No hay mejor lugar que los brazos de mamá

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La falta de empatía que domina el mundo

Hoy vengo en modo desahogo.

De verdad que siempre he pensado eso de todo el mundo es bueno, vamos, que creía en la bondad de la gente por encima de todas las cosas. La lástima es que creces y te das cuenta que eso no es verdad. Que el mundo hay mucha gente mala. Están los malos malísimos, esos que cada día inundan nuestras televisiones con maldades escalofriantes. Y luego están los malos de andar por casa, esos con los que puedes convivir sin pensar que tienen un corazón podrido y de piedra, hasta que un día, más bien antes que después, desenmascaras.

Esas personas no hacen grandes maldades, hacen cosas pequeñas que te duelen de verdad, pues ves su falta de comprensión, su falta de empatía. Me pregunto si a esas personas siempre les han ido tan bien las cosas en la vida que son incapaces de ponerse en la piel del otro por un momento, de entender su sufrimiento.

Yo nunca he sido así. No estoy diciendo que sea la más buena del mundo, que sea una santa y vayan a beatificarme cuando ya no esté. No. Por desgracia, también tengo mis cosas malas, aunque juro que cada día procuro cambiarlas. A veces no puedo más con mis hijos y les chillo como una loca, pero estoy en el intento de dejar de hacerlo. A veces grito en el coche a un conductor que ha hecho alguna maniobra que me ha puesto en peligro. Y seguro que a veces he hecho daño a alguna persona sin querer. Pero tengo clarísimo que hago mucho más bien que mal.

Yo sí soy empática. Yo sí ayudo a las personas. Yo sí soy capaz de sufrir con los demás e intentar aportar mi granito de arena. Y por suerte, veo que mis hijos aprenden esas cosas de mí. Cuando nos mudamos al piso nuevo, Lucas acababa de cumplir 10 años, me comentó una vecina lo que le gustaba mi hijo, pues siempre que la veía le sujetaba la puerta para dejarla pasar. Aunque no todo el mundo es igual, pues yo he llegado muchas veces a la urbanización cargada de compra y con la niña y algún vecino me ha cerrado directamente la puerta en las narices… Un día, mientras cruzábamos por un paso de cebra, iba delante de nosotros una madre con sus dos hijos. El mayor, de unos 10 años, arrastraba una pesada mochila de ruedas del colegio. Al llegar al bordillo de la otra acera, se tropezó y se cayó y la mochila salió volando. La madre empezó a regañarle por torpe y yo lo primero que hice fue ayudarle a levantarse y preguntarle si se encontraba bien, mientras Lucas recogía las cosas que se le habían caído al suelo. Al final Sara me preguntó porqué había levantado al niño del suelo y le expliqué que tenemos que ayudar a las personas que nos necesitan, si se caen, les ayudamos a levantarse. Son solo pequeños ejemplos que mis hijos ven y van interiorizando.

Pero ahora voy a las personas malas, a esas sobre las que hoy quiero desahogarme. Me pasan por la cabeza tantas historias, que no podría contarlas todas. Como aquella vez que estaba embarazada de Lucas e iba en el metro a trabajar, mi primer trimestre, mareada y con hiperémesis. Antes de llegar a mi parada empezó a darme una bajada de tensión del calor y sentía que me iba a caer, pero el vagón iba lleno hasta los topes. Así que en la siguiente parada me bajé corriendo, me senté en un banco antes de perder el conocimiento y vomité. ¿Y sabéis qué? Pues que no pasó nada, mejor dicho, no pasó nadie, nadie se acercó a ver que me pasaba, si me encontraba bien, allí estaba yo sentada en un banco del andén, con la cabeza entre las piernas para recuperar la tensión, los ojos cerrados y vomitada y nadie se preocupó de mi ni un solo instante, el andén se iba llenando pero justo a mi alrededor no se paró nadie. En esos momentos, las cosas te duelen, pero hoy en día, las cosas me duelen aún más.

