No hay mejor lugar que los brazos de mamá

Este no es un tema sobre el que suela escribir, un lugar para cenar sin que estén los niños. Lo sé, no tiene nada que ver con la maternidad. Pero oye, es que de vez en cuando, también apetece hacer alguna cosa sin llevar a los niños. Y si encima, te encuentras con un sitio como este, con buena comida y buen ambiente, ¿Cómo no compartirlo con vosotros?

El sábado fuimos a cenar al restaurante El Perro y la Galleta, justo frente al Retiro. Y salimos encantados.

El lugar está decorado con muchísimos detalles, y aunque puede parecer cargante tanto objeto, la verdad es que no desentonan. Mesas de madera rústica, luces tenues, grandes ventanales y perros por todos lados, en lo cuadros, por las esquinas, de peluche…de ahí parte de nombre del local, de la pasión del dueño por los perros. La otra parte del nombre se debe a que es el nieto de la fundadora de María Fontaneda y prueba de ello la encontramos en la carta (y en una fuente de galletas que había justo en frente del baño).

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Fotografía del restaurante El Perro y la Galleta

 

Reservar en el restaurante no es moco de pavo, siempre está lleno, así que no se os ocurra pasaros sin llamar. Estaba lleno hasta los topes y aunque había muchísima gente, lo que me gustó es que era un ambiente relajado, en el que poder charlar a gusto, sin ruidos excesivos. La única pega que le pondría es que por aprovechar bien el sitio, tienen demasiadas mesas, lo que se traduce en espacios pequeños y mesas muy juntas, un poco demasiado para mi gusto. Vamos, que me tocó dejar el bolso en el sofá en el que me senté justo pegando con el bolso de la chica de al lado. Un poco más y nos hacemos amigas.

La carta, bastante original. Está bien cambiar de vez en cuando. Y la comida, exquisita, un 10 al chef. Además, platos abundantes, nada de minicomidas que se pierden en un plato gigante. Os cuento lo que comimos.

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Carta El Perro y la Galleta

Berenjenas rebozadas en galleta con pomodoro sin parmesano, por aquello de mi aversión al queso. Una fuente llena de berenjenas en tiras, doradas y crujientes, no pudimos terminar con ellas.

Tartar de atún con aguacate, mango, jengibre y sésamo una mezcla deliciosa entre el sabor salado del atún y el dulce del mango. Muy bien presentado.

Solomillo a la plancha con puré de patata trufado. El solomillo estaba exquisito, esa carne que se deshace en la boca. Y el puré con trufa para acompañar, perfecto también.

Tacos mexicanos de bacalao rebozado con guacamole, cilantro y pico de gallo. Tres tacos con unos contundentes trozos de bacalao, muy bien preparado. Otro plato con el que no pudimos terminar, a pesar de lo bueno que estaba.

Y ya el estómago no estaba para postres, si es que somos de poco comer. Confieso que me quedé con ganas de comerme una hamburguesa de Angus, vi que era el plato elegido por muchos comensales. Y de probar unos cuantos platos más, pero como todo no puede ser, los dejaremos pendientes para la próxima ocasión que se presente.

El precio por comensal, rondando los 35€, un precio justo para la calidad de la comida.

Sólo me faltó hacer fotografías de la comida. La verdad es que no se me ocurrió hasta el final que podía escribir sobre el restaurante, así que tendréis que conformaros con las fotos propias del restaurante y con mi opinión sobre la comida. De verdad, un sitio que no te puedes perder.

En estas semanas, no he parado de encontrar chistes y bromas sobre que no nos entra el pantalón, sobre lo mucho que engordamos y lo mucho que comemos. Incluso en las noticias escuché que de media, en Navidades, se cogían unos 3 kilos. ¡Qué barbaridad! Vamos, es lo que a mí me parece, ¿damos rienda suelta a nuestros apetitos más primitivos estos días o qué?

Es cierto que en estos días que han pasado, las reuniones familiares se suceden y la comida y el alcohol llenan las mesas cual banquete romano. Pero también es cierto que en nuestras manos estaba no cometer excesos.

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Sí, me he pesado y no he engordado, no he cogido peso, sigo igual que antes de las navidades. Y sí, he tenido reuniones familiares, he comido dulces típicos y sobre todo, hemos comido muchas veces fuera de casa. Pero me he controlado. ¿Que en Nochebuena mi madre puso en la mesa más platos que en un banquete de boda? Pues ese día, al medio día, comí poco y sano, en la cena intenté no pasarme y al día siguiente volví a la comida sana y baja en calorías. ¿Que en Nochevieja volvimos a llenar la mesa de viandas? Cierto de nuevo, pero la clave estuvo en no pasarse al medio día y en seguir comiendo bajo en grasas los días siguientes. He comido roscón en varias ocasiones, mentiría si dijese que no y además, lo he disfrutado. Pero para compensar, lo he tomado con café en vez de chocolate y el resto del día, pues lo mismo, comida sana.

