No hay mejor lugar que los brazos de mamá

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Repulsa por los atentados de París

Llegar a casa el viernes por la noche, después de una tarde muy agradable con tus hijos, abrir internet y encontrarte con la noticia de los atentados de París, hizo que mi buen día se viniera abajo. Esta mañana he desayunado delante de la televisión, comentando con Lucas los acontecimientos. Y no he podido evitar llorar.atentados París

Las muertes no tienen sentido. Nunca. Pero si además ocurren a manos de personas que matan en nombre de una religión, mucho menos.

Más de 120 personas perdieron la vida anoche, personas con nombre y apellidos, con una vida llena de gente, con familias, personas que pretendían pasar un buen rato y murieron asustados.

El dolor de imaginar el miedo que sintieron los fallecidos dentro de la sala de fiestas, cuando supieron lo que estaba pasando y que estaban a punto de perder la vida a mano de unos crueles asesinos es inmenso.

Pero mi dolor va con todas las familias. Madres y padres que han perdido a un hijo. Mujeres que en un solo instante se han quedado viudas. Hijos que crecerán sin un padre o una madre. Hermanos que han perdido una parte de su vida. Amigos…

Cuando has vivido la pérdida de un ser querido, parece que todas estas situaciones te duelen aún más. Porque ahora me pongo en el lugar de las familias de los fallecidos. Ahora sé el dolor que están pasando. Y todo el dolor que les queda por pasar.

Para ellos, para todas esas familias destrozadas por la crueldad de unos terroristas va mi apoyo y mi fuerza, mi ánimo y mi más sentido dolor.

Las lágrimas de los adultos

Hace tiempo escribí las lágrimas de los niños donde hablaba sobre cómo muchas personas, padres y personal sanitario, trataban a los niños en algunas ocasiones con bastante falta de respeto y con muy poca empatía. Algo bastante desagradable que ocurrió hace unos días me hizo pensar que estas cosas no pasan sólo con los pequeños, también nos pasa a los adultos.

Recuerdo cuando tenía 17 años. Fui al hospital a quitarme una muela del juicio con cirugía. Estaba bastante nerviosa, pero no me hicieron mucho caso. Durante la cirugía, cirujana y enfermero se dedicaron a hablar de su vida privada sin tener en cuenta mis miedos y mi dolor, pues por más que yo les decía que aquello que me hacían me dolía, no me hacían ningún caso. En un momento hasta llegaron a llamarme quejica, pues supuestamente con la anestesia que me habían puesto no debía dolerme. Hasta que del dolor perdí el conocimiento y ahí sí me hicieron caso del susto que les di. Pero antes tuve que sentirme humillada. Días después, cuando fui a quitarme los puntos y con un miedo terrible en el cuerpo, el “carnicero” que me tocó me dijo que los puntos me iban a doler más que la propia cirugía. Decidí que no quería quitarme los puntos, el dentista me llamo malcriada, mi madre discutió con él, intento quitármelos a la fuerza y acabo clavándome el bisturí en el labio. Salimos de allí corriendo, con los puntos en la boca y un labio chorreante. Mi miedo a los dentistas seguía creciendo por momentos, decidí que me quedaría con los puntos para siempre, pero claro, eso no podía ser. Fuimos a otro dentista, yo con más miedo que vergüenza. Un señor dulce y amable empezó a hablar conmigo y a tranquilizarme, a decirme que sólo quería verme la boca mientras me contaba algo que no recuerdo y entonces, con una gran sonrisa, me dijo que ya habíamos terminado con los puntos. Ni me había enterado, todo gracias a su dulzura, a su empatía, a saber calmarme. Desde ese momento pasó a ser mi dentista para siempre.file000753676401

Creo que fue en ese momento cuando acabé de decidir que quería ser enfermera, y aunque yo era muy miedosa y todo el mundo pensaba que no podría con ello, durante la carrera aprendí a controlar mi miedo y desde ese momento pase a ser una buena paciente. El del dentista no fue mi único momento desagradable con la sanidad. Varias veces, al ir a hacerme análisis de sangre, me mareaba y en ocasiones hasta me caí al suelo y alguna vez me llevé una reprimenda por parte de enfermeras gruñonas por haberme mareado y haberles hecho levantar el culo de su silla (si, no se ofendan mis compañeras de profesión, que no digo que todas sean así, pero que haberlas haylas….)

En realidad ¿qué es eso de ser buen paciente? Pues parece ser que el buen paciente es aquel que no se queja, aquel que no demuestra sus sentimientos, aquel que se porta bien. El resto de las personas, las que tienen miedo, las que son nerviosas, las que se mueven durante una prueba y gritan de dolor, esas no son buenos pacientes. Y eso crispa mis nervios.

Llevo casi 20 años trabajando como enfermera y en esos años me he encontrado de todo. Y por desgracia, me he encontrado con mucho personal sanitario que considera que hay malos pacientes. No digo que el personal sanitario trate mal a los pacientes y no tengan empatía. Digo que algún personal sanitario trata mal a los pacientes que no se portan bien.file0001398432795

Las mejores mujeres de parto son aquellas que paren sin dolor, que no se quejan. O eso es lo que creen muchos ginecólogos. ¿Dónde queda el poder expresarse libremente, el poder liberar las cuerdas vocales