Esto que os cuento ahora ya lo conté hace algo más de 1 año. Las dos semanas que Jose estuvo en la UVI yo las viví en un estado de ansiedad constante. Una de las mañanas que volvía en el autobús de verle, pues no me veía con fuerza para conducir, empecé a hiperventilar, a agobiarme, casi no podía respirar y por supuesto, no podía de dejar de llorar. Tenía una crisis de ansiedad sentada en un autobús rodeada de personas y tampoco nadie se acercó a prestarme su apoyo. NADIE. Vieron a una desconocida llorando en un autobús, haciendo ruidos respiratorios raros y no se les ocurrió preguntar ni ofrecer ayuda. ¿Es eso justo y normal? ¿De verdad que los seres humanos somos buenos por naturaleza?

A partir de ese momento, me he encontrado varias personas para colgar en la categoría de MALAS, sí, aunque suene así de fuerte, conmigo se han portado mal y me han hecho daño. Y eso sobre las que quiero desahogarme ahora. Lástima que no tenga nombres para ponerles una quejar.angustia

A los pocos días de fallecer Jose, fui al INSS de Móstoles, a llevar los papeles para solicitar la pensión de orfandad de Sara y mi pensión de viudedad. Si alguien se ha visto en la misma situación que yo, os diré que los papeles que hay que presentar son muchísimos, por lo menos en el caso de ser pareja de hecho. Muchos originales y copias de todos los documentos que se os puedan ocurrir. Me costó varios días recopilarlos todos y el día de la cita, allí estaba yo, con una carpeta llena hasta los topes y el corazón destrozado. Dentro de la oficina del INSS de Móstoles, he imagino que igual en el resto de España, hay un montón de personas trabajando pero no todas atienden las mismas cosas, cada uno está especializado en lo suyo. Así que lógicamente, la individua que me atendió a mí, que no tiene otro nombre, es una de las encargadas del tema de las pensiones. Si partimos de la base que cuando alguien va a que le atiendan por un tema de pensión, irá en un estado emocional bastante delicado, lo lógico es que las personas que te atiendan en esos casos tengan total empatía. Pero no. La señora en cuestión fue la persona más borde y antipática que debería haber en la oficina. Lástima no haberle pedido el nombre para ponerle una reclamación. Me senté en su mesa y sin un hola, me dijo que le diera los papeles. Yo, cargada con mi carpeta, le puse todo en la mesa, pero ella empezó a decirme de muy mala maneras que se los fuera dando en orden. Evidentemente, no sabía cuál era el orden, así que se lo dije y empezó a gritarme, que si íbamos allí de malos modos, que si me creía que ella estaba allí para servirme…en fin, no recuerdo que más dijo porque me puse malísima. De nuevo tuve una crisis de ansiedad, no podía respirar, lloraba desconsoladamente, intentaba controlarme pero era incapaz, estaba destrozada por la muerte de Jose y en vez de toparme con alguien que me ayudase, me encuentro con esa señora antipática, incapaz de ponerse en mi lugar y de imaginar el dolor que estaba pasando y que tenía la osadía de hablarme de muy malas formas. Y de nuevo, me encontré que nadie, absolutamente nadie en todo el INSS se acercó a consolarme, a tomarme de la mano, a ofrecerme un pañuelo, a darme un apretón o una caricia o una palabra amable. NADIE. Allí estaba yo sola, con mi agobio, ahogándome y tratando de calmarme para terminar con aquello cuanto antes. Cuando conseguí tranquilizarme más o menos, la señora aquella seguía allí sentada, sin mover un músculo. Simplemente suavizó un poco su tono de voz, y ya fue pidiéndome los papeles en el orden que debía entregarlos.