Bien, yo me he controlado estos días, pero sé que para muchas personas, este control ha sido difícil y ahora toca volver a la rutina y a dejar nuestro cuerpo sano y con el peso previo fiestas. Por eso, ahí van unos consejillos:

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  • Alcohol – El alcohol se sintetiza en el hígado y posteriormente en los riñones. Cada vez que ingerimos alcohol, nuestro hígado, que es muy sabio, trata de descomponerlo y eliminarlo en primer lugar, relegando a un segundo plano su otro trabajo (producir enzimas, digerir alimentos). Así que ahora que han pasado los días de brindar por todo, lo mejor es evitar el alcohol en todo momento, beber muchísima agua para rehidratar a nuestro organismo y si vamos a tomar alguna bebida alcohólica, hacerlo siempre con el estómago lleno. Un remedio que a mí me funciona para beber agua y que no se me olvide, es llenarme una botella de litro y llevarla conmigo, tenerla delante. De ese modo, bebo mucho. Y por supuesto, la relleno cuando se termina, que deberíamos beber unos 2 litros al día.

  • Porciones pequeñas – Después de que nuestro sistema digestivo se haya visto saturado estos días, es necesario darle un respiro. Y que mejor manera que comiendo menos. Así que vamos a optar por usar platos más pequeños, para que las raciones de comida sean menos. Llenar un poco menos el plato es la clave. Y masticar mucho la comida, de ese modo facilitamos la tarea de la digestión.

  • Ejercicio – Si estamos acostumbrados a hacer ejercicio físico, no nos será complicado retomar nuestras rutinas. En cambio, si eres mas del tipo sedentario, quizás ahora sea un buen momento para empezar. El ejercicio no solo ayuda a mantener el peso a raya; también es beneficioso para la salud cardiovascular, previene enfermedades, mejora la salud en general y tiene beneficios psicológicos. Así que no lo dudes. Si no encuentras tiempo para apuntarte al gimnasio, por lo menos aprovecha los días soleados para salir a pasear, a montar en bici, sube escaleras en vez de coger el ascensor, aparca un poco el coche y ve caminando a los sitios. Todo esto ayudará a quemar alguna caloría extra.
  • Comida sana – No hace falta ser un gran cocinillas para comer bien, y sobre todo sano. La dieta mediterránea es una de las más saludables que existe. Para bajar esos kilillos de más, nada mejor que comer bien y con menos calorías. Disminuir el consumo de grasas, cambiar frituras por asados y planchas, evitar la bollería industrial y los alimentos precocinados, evitar la comida rápida y sobre todo, comer más verduras, frutas y hortalizas.
  • Descanso – Yo ya estoy agotada de tanta fiesta, tantos días de acostarme tarde, levantarme pronto, pasarme el día fuera de casa…Así que vamos a tratar de descansar, dormir 8 horas seguidas (un sueño para muchos, con esta vida tan ajetreada que llevamos). Si tenemos oportunidad, una pequeña siesta reparadora. Y el sofá, ese querido aliado de mis ratos de ocio. Fin de semana, una película, el sofá, una manta, las piernas estiradas….no veo el momento de que llegue.

Ya sabes, no sólo después de las fiestas tenemos que cuidarnos. Estos consejos deberíamos incorporarlos a nuestras rutinas diarias y cuidarnos siempre. Nuestro peso y nuestra salud nos lo agradecerán.

Mucha gente piensa que las enfermedades cardíacas son una patología mayoritariamente masculina, pero nada más lejos de la realidad, las enfermedades cardiovasculares matan tanto a hombres como a mujeres y son la primera causa de muerte a nivel mundial, según datos de la OMS.  En América, suponen más de 2,000 muertes diarias, según el CDC. En Europa, el 26% de las muertes en mujeres menores de 65 años se deben a patologías cardiovasculares.

A la vista de estas abrumadoras cifras, está claro que hay que cuidar nuestros corazones, sin importar la edad o el sexo.

En primer lugar, hay que prevenir, evitando los factores de riesgo que se asocian comúnmente a estas patologías: tabaco, alcoholismo, sedentarismo y dieta inadecuada. Es decir, hay que dejar de fumar, dejar de beber alcohol en grandes cantidades, hacer ejercicio físico con asiduidad y sobre todo, llevar una dieta equilibrada, baja en grasas saturadas, sal y azúcares, para evitar la hipertensión, la diabetes y la hipercolesterolemia.

A parte de la prevención, las madres tenemos un arma extra y poderosa a nuestro alcance, para reducir el riesgo de patología cardiovascular. La lactancia materna.

Ya sabemos que la lactancia tiene múltiples beneficios para los bebés. Y está probado que dar de mamar reduce el riesgo de padecer cáncer de mama a las madres. Pero no todo queda ahí. La lactancia también reduce el riesgo de enfermedades cardiovascular, de diabetes y de accidentes cerebrales. Unos datos que hay que tener en cuenta.

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En este estudio, publicado en Noviembre de 2013, realizado en Noruega sobre más de 20,000 mujeres durante 15 años, se observaron tasas de mortalidad cardiovascular excesivas en mujeres menores de 65 años que nunca habían lactado. Esto sugiere la hipótesis de que la lactancia materna tiene beneficios a largo plazo en la salud cardiovascular femenina.

