a las que no le gusta cómo es o cómo se comporta Sara. Entonces, sale mi vena de madre coraje y me las comería a todas.

En alguna ocasión, estando en algún lugar concurrido, he notado como alguna persona miraba a mi hija con cara de pocos amigos. Y vamos a ver, que mi hija es muy activa, es cierto, pero que yo no la dejo que vaya saltando por las sillas de los restaurantes, por ejemplo.

La otra tarde, en la sala de espera del dentista, tuvimos un problema. Al llegar y pedirle a los niños que se sentaran, evidentemente, después de todo un día en clase, tenían ganas de todo menos de estar sentados. Y se pusieron a jugar. Haciendo ruido, lo admito, pero sin molestar a nadie. A pesar de eso, cada dos por tres les decía que se estuviesen quietos, que no hicieran tanto ruido…Yo intentaba que estuvieran más tranquilos, pero la verdad, pedir a una niña de 5 años que se quede sentada quieta en una sala de espera, sin moverse, es difícil, por lo menos en nuestro caso. Cierto es que había algún niño más en la sala sentadito, embobado mirando el móvil (curioso, no había ninguno simplemente sentado jugando a algo “normal”). La opción de prestarle mi móvil a Sara no la contemplaba, porque entonces Lucas lo quería también y ambos acabarían peleándose, así que opté por no nombrarlo y por intentar que estuviesen más o menos en silencio.

Una pareja sentada varias sillas más al fondo, esperando para entrar en otra consulta y obviamente, sin niños, no paraba de mirarnos, de mirar a Sara con mala cara, de mirarme a mí con cara desaprobatoria y de cuchichear con su pareja sin dejar de mirarnos. Yo estaba empezando a cabrearme y aunque seguía pidiendo a Sara que parase un poco, empecé a mirar a la pareja con mala cara y a devolverles las miradas acusatorias, aunque les daba exactamente igual, seguían mirando y hablando.

Jugando

El colmo fue cuando pasó una dentista bastante desagradable, que siempre anda estirada y mirando a todo el mundo por encima del hombro, la ortodoncista, con la que ya he tenido algún problema anterior cuando Lucas llevaba brackets, que pasó por allí y vio que en el suelo había un vaso de plástico y agua derramada. Ni corta ni perezosa, decidió acusar a mi hija del estropicio. Y ahí, ya sí que no bonita.

Se paró y le soltó a bocajarro que si había derramado el agua debería recogerla. La niña se quedó cortada y casi sin voz, le dijo que ella no había sido, aunque la cara de la dentista decía que pensaba lo contrario. De malas formas por mi parte también, le dije que ella no había sido, que si lo hubiese tirado ya lo habríamos recogido, pero aun así se fue altiva y consiguió que Sara se pusiese a llorar.

En cuanto terminamos de la consulta y mientras hacía una cola de unos 10 minutos para pagar, los niños salieron a la calle a correr un rato a gusto y despejarse.

Cuando los niños no se comportan como espera el resto, que no es lo mismo que decir que no se comportan como deberían, muchas personas los miran mal y, por ende, tienden a juzgar a los padres sobre la educación que les damos y el control que ejercemos sobre ellos. Es muy fácil juzgar cuando no se sabe de lo que se habla. Es muy fácil poner la etiqueta de mala madre o de niño rebelde cuando no tienes hijos o cuando tienes hijos de esos que ni se mueven. Pero seamos sinceros, los niños son niños y lo normal es que jueguen, salten, canten, se diviertan, se comporten como niños. Hay momentos y lugares en los que sí deberían estar en silencio o quietecitos, pero cuando eso pasa, mejor no llevamos a los niños y listo.

Si vamos a un restaurante a comer, no dejo que los niños, Sara en este caso, se levanten de la mesa hasta que todos hayamos terminado. Y solo en el caso de que el restaurante en cuestión tenga zona infantil, la dejo que vaya al terminar de comer. Si es un restaurante normal, no veréis a mi hija corriendo entre los comensales. Otra cosa es en las terrazas de verano, por ejemplo, en las que te sientas a tomar algo tranquilamente y los niños se aburren; ahí si la dejo que juegue, porque estamos en la calle, pero intentando que no moleste a la gente de alrededor. O en el cine, por ejemplo. Durante toda la película, ella está atenta y quieta. A veces se levanta de su sitio para sentarse conmigo, pero no hace más. Eso sí, en cuanto termina la película, se baja corriendo las escaleras y se pone bajo la pantalla a bailar con la música del final o a hacer volteretas verticales. No molesta a nadie, para ella es un ritual y a mi me encanta quedarme hasta el final viendo como se divierte. Muchos niños suelen sumarse a estas manifestaciones de alegría, pero no faltan los padres que se llevan a los suyos a rastras y miran a mi hija con cara de pocos amigos.