Me he encontrado varios casos de estos, de personas que han tenido que atenderme por algún motivo relacionado con la muerte de Jose y no han sido nada empáticos. A ver, yo soy enfermera y lidio con enfermedades incurables y con fallecimientos casi a diario. Con el tiempo terminas poniéndote una coraza para que todas esas cosas no te afecten, no puedes traerte a casa todos los malos momentos. Pero que no deje que me afecten no significa que sea una persona fría y distante. Cada vez que pasa algo malo, siempre estoy ahí por si el familiar necesita algo, tengo palabras dulces y amables, incluso abrazo a quien lo necesita. Por eso no entiendo cómo he podido encontrarme gente tan mala en este último año.

Pues aunque ya han pasado 15 meses desde que Jose falleció, el tiempo ha calmado un poco el dolor, pero las cosas siguen doliendo. Y si tienen que ver con él, todavía más.

La semana pasada fui a hacienda a llevar su declaración de la renta. El año pasado ya me tocó hacerla y tener varios problemas a la hora de que me devolviesen lo que le correspondía, problemas con los que no os voy a aburrir ahora. El caso es que este año, para ahorrarme esos problemas, decidí llevarla en persona a la oficina, en vez de presentarla por banco. Y de nuevo, me toca la individua que tiene que haber en todas las oficinas que trabajan de cara al público, siempre tiene que haber un garbanzo negro y me toca a mí. Después de una hora de retraso, voy a la mesa que me corresponde y la señora me dice que llevo la declaración sin firmar. Le digo que es de mi difunto marido, que evidentemente no puede firmarla. Me dice de muy malas manera que entonces la firme yo, que soy su mujer. Le digo que no estábamos casados y que la heredera es mi hija. Entonces, de peores maneras todavía, me dice que la niña no puede firmar, ¡ojito que lista es la tía, que con sólo mirar a Sara de un vistazo se ha dado cuenta que no es capaz de escribir su nombre! Aquí empieza una conversación de besugos, con una señora que no sabe hacer su trabajo y tiene la desfachatez de decirme que si ya presenté la declaración el año anterior, ya sabré lo que tengo que hacer. Le digo que la que debería saberlo es ella, pues es su trabajo pero me dice que es la primera vez que se encuentra con un caso como este. ¡Venga ya, no me lo creo! Y de nuevo, en vez de mostrar un poco de empatía con la desconsolada viuda y la huérfana, se pone a gritarme que me vaya a una mesa aparte a firmar de la manera que me parezca más conveniente, que le estoy formando cola y tiene que seguir atendiendo gente. Ni que decir tiene que me dio otra crisis de ansiedad. Algo que no sabía lo que era, desde que Jose se puso enfermo es bastante común en mi día a día. Me bloqueo, me pongo nerviosa, intento contenerme pero me pongo más nerviosa aún y termino llorando a mares, hipando e hiperventilando. Por suerte sí que quedan personas bondadosas en el mundo, que se ocuparon de distraer a mi hija mientras ella estaba preocupada porque su madre lloraba y me dieron un pañuelo y me cedieron una silla para que pudiera tranquilizarme un poco. Cuando conseguí serenarme y firmar los papeles como tutora de mi hija, la señora antipática, al ver que me acercaba a su mesa, se puso la mano en la barriga y me dijo que se encontraba mal y se fue al baño corriendo, para no atenderme. Imagino que se le caería la cara de vergüenza de lo que me había hecho pasar.

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No consigo comprenderlo, no consigo entender cómo la gente puede ir por el mundo con la cara bien alta y ser incapaz de ayudar al prójimo, cómo podemos vivir en una sociedad donde cada uno mira para su propio ombligo, sin importarle lo que le ocurra al de al lado. Cómo gente que trata cada día con personas con grandes problemas personales es incapaz de mostrar algo de empatía, una palabra amable, una sonrisa, un simple gesto para ayudar a mitigar un poco el dolor.