Hay varios estudios que demuestran las bondades de la lactancia materna en patologías cardiovasculares. En este estudio publicado en 2009 en Pittsburgh, se estudiaron 140,000 mujeres y madres menopáusicas. El estudio demostró que las mujeres que habían amamantado durante más de 12 meses tenían un 10% menos de probabilidad de padecer diabetes y cualquier tipo de enfermedad cardiovascular. Así mismo, las mujeres que dieron el pecho durante pocos meses eran menos propensas a tener diabetes, hipertensión o colesterol alto. Las que amamantaron durante al menos 6 meses, redujeron también la probabilidad de accidente cardiovascular.

Este otro trabajo, mucho más amplio, revisó en total 72 estudios, ensayos y meta-análisis que se centraban en los beneficios de la lactancia materna en la protección frente a problemas cardiovasculares, tanto de la madre como del hijo. El resultado es claro: “Existe una asociación significativa tanto en la disminución de la probabilidad de tener hipertensión materna a corto y largo plazo, como de padecer enfermedades cardiovasculares.”

Resumiendo, ¿cómo funciona exactamente la lactancia para prevenir patologías cardiovasculares? Parece ser que la lactancia reduce los niveles de colesterol “malo” (LDL) y aumenta los niveles del “bueno” (HDL). Además, ayuda a quemar mantener un peso saludable, lo que disminuye el riesgo de padecer diabetes. Disminuye las cifras de Tensión Arterial y estos tres beneficios se mantienen a largo plazo, más cuanto más tiempo haya durado la lactancia.

Cada vez hay más evidencias científicas sobre los beneficios de la LM, no sólo para nuestros hijos, también para las madres. Reduce el riesgo de padecer cáncer de mama y de ovario y disminuye el riesgo de padecer osteoporosis, además de la protección cardiovascular a largo plazo.

La lactancia materna es lo natural, es para lo que nuestros cuerpos mamíferos están preparados. Es lo mejor para los niños y también es lo mejor para las madres. No hay lugar a dudas.

Y nosotras, madres, tenemos la oportunidad de mejorar nuestro futuro, de alejarnos de las estadísticas que muestran que la enfermedad cardiovascular es la primera causa de muerte en el mundo. Dando de mamar a nuestros hijos, cuidamos de su salud y cuidamos de la nuestra. Además del ahorro de dinero que supone alimentar a nuestros hijos con lo que la naturaleza nos ha dotado.

 

 

Siempre hemos oído hablar de los terribles dos años, las épocas de las rabietas, cuando nuestros hijos aun no saben gestionar y manejar sus emociones y se frustran, dando lugar a las famosas rabietas.

En nuestro caso, los dos años pasaron bastantes tranquilos, solo recuerdo un par de momentos de crisis, pero cedían en seguida. En cambio, según la peque ha ido creciendo, estas rabietas y estas crisis han ido apareciendo con mayor frecuencia. Y no solo eso, no solo de enfados vive mi hija. También de lloros sin motivos.

Sara es una niña muy alegre y con muchísima personalidad, sabe lo que quiere y la mayoría de las veces, lo quiere ya. Evidentemente, en mi mano está darle la educación que corresponde y enseñarle que no puede tener todo lo que quiera ni mucho menos cuando ella lo quiera. Pero de momento, sigue sin entenderlo.

Y así estamos, a tres meses de cumplir los 5 años y con mas enfados ahora que cuando era pequeña. Y es que la mayoría de los enfados son por cosas sin sentido (al menos para mí, porque para ella debe tener todo el sentido del mundo).

Nuestros días comienzan así. Suena el despertador y se despierta de un humor horrible. No es por cansancio, porque duerme unas 11 horas del tirón. Simplemente, le sienta fatal despertarse. Y no solo los días de diario, cuando hay que levantarse forzadas; los fines de semana también se levanta con el pie izquierdo y no quiere ni que la hablemos. Por lo general, como se acerque su hermano a decirle algo, ya está liada. He probado distintas alternativas, como acostarla antes todavía, poner el despertador diez minutos antes, para que se vaya espabilando poco a poco, hacerle cosquillas, darle besitos, despertarla cantando, pero no parece que nada funcione. Sólo salta de la cama y se levanta de buen humor cuando tenemos algún plan a la vista que le apetece mucho. Levantarse para ir al cole, no entra dentro de esa categoría.

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Llega la hora del desayuno y como se ha levantado enfadada, no quiere desayunar. Los fines de semana dejo que lo haga mas tarde, sin prisas, pero los días de diario no podemos entretenernos mucho. Da lo mismo, aunque deje el desayunando como la ultima tarea del día, ella lo hace enfadada, protesta porque quiere desayunar algo que justo ese día no hay, protesta si el pan está más tostado de lo normal, si su leche está demasiado caliente o demasiado fría, si le pongo colacao o si no se lo pongo…. Al final, termino dejándola en la cocina con el desayuno mientras yo voy a terminar de arreglarme para salir de casa, y de ese modo, suele desayunar lo que le apetece.