Pero no puedo, ni quiero, obligar a mi hija a estar sentada en una silla, sin moverse ni expresarse, sin hacer un ruido, en sitios donde en realidad no molesta, solo porque determinadas personas no soporten a los niños.

¿Cuántas veces os habéis sentido juzgadas vosotras por el comportamiento de vuestros hijos? ¿O cuántas veces habéis sentido que los juzgaban a ellos?

 

 

 

¿Niños buenos?

La mayoría de la gente, cataloga a los niños en dos grupos, los que son buenos y los que no. Peor aún, catalogan hasta a los bebés en esos dos grupos. Pero, vamos a ver, ¿es posible que un bebé sea malo? Los bebés y niños no conocen la maldad, es imposible que sean malos. Ni buenos. Simplemente son niños, con sus necesidades, sus inquietudes, su forma de aprender a ser parte de este mundo. Entonces, cuando oigo que hablan así de los niños, me entristece y me enfurece a partes iguales.

Hoy he tenido doble ración de este tema, y en muy poquito rato.

niños buenos

Por la mañana, en el trabajo, me he encontrado con una compañera a la que no veía desde hace tiempo y que tiene un bebé de 5 meses. Lógicamente, nos hemos puesto a hablar de nuestros retoños. Y la primera frase que ha salido de su boca ha sido que su hijo es muy bueno. Claro, yo me he quedado con cara de “todos los niños son buenos, ¿qué iba a ser sino? Pero ella ya me ha aclarado los detalles de porqué su hijo es “bueno”

  • Su hijo es bueno porque desde que nació duerme 8 horas del tirón
  • Su hijo es bueno porque le suelta en la cuna y no protesta
  • Su hijo es bueno porque no llora nunca
  • Su hijo es bueno porque le deja en la hamaca delante de la tele y allí se puede pasar horas, sin quejarse, sin llorar
  • Su hijo es bueno porque no pide que le cojan en brazos

Y entonces, yo me pregunto si a un niño se le cataloga entonces de malo, por hacer todo lo contrario que hace su hijo…. Porque, desde luego, yo no lo veo así. Yo creo que mi hija es buena, es muy buena, es tan buena como todos los bebés:

  • Mi hija es buena porque desde que nació se despierta varias veces por la noche a mamar, para un correcto mantenimiento de la lactancia y para evitar el SMSL
  • Mi hija es buena porque la dejo en la cuna y protesta, porque no quiere estar sola, quiere alegrar a la familia con su compañía
  • Mi hija es buena porque llora cuando necesita algo, y así me pide que le ayude
  • Mi hija es buena porque nunca ha querido estar en la hamaca ni delante de la tele, siempre ha preferido estar haciendo cosas conmigo
  • Mi hija es buena porque quiere estar todo el rato en brazos, para demostrarme su cariño

La mayoría de las madres tenemos hijos porque queremos. Y lo normal es querer disfrutar de ellos, cada momento, porque el tiempo pasa muy deprisa y luego echaremos de menos esos momentos. ¿Por qué queremos entonces niños “buenos”, que no den la lata y con los que casi no interactuemos?

La segunda vez que he tenido un encuentro de este tipo, ha sido al ir a la guardería a recoger a la pequeña. Mientras esperaba a que saliera, han sacado de la clase de los pequeños a una bebé de unos 6 meses. La profe se la ha dado a la abuela, que es la que la recoge todos los días. Y la abuela estaba diciendo lo buena que es la niña, porque no extraña a nadie ni llora nunca. La profe le ha dicho que no es una niña de pedir brazos, y ahí, la abuela ha comenzado a echarse flores, sobre que ellos no cogen a la niña, que la están acostumbrando desde pequeñita a que no se la coge en brazos y a que no puede llorar por todo, que no hay que consentirla……..aggggg, ¡me estaba poniendo negra! De nuevo, una niña “buena” porque no llora y no se la coge en brazos.

¿Dónde se está quedando el amor y el cariño a nuestros hijos? ¿Creemos de verdad que evitando coger a nuestros bebés, estos van a ser niños más buenos? ¿Qué si dejamos que los niños estén solos, para que no se “malacostumbren”, van a ser niños más “manejables”?

La lógica dicta lo contrario. De un ambiente de cariño, besos y abrazos, de caricias, de satisfacer las necesidades, de amor, en definitiva, crecerán niños emocionalmente sanos, capaces de dar amor, y al final, por consiguiente, de adultos, serán “buenos”.

Ahora, de momento, los niños son niños. No son niños buenos. Ni son niños malos. Son niños diferentes, con sus distintas formas de ser. Unos serán más tranquilos. Otros más movidos. Unos serán más risueños y otros serán más serios. Pero son niños, niños buenos, al fin y al cabo. Y que sean adultos buenos, parece que también está en nuestras manos.

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