Las lágrimas de los adultos

Hace tiempo escribí las lágrimas de los niños donde hablaba sobre cómo muchas personas, padres y personal sanitario, trataban a los niños en algunas ocasiones con bastante falta de respeto y con muy poca empatía. Algo bastante desagradable que ocurrió hace unos días me hizo pensar que estas cosas no pasan sólo con los pequeños, también nos pasa a los adultos.

Recuerdo cuando tenía 17 años. Fui al hospital a quitarme una muela del juicio con cirugía. Estaba bastante nerviosa, pero no me hicieron mucho caso. Durante la cirugía, cirujana y enfermero se dedicaron a hablar de su vida privada sin tener en cuenta mis miedos y mi dolor, pues por más que yo les decía que aquello que me hacían me dolía, no me hacían ningún caso. En un momento hasta llegaron a llamarme quejica, pues supuestamente con la anestesia que me habían puesto no debía dolerme. Hasta que del dolor perdí el conocimiento y ahí sí me hicieron caso del susto que les di. Pero antes tuve que sentirme humillada. Días después, cuando fui a quitarme los puntos y con un miedo terrible en el cuerpo, el “carnicero” que me tocó me dijo que los puntos me iban a doler más que la propia cirugía. Decidí que no quería quitarme los puntos, el dentista me llamo malcriada, mi madre discutió con él, intento quitármelos a la fuerza y acabo clavándome el bisturí en el labio. Salimos de allí corriendo, con los puntos en la boca y un labio chorreante. Mi miedo a los dentistas seguía creciendo por momentos, decidí que me quedaría con los puntos para siempre, pero claro, eso no podía ser. Fuimos a otro dentista, yo con más miedo que vergüenza. Un señor dulce y amable empezó a hablar conmigo y a tranquilizarme, a decirme que sólo quería verme la boca mientras me contaba algo que no recuerdo y entonces, con una gran sonrisa, me dijo que ya habíamos terminado con los puntos. Ni me había enterado, todo gracias a su dulzura, a su empatía, a saber calmarme. Desde ese momento pasó a ser mi dentista para siempre.file000753676401

Creo que fue en ese momento cuando acabé de decidir que quería ser enfermera, y aunque yo era muy miedosa y todo el mundo pensaba que no podría con ello, durante la carrera aprendí a controlar mi miedo y desde ese momento pase a ser una buena paciente. El del dentista no fue mi único momento desagradable con la sanidad. Varias veces, al ir a hacerme análisis de sangre, me mareaba y en ocasiones hasta me caí al suelo y alguna vez me llevé una reprimenda por parte de enfermeras gruñonas por haberme mareado y haberles hecho levantar el culo de su silla (si, no se ofendan mis compañeras de profesión, que no digo que todas sean así, pero que haberlas haylas….)

En realidad ¿qué es eso de ser buen paciente? Pues parece ser que el buen paciente es aquel que no se queja, aquel que no demuestra sus sentimientos, aquel que se porta bien. El resto de las personas, las que tienen miedo, las que son nerviosas, las que se mueven durante una prueba y gritan de dolor, esas no son buenos pacientes. Y eso crispa mis nervios.

Llevo casi 20 años trabajando como enfermera y en esos años me he encontrado de todo. Y por desgracia, me he encontrado con mucho personal sanitario que considera que hay malos pacientes. No digo que el personal sanitario trate mal a los pacientes y no tengan empatía. Digo que algún personal sanitario trata mal a los pacientes que no se portan bien.file0001398432795

Las mejores mujeres de parto son aquellas que paren sin dolor, que no se quejan. O eso es lo que creen muchos ginecólogos. ¿Dónde queda el poder expresarse libremente, el poder liberar las cuerdas vocales, el gritar para calmar el dolor? Yo parí sin epidural y grité y me dolió menos, o por lo menos no tuve que estar pendiente de esconder mi dolor. En ese momento no fui una buena paciente y por suerte para mí, a mi matrona eso le daba lo mismo, ella estaba allí para acompañar mi parto y me dejó hacer, entendía mi dolor y lo dejaba fluir. Pero en esta sociedad, parece que la madre que grita, que se libera, es peor paciente que la que sufre en silencio.