La recojo del cole y pasa de estar riéndose en el patio a enfadarse en escasos segundos. Y vale, entiendo que está cansada, que me ha echado de menos, que conmigo tiene la confianza para hacerlo… a si que intento mimarla mucho (si me deja), cogerla en brazos y generalmente se le pasa. Pero, llegamos a casa del cole y se enfada porque Lucas está viendo la tele, o porque quiere pintar y no encuentra justo el lápiz o el cuaderno que quiere, se enfada si no le doy una chuche, se enfada porque quiere merendar justo lo que no hay en la nevera…no puedes imaginar a qué nivel llegan sus enfados. Porque todos los enfados van acompañados de llantos y de gritos. Si, mi hija grita y mucho. Grita para pedir las cosas, chilla si no tiene lo que quiere, se tira al suelo y patalea o se mete debajo de una mesa y da golpes a las patas, empuja las sillas…. Y mira, que se enfade porque está frustrada por algo, lo entiendo y lo respeto y espero a que se le pase para hablar con ella. Pero que grite y de golpes por lo mismo, no puedo consentirlo y termino enfadándome con ella.

Y así pasamos la tarde y llegamos a la cena del mismo modo, cabreándose por mil cosas: si la baño, porque la baño; si no lo hago, porque ella quería un baño de espuma, si hago sopa, porque quería puré, si hago puré, porque quería ensalada…. Parece que nada le viene bien.

Es muy frustrante para mí su comportamiento. Supongo y entiendo que es algo temporal, que es otra etapa de su desarrollo que irá dejando atrás poco a poco.

La otra cosa característica de estos días son los lloriqueos continuos sin motivo aparente. Todo lo pide llorando, me habla con esa vocecilla que no le sale de dentro. Lo he hablado muchas veces con ella, que no tiene que pedirme las cosas así, que me las pide normal, sin llorar y sin enfadarse, pero de momento, no ha dado resultado.

Después de sus múltiples enfados diarios, siempre hay algo común: unos instantes después de haberse enfadado por lo que quiera que sea, cuando la dejo un poco a su aire para que se le pase sin abrumarla demasiado, ella piensa y recapacita y siempre viene a pedirme perdón, llorando, eso sí. Por una parte, el hecho de que ella se de cuenta de que esos enfados no tienen sentido, me hace pensar que por lo menos es consciente de la situación; pero por otra parte, también me da bastante pena que se sienta culpable por algo que quizás, de momento, escapa de su control.

Imagino que será una etapa más de su desarrollo y de su personalidad, algo que me sorprende porque no lo había visto en su hermano, pero claro, cada niño tiene su propia forma de ser.

Lo mejor de todo, es que el resto del día sigue siendo mi Sara, mi niña risueña, esa niña que no para quieta, que siempre está dispuesta a aprender, que no se aburre porque tiene una imaginación desbordante y siempre hay algo nuevo por hacer. Esa niña que se esfuerza por aprender a escribir simplemente porque le apetece, que quiere leer todo lo que encuentra, esa niña que pinta y colorea, que hace manualidades, que juega con su imaginación. Esa niña que salta, corre, baila y juega. esa niña que se lleva bien con todo el mundo, abierta y vivaracha, que se emociona y alegra sinceramente cada vez que se encuentra con alguien a quien aprecia. Esa niña que me da cientos de abrazos, que me dice varias veces al día lo mucho que me quiere, que me come a besos y a la que le parezco la mejor madre del mundo.

Nos convertimos en padres sin ningún tipo de práctica, pero en general, con muy buenas intenciones. Pero los hijos no vienen con manual de instrucciones bajo el brazo e intentamos hacerlo lo mejor posible. Unos, intentan imitar la forma de crianza recibida por parte de sus padres; otros, intentamos evitarla lo máximo posible y queremos hacerlo de forma totalmente diferente.

Sea como fuere, eduquemos de la forma que lo hagamos, todos intentamos hacerlo bien, o por lo menos, eso creemos.

En mi caso, opté por una forma de crianza respetuosa, entendiendo las necesidades de mis hijos y con mucho amor. No digo que mis padres no me quisieran, pero sí he dicho muchas veces que creo que nunca supieron demostrármelo. Por eso, porque crecí en una familia donde las muestras de afecto no estaban muy presentes, decidí que con mis hijos todo sería amor y cariño. Y respeto. Y normas, no faltaba más. Que educar con amor y respeto no significa no dar educación alguna, no significa que la vida sea un auténtico cachondeo sin normas ni límites. Eso es algo en lo que la gente se confunde bastante a menudo.

Yo soy cariñosa, siempre he demostrado a mis hijos lo mucho que les quiero (y lo sigo haciendo), pero a veces también me considero autoritaria e impongo normas rígidas o castigos cuando creo que son necesarios. Bueno, ahora no son castigos, ahora son consecuencias. Hace tiempo descubrí que los castigos no tienen ningún efecto, en cambio, si hacemos a los hijos conscientes de lo que sucede y de las consecuencias (positivas o negativas) de sus actos, parece que la cosa fluye mucho mejor…hasta ahora.

Hace un par de años que tengo una revolución hormonal en casa en forma de adolescente. Los cambios empezaron poco a poco y ahora, a punto de cumplir 15 años, estamos en el máximo apogeo.

¿Cuántas veces habremos oído eso de que los adolescentes son como extraños que habitan el cuerpo de nuestros hijos? Pues oye, qué razón tienen, cómo saben de lo que hablan algunos… será porque ya han pasado por ahí. Está claro que como en todo, con unos niños notaremos el cambio más que con otros.

Y aquí es donde entra el sentimiento de culpabilidad total y absoluto de mi maternidad. Porque me está tocando vivir una complicada adolescencia con mi hijo. Y no dejo de preguntarme, ¿Qué es lo que he hecho mal? ¿En qué he fallado? ¿En qué momento la educación que le estoy dando a mi hijo ha pasado a estar equivocada?culpa

No voy a contar en detalles todos los problemas que estamos teniendo, porque son muchos. Aunque también me consuela pensar que podría ser peor, que mi hijo podría ser un drogadicto o tener un problema con la violencia. Esos consuelos sirven de poco y me asusta pensar que eso pueda llegar algún día…y no me vale que la gente me diga que no, que no me preocupe, que lo estoy haciendo bien…también pensaba que lo estaba haciendo bien hasta ahora.

Es cierto que los adolescentes no se encuentran ni a sí mismos, que es normal que tengan cambios de humor, que intentan demostrar su poder, que están todo el día como agotados, pero nosotros llegamos a niveles máximos.

Desde hace un par de años para acá, las notas van cada vez peor. Entró en el instituto y las notas empezaron a bajar, pero cada trimestre que pasa, cada año, la cosa empeora. Ya este verano escribí cuando las notas del instituto no son lo que esperabas. Todas las medidas que tomé al respecto no parece que hayan servido de mucho, de nada, en realidad, porque este primer trimestre ha sido peor, mucho peor, ha sido catastrófico. Y no sólo en las notas termina esto. Su comportamiento en el instituto tampoco es bueno, no paro de recibir notas de clase y ya lleva varios castigos allí. Evidentemente, las consecuencias a sus actos no se han hecho esperar, y ahora está sin móvil y sin poder salir con sus amigos. Pero no parece que le importe mucho, pues sigue vagueando. Yo no me rindo, para nada. Academia de refuerzo varios días a la semana, sesiones con la psicopedagoga del instituto…muy buenos propósitos por su parte que quedan en nada dos días después.notas

Además, esa forma que tiene últimamente de hablarme, esa falta de respeto, esas contestaciones, esos gritos, no puedo con ello. Entiendo que se enfade conmigo (según él, soy la madre más injusta del mundo) y que quiera encerrarse y estar solo. Pero no, él lo que quiere es pelea continuamente, discutir, ponerme nerviosa, tensar la cuerda hasta que se rompe.

A veces me dan ganas de tirar la toalla, de dejarlo todo por imposible. Menos mal que se me pasa pronto y enseguida estoy otra vez planteándome soluciones. Ahora, incluso vamos a unas sesiones familiares con un psicólogo, para que os ayude a comunicarnos y entendernos mejor.

Sé que Lucas ha pasado por situaciones muy complicadas, situaciones que otros niños no pueden siquiera imaginarse. Sé que para él debe ser muy duro saber que tiene un padre que no se preocupa por él y al que hace años que no ve; sé que la muerte de Jose fue un duro golpe para un niño de 12 años; sé que es difícil que yo sea la madre y el padre, la buena y la mala, la permisiva y la estricta, todo a la vez.

Pero no dejo de preguntarme cada día ¿en qué me estoy equivocando? ¿Qué he hecho mal? ¿Acaso no le demuestro cada día lo mucho que le quiero y lo mucho que me importa? ¿Será que no me desvivo suficiente por mis hijos, que no les doy todo lo que necesitan?

Que estudie me parece algo muy importante. Es cierto que tener una carrera no te asegura un trabajo en el futuro, pero desde luego, ayudará y bastante. Él ve hasta dónde he llegado yo, lo que disfruto con mi trabajo, gracias a haber estudiado. Y también ve el extremo contrario, personas cercanas que no estudiaron en su día y que ahora se arrepienten porque no tienen trabajo o el que tienen no les satisface. Adultos que después de los 30 decidieron volver a estudiar para tener algo a lo que agarrarse. No quiero eso para él, no quiero que termine la ESO y se quede tirado en el sofá. Y quiero, necesito, que me respete. Que me valore como lo que soy, su madre, la que lo da todo por ellos.

Es cierto que no todo son cosas malas. De vez en cuando, ese niño gracioso y cariñoso sigue estando ahí, ese que me abraza sin motivo aparente, ese que me hace reír a carcajadas, ese que se preocupa por el resto. En esos momentos, cuando mi Lucas aparece, pienso que tan mal no lo debo estar haciendo ¿no? En los otros momentos, cuando mi hijo a mutado a un ser irreconocible, pienso que sí lo debo estar haciendo mal.