Hace unos cuantos años mi hermana estaba embarazada. Había pasado por varios abortos y de nuevo había empezado a sangrar. Fue al servicio de urgencias del hospital donde yo trabajaba y yo entré con ella, vestida de enfermera. No sé cómo fue, pero la ginecóloga que le estaba haciendo la ecografía me confundió con personal del paritario, no sabía que yo era su hermana. En la eco vio que el embrión no tenía latido, mi hermana había tenido otro aborto. Después de 4 o 5 previos, estaba fatal y se derrumbó allí en la camilla, empezó a llorar a grito pelado, a chillar lo injusta que era la vida… Entonces, la ginecóloga me miró y me hizo un gesto con el dedo como diciendo que estaba loca. Me acerqué a ella, pero seguía pensando que yo era una enfermera desconocida y me empezó a decir bajito que la paciente era una exagerada, que cómo se ponía…entonces le dije que era mi hermana y la cara le cambió, me pidió perdón y no sabía dónde esconderse. ¿No es legítimo sufrir por un hijo no nacido? ¿Es acaso el dolor menor? Para esa ginecóloga, está claro que tener un aborto era algo que por su profesión, ella veía a diario, pero nunca se había parado a pensar en el dolor de esa madre, a ponerse en su lugar, las mujeres que lloran y expresan su dolor por una pérdida son malas pacientes. Quizás, para hacernos más humanos, algunas personas deberían pasar por situaciones similares, sufrir para conocer el sufrimiento de otros y aprender a tener más empatía.

Siempre me ha molestado eso, ver cómo a algunos pacientes se les trataba peor que a otros por quejarse más. No nos paramos a pensar que detrás de ese dolor puede haber algo más, o no, simplemente, el umbral de dolor es distinto en cada persona. Pero ahora me he vuelto mucho más sensible con estas cosas. Desde mi pérdida he descubierto el poder sanador de los abrazos. Y doy muchos abrazos en el hospital, muchos más de los que había dado antes. Antes escuchaba, calmaba, tocaba a los pacientes, pero ahora también los abrazo cuando veo que lo necesitan.

Una mujer que llora durante una cura, no por el dolor de la misma sino por el miedo de lo que pueda pasar, que está nerviosa, que recibe críticas de su hijo delante nuestra por tener sobrepeso. Al finalizar la cura y lavarme, la abracé e intenté tranquilizarla con mis palabras. El efecto fue brutal, en unos instantes se había calmado y se marchó a su casa visiblemente más tranquila. No es tan difícil.file000788055222

Hace unos días volví muy molesta a casa y eso fue lo que me hizo sentarme a escribir. En un momento determinado de la mañana, una paciente llegó muy nerviosa a hacerse una prueba, tanto que al final dicha prueba no pudo llevarse a cabo y hubo que reprogramarla. En vez de tratar de calmar a la paciente, dos personas no paraban de decirle que así no se podía venir, que por culpa de sus nervios no habían podido hacerlo y hasta llegué a oír que le decían había perdido los papeles. Yo intenté tranquilizarla pero mis palabras ya no surtieron efecto sobre tanta devastación y la mujer se fue incluso peor de lo que había venido, con la culpabilidad flotando sobre su cabeza.

¡No puede ser! ¡Somos personal sanitario y nuestra labor no es sólo curar y cuidar! También hay que escuchar, que comprender, que empatizar. Cada persona es un mundo, cada persona lleva su propia mochila a cuestas. Las experiencias vividas, las situaciones personales, hacen que las personas reaccionen de distinta manera ante una misma situación. . Una vez tuve una paciente que se puso a llorar mientras hacía una espirometría porque yo “le grité” que soplara más fuerte. Se asustó. Y vi que no hacía falta gritar tan alto para que las espirometrías saliesen bien, sólo hay que saber incentivar al paciente. Fue la primera y la última vez que alguien lloró conmigo durante esa prueba. Esa situación cambió mi forma de hacer las cosas.