¡Qué horrible es este sentimiento de culpabilidad!

Llegado el frío, las enfermedades respiratorias tienden a aumentar, teniendo su incidencia máxima en estas fechas. Para ello, influyen varios factores, como la bajada de temperaturas, los espacios cerrados y mal ventilados y la disminución de las defensas. Pero, ¿qué hay de cierto en la cultura popular? Dichos como que te resfrías por salir a la calle mal abrigado o con el pelo mojado son muy populares, pero no parecen tener ninguna base científica. El frío no hace que te resfríes.

En países del norte de Europa, los niños no dejan de jugar en la calle por más frío que haga, incluso en Dinamarca, Suecia o Finlandia, por ejemplo, es típico ver carritos de bebé aparcados a la puerta de los bares y restaurantes con los bebés dentro, mientras los padres están cómodamente sentados al calor del local. Tengamos en cuenta que el frío que hace por aquellos países en invierno, no tiene nada que ver con lo que nos gastamos aquí. ¿Y por qué allí los niños se resfrían menos (o quizás lo mismo) que aquí nosotros? ¿Qué es lo que realmente hace que nos pongamos malos en invierno? Allí, los bebés están envueltos en capas y capas de ropa, para no pasar frío, y duermen la siesta en la calle o en las terrazas, respirando al aire libre.

Veamos, para empezar, los resfriados están causados por virus. Estos bichitos son totalmente oportunistas y aprovechan la menor ocasión para crecer y multiplicarse. Así, los sitios cerrados, mal ventilados, son el medio ideal para que estos se transmitan. Si en invierno, por evitar el frío, tendemos a estar más horas encerrados entre cuatro paredes, en sitios masificados (léase guarderías, escuelas infantiles y colegios), compartiendo espacios con gente enferma, la transmisión de virus está asegurada.virus

Por otro lado, la falta de humedad del ambiente causa sequedad de las fosas nasales, lo que abre la puerta para que los virus entren con más facilidad.

Se ha comprobado que el rinovirus (causante de la mayoría de los resfriados) y el influenzavirus (causante de la gripe) sobreviven más tiempo a bajas temperaturas, por eso en esta época del año es cuando se dan más casos. *Según estudios de la Universidad de Yale y del Hospital Monte Sinaí.  Pero esto ocurre por las condiciones anteriormente descritas, no por coger frío por salir a la calle.

Estos “bichos” se transmiten fácilmente a través de las secreciones, pudiendo vivir bastante tiempo fuera del organismo. Al toser o estornudar, esparcimos los virus a gran velocidad y a gran distancia. Si en ese momento entra en nuestro radio de acción alguna otra persona, la probabilidad de contagio aumenta sin duda. Por eso es tan importante taparse la boca al toser o estornudar. Lo ideal sería hacerlo sobre un pañuelo desechable, pero a falta de pan, taparse con las manos es el remedio ideal. Eso sí, hay que lavarse muy bien las manos para eliminar todo rastro de microorganismos de ellas. La higiene de manos es sin duda, la medida más eficaz para frenar la transmisión de enfermedades, no solo de enfermedades a nivel respiratorio, también de enfermedades digestivas y cualquier otra enfermedad de contacto.

Un sistema inmunitario debilitado nos hace más propensos a las infecciones. Las defensas pueden verse alteradas en personas con mal estado de salud, al llevar una dieta inadecuada, por consumo de tabaco, por dormir menos horas de las necesarias o por la falta de ejercicio físico, por ejemplo.

Resumiendo, en otoño e invierno, los virus sobreviven más tiempo favorecidos por el frío, la falta de humedad altera la primera línea de defensa respiratoria (los pelillos de la nariz, hablando claro), nuestras defensas pueden estar más bajas que de costumbre y los espacios cerrados y llenos de gente favorecen la transmisión de los virus.

Para evitar contagiarnos en invierno, son importantes varias medidas:

  • Higiene de manos
  • Taparse la boca al toser y estornudar
  • Ventilar con frecuencia las estancias, para que los virus no se queden concentrados
  • No tocarse los ojos, la boca o la nariz, pues podemos introducir en nuestro organismo algún virus que hayamos “cazado”
  • No compartir alimentos, cubiertos ni otros fluidos con personas enfermas
  • Llevar una alimentación equilibrada, estar bien hidratados, no fumar y descansar correctamente.

Pero ¿qué hacemos si ya tenemos un resfriado? Mi profesor de farmacología en la universidad (y también el Dr. House) decía que un resfriado sin tratamiento dura una semana, y que tomando medicación dura 7 días. Si ya tenemos el catarro encima, nada nos lo va a quitar. En estos casos, nunca, bajo ningún concepto, se deben tomar antibióticos, ya que los antibióticos tratan enfermedades causadas por bacterias y los catarros y gripes están causados por virus.

Para pasar un resfriado lo mejor posible, es recomendable descansar, beber abundantes líquidos, para que los mocos sean más fluidos y fáciles de expulsar y recurrir a algún analgésico suave sólo en caso de fiebre o dolor de cabeza. Los antigripales, tan de moda en estas fechas (se anuncian casi tanto como los juguetes) son una mezcla de analgésicos, antihistamínicos y descongestionantes, de dudosa eficacia, pero con los que las farmacéuticas se hacen de oro. A mi parecer, no sólo como madre, hablo desde la experiencia sanitaria, tomar un antihistamínico para un resfriado no es aconsejable. Es cierto que reducen la secreción de moco y de estornudos, pero al hacer el moco más espeso, se dificulta su expulsión, lo que puede ocasionar sinusitis. El moco es la manera que tiene nuestro cuerpo de expulsar el virus, así que es mejor dejar que salga y no cortarlo. Los antitusígenos (medicamentos para la tos), también compiten en ventas con los antigripales. En general, no han demostrado ser eficaces en el tratamiento de la tos e incluso algunos preparados pueden tener efecto sobre el sistema nervioso central, sobre todo usado en niños. Un buen remedio casero, y bastante más barato, es la miel, tomada antes de ir a dormir. Se ha comprobado que es más eficaz que la mayoría de los antitusígenos; eso sí, no dar nunca a niños menores de 1 año, por el riesgo de botulismo.jarabe

Así que no, no nos vamos a poner más enfermos por dormir con el culo al aire, ni porque nuestros hijos salgan a la calle a jugar en pleno mes de enero, con temperaturas rondando las cifras negativas. Al contrario, salir al aire libre disminuye las probabilidades de coger algún bicho de los que andan volando por el ambiente. Ya sabes, una buena higiene de manos, taparse la boca cada vez que se tose o estornuda, espacios bien ventilados y abrigarse bien, pueden hacer que disfrutemos del invierno con un poquito más de salud. Sal con tus hijos, disfruta del aire libre sin pasar frío y aprovecha los días soleados, que también aumentan las defensas.

Nota – Escribo estas líneas después de haber pasado unos días de tos seca, que se ha vuelto productiva en las últimas horas. Escribo estas líneas tras tener que parar varias veces para estornudar o por la necesidad de ir a limpiarme los moquillos que se me caen de la nariz. Escribo estas líneas convencida de que este virus que me ronda me lo han pegado mis hijos, que estuvieron malos hace unos días. Escribo estas líneas tras pasar un fin de semana bien fresquito en Ávila, pero sabiendo que no fue por eso por lo que enfermé. Escribo estas líneas convencida de que en sólo un par de días más, estaré como nueva, dispuesta a seguir afrontando lo que nos queda de frío por delante   😉

 

Se acercan las fechas del consumo masivo, de las compras sin miramientos, de los gastos superfluos. En esta cultura en la que vivimos, en la que parece que el que más tiene es el que más vale, nuestros hijos están expuestos al consumismo desde bien pequeños.

La televisión, los catálogos de juguetes que invaden nuestros buzones, la publicidad por la calle, llama a nuestros hijos a quererlo todo, sin importar el precio. Y nosotros, como padres, deberíamos controlar esto.

¿Qué padre no se ha quejado de la cantidad de juguetes que tienen sus hijos? ¿Quién de nosotros no protesta por tener la casa llena de trastos? Deberíamos ser más conscientes de lo que realmente necesitan nuestros hijos, no dar y dar sin necesidad.

Evidentemente, en Navidades, la cosa se desmadra. Que si Papá Noel, que si los Reyes Magos, que si en casa de los tíos, que si en casa de los abuelos, la lista de regalos y juguetes se vuelve interminable.

Pero podemos poner freno a este consumismo excesivo. Y los padres somos los principales responsables. Por un lado, es importante tener en cuenta la etapa en la que se encuentran los niños a los que van dirigidos los regalos. Fijarse en los catálogos de juguetes y en las recomendaciones de los fabricantes casi nunca ayuda. Por otro lado, debemos controlar la cantidad de regalos que vamos a ofrecerles.

En este aspecto, la colaboración entre todos los miembros de la familia es fundamental. Es mucho mejor regalar pocas cosas que llenar al niño de objetos. Ofrecer regalos en cada casa de la familia supone un aluvión de paquetes de llamativos colores. Los niños no aprecian el regalo en sí, no se paran a abrirlos y disfrutar de lo que hay dentro, simplemente abren con prisas para terminar pronto y pasar al siguiente. Esto estropea la ilusión del niño.

En nuestro país tenemos arraigada la costumbre de hacer muchos regalos. Nos dejamos llevar por los anuncios de la televisión y por las largas cartas que los niños escriben a los Reyes. Pero, ¿no es mucho mejor un buen regalo que cinco malos? ¿Acaso es mejor cantidad que calidad? Tenemos que sentarnos a hablar con la familia, explicarles nuestro punto de vista. Es bastante probable que muchos de nuestros familiares no entiendan el concepto de recortar en los regalos de Reyes. Yo hace unos años corté con los regalos de los adultos en nuestra familia. No veía sentido al hecho de regalar por regalar algo a mis padres y hermana y recibir varias cosas a cambio. La mayoría de las veces, los regalos no nos complacían a ninguno y eran más por obligación que por otra cosa. Al principio les costó entenderlo; luego, todos nos dimos cuenta de que era algo obvio y, además, un ahorro para el bolsillo.