Los adultos también lloramos, también nos asustamos, también tenemos derecho a quejarnos, a sufrir y a ser oídos y comprendidos.

Imágenes extraídas de morguefile

Las lágrimas de los niños

Llevo varios días intentando escribir esto, pero no puedo por falta de tiempo, que no por falta de ganas. Todas las mañanas, todas sin falta, me pasa lo mismo.

Trabajo en un hospital. En una zona, donde cada día, pasan niños a los que tenemos que hacerles pruebas y/o analíticas, curas y otros procedimientos. Niños que vienen asustados, que no saben que les van a hacer y a los que se les realizan actos más o menos invasivos. Todos, absolutamente todos, lloran. Normal ¿ verdad?PrickBebered

Porque lo que me remueve por dentro cada día, es que parece que NO es normal. Algunos compañeros de profesión, regañan a los niños por llorar, por portarse “mal”, por revolverse. Pero ahí no acaba todo. Los propios padres, les regañan hasta la saciedad, les amenazan con quitarles cosas e incluso he llegado a ver algún cachete a niños que rato después de la prueba seguían llorando desconsoladamente.

No puedo con estas escenas. Ni con los comentarios injustos que se les hacen a los niños. He visto a personal sanitario regañar a los niños por gritar o llorar, llamarles maleducados, amenazarles con echar a sus padres de la sala por no dejarse hacer una prueba. Y al final, se lo hacen a la fuerza, con más miedo y dolor por parte del niño.

La otra parte que no consigo entender, es la de muchos padres. Llevan a sus hijos al médico, les sacan sangre o les hacen unas pruebas bastante dolorosas y molestas, ¿qué es lo que esperan? ¿que sean niños buenos?” Los niños están asustados y necesitan el apoyo de las personas en las que más confían. Pero, si después de todo, sus padres les regañan y castigan, ¿cómo van a calmarse esos pequeños? Por favor, ¿tan difícil es ponerse a su altura? Agacharse, abrazarlos, explicarles en la medida de lo posible, calmarlos. Entender que simplemente, son niños, que están asustados, que les han hecho daño y que necesitan consuelo, no unos padres que les regañen por llorar.

¿A cuántos adultos no les gusta que les saquen sangre, por ejemplo? A muchos. Y nos dejamos hacer los análisis porque entendemos que es una necesidad. Pero, un niño pequeño, no entiende ese concepto, no entiende que por su bien, que en la sangre hay un montón de compuestos que una máquina analiza en el laboratorio y con eso saben si está enfermo o no….  Y como no lo entienden, somos nosotros los que tenemos que entender su miedo, su dolor, y calmarlos y tranquilizarlos. Si andando por la calle, nuestro hijo se cae y se hace una herida, corremos a socorrerle. Entonces, si en el hospital le hacen una prueba dolorosa, ¿por qué no hacemos lo mismo?

Yo he probado una técnica diferente. Hablar, dialogar, explicarles, adaptándonos a la edad de cada uno,  dejarles que se relajen, darles un tiempo para que salgan de la consulta y fuera se queden más tranquilos antes de volver a entrar. Y explicarles el cómo y el porqué de las cosas. Hacerles saber que es normal tener miedo y dejarles expresar sus sentimientos. La mayoría de las veces, funciona, desde luego, mejor que las amenazas y las fuerzas. Y si no me entienden, siempre lo hago con una sonrisa, a ser posible, que estén sentados y abrazados a sus padres. Los padres también tienen un papel importante en todo esto, más que nosotros, evidentemente. Antes de llegar a la consulta, en casa, tienen que contarles lo que les van a hacer, sin darle importancia, tomarlo como algo natural y necesario. No sirve de nada que los padres lleguen asustadísimos por lo que se les va a hacer a sus hijos, porque transmiten ese miedo a los pequeños.

El otro día, mi amiga Lorena me comentaba una escena parecida. Llevó a la niña, de apenas 14 meses, a hacerse una analítica. La niña iba asustada, a esa edad, casi todos los bebés temen las batas blancas, porque las relacionan con las vacunas y las revisiones periódicas. Al llegar a la sala de extracciones, una persona le sujetó el brazo a la fuerza para que la enfermera pudiera pincharla, sin avisar, sin mediar palabra. El susto de la pequeña era aún mayor, y, evidentemente, su instinto le hacía retirar el brazo. La niña lloraba, chillaba y se revolvía y una de las personas que estaba en la sala, empezó a decir que la niña era una soberbia, que vaya genio tenía. Se lo decía a la madre, directamente. La madre, en ese momento, se quedó tan cortada que no supo qué responder. Y además, estaba más pendiente de atender a su hija.  Pues ahora aprovecho yo para decirle a esa persona, en primer lugar, que si trata con niños, debería tener más paciencia y sobre todo, más empatía. Y en segundo lugar, que se informe antes de soltar palabras por su boca, porque, según la RAE, Soberbia, en su cuarta acepción  significa “Cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas”. Y esta niña no sentía ira, lo que sentía era miedo, y no se expresaba con acciones descompuestas ni palabras altivas, lloraba e intentaba zafarse porque es lo que le pedía su instinto de supervivencia.

Todos los días, veo estas escenas. Todos los días, salgo con mal cuerpo, viendo como no se respeta el miedo de los pequeños, escuchando comentarios que no deberían hacerse. Todos los días, me acerco a algún pequeño y le llevo un dibujo y unos lápices, para que coloreen y olviden el mal rato, y todos los días, un gesto tan simple como este, funciona. Todos los días, quiero agacharme y abrazar a todos esos niños asustados a los que sus padres regañan. Todos los días…

EDITADO

Para la gente que sólo lee entre líneas, hago una aclaración. 

NO digo que todo el personal sanitario trate mal a los niños, ni muchísimo menos. Por suerte, hay muchos grandes profesionales sanitarios que se dedican a hacer las cosas más fáciles a los pequeños. Digo, que por desgracia, he tenido que ver y sigo viendo cada día, gente que en mi opinión, no está capacitada para tratar con niños. Evidentemente, para ciertos procedimientos, hay que sujetar a los niños, pero no es lo mismo sujetar un brazo para una analítica con una sonrisa y palabras dulces que hacerlo de malas maneras. En mi trabajo, estoy rodeada de grandísimos profesionales y también, de compañeros que no merecen ese calificativo. 

NO digo que todos los padres que ven llorar a sus hijos por quejarse y tener miedo, les regañen y les castiguen. Por suerte, la mayoría de los padres entienden que los niños están viviendo una situación traumática para ellos y les consuelan. Por desgracia, también he visto y sigo viendo a padres, que sí les regañan por llorar, padres que gritan a sus hijos porque les están “dejando en ridículo” (palabras dichas por los propios padres). 

No pretendo, ni mucho menos, menospreciar el trabajo del personal sanitario, ni pretender ser la mejor y la más “guay”. Este post es sólo para plasmar una realidad que veo cada día. No considero que yo lo haga mejor que nadie, repito que tengo la gran suerte de trabajar con muchas personas fantásticas, que tratan a todo el mundo con respeto. Esto es sólo una opinión, una visión, MI opinión

Quiero aprovechar para alabar a la enfermera de mi hija, que siempre, cuando ha habido vacunas, se las ha puesto con mi hija en brazos y me ha animado a hacer “tetanalgesia” para que el dolor fuera menor. La sanidad tiene grandes profesionales. 

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