Con los niños he conseguido que empiece a pasar un poco lo mismo. En vez de comprar varias cosas, regalamos una sola, de más o menos valor, eso no es lo importante, pero que tenga algún sentido para el niño, algo muy deseado. El año pasado, a Sara le regalamos una bicicleta por Reyes, un regalo asumido entre varios y al que da muchísimo uso. La tendencia de este año es ir por el mismo camino.

Otra idea que se me ocurre, sobre todo en familias muy grandes, es que cada miembro de la familia haga un regalo sólo a una persona, tipo amigo invisible, poniendo algún tipo de norma para que todos vayan por el mismo camino. Pero todas estas decisiones cuestan trabajo, no es sencillo hacer cambiar de idea a la gente. Así que, si tú también piensas que tus hijos reciben muchos regalos y quieres cambiar esta tendencia, paciencia y mucha conversación con la familia.Papá Noel

Regalos adecuados según la edad de los niños

A veces es complicado elegir correctamente los regalos. Para ello, deberíamos tener en cuenta la edad de los niños y saber qué es lo más apropiado según etapa del desarrollo.

De 0 a 6 meses – Seguridad: Los bebés necesitan algún elemento que les aporte seguridad. Están acostumbrados a estar con sus padres, por lo que es importante ofrecerles un peluche o muñeco blando que les transmita seguridad. Además, son recomendables los arcos de actividad, ya que los colgantes con colores, luz y sonido, ayudan a mejorar su coordinación y fuerza. Si metemos un peluche dentro de nuestra ropa, para que coja nuestro olor, en caso de separación de los padres, este objeto transmitirá mayor seguridad al bebé. A partir de los 3-6 meses, los mordedores ayudan con la dentición y los sonajeros potencian su coordinación.

De 6 a 12 meses – Nuevos aprendizajes: Con unos 10 meses pueden empezar a jugar con bloques, mejorando el control de sus manos y brazos. A esta edad siguen sirviendo los mismos juguetes que antes, dándoles nuevos usos. Comienza la pre-comunicación, con lo que es beneficiosos responder a sus balbuceos. Pero siempre por parte de los padres/cuidadores. Nunca ofrecer a los bebés tablets, libros electrónicos, dibujos en la tele…aunque estos emiten sonidos, no interactúan con los niños, que es lo que realmente necesitan.

De 12 a 18 meses – Lenguaje: A esta edad comienza a afianzarse el lenguaje, con lo que los libros llenos de fotos e imágenes ayudan a mejorar su desarrollo. Leer cuentos por la noche, antes de irse a dormir, ayuda a consolidar la información. Los juguetes de tipo arrastre potencian el movimiento.

De 18 a 24 meses – Coordinación: Este es el momento de mayor actividad para los niños más pequeños, por lo que una mesa de actividades sobre la que puedan pulsar interruptores o diversas piezas potenciará su coordinación. La música es otro de esos elementos con los que los niños siempre se sienten a gusto. La música infantil ayudará a fomentar el desarrollo del lenguaje y la memoria.

De 24 a 36 meses – Imitación: Juegan a imitar a personas de su alrededor, por lo que todos los juguetes con los que finjan actividades son ideales. A esta edad, aún no saben expresar bien sus emociones y aparecen las famosas rabietas. Las manualidades, los libros para colorear, cuadernos, pinturas, son altamente recomendables, ya que fomenta su capacidad de comunicación. Si luego los padres se sientan con los niños a intentar explicar las emociones, esto favorece la inteligencia emocional.

De 3 a 5 años – Fantasía: A esta edad tienen una gran imaginación. Son recomendables juguetes de fantasía, como disfraces o trucos de magia. También son positivos los juegos de que potencian la cooperación y las relaciones.

De 5 a 8 años – Deporte: A esta edad tienen una gran energía, montar en bici, patinar, aprender deportes nuevos les hará muy felices. Juegos de mesa para potenciar su desarrollo cognitivo. Y por supuesto, libros, cada vez con más texto y menos dibujos.

A partir de los 8 años – Peticiones: Es importante prestar atención al deseo de los niños, haciéndoles partícipes de las decisiones y sus consecuencias.

regalos

Los consejos sobre los juguetes más adecuados para cada edad nos los ofreció la otra mañana en una amena charla, Deanna Marie Mason, una enfermera especialista en pediatría, autora del libro Qué hacer para que tu hijo no sea un imbécil, en el que ofrece consejos a los padres para saber cómo podemos ayudar a nuestros hijos adolescentes a encontrarse a sí mismos.

Siguiendo estos pequeños consejos, seguramente los Reyes Magos acertarán estas Navidades y no nos veremos desbordados con cosas innecesarias. Y tú, ¿has mandado ya la carta de este año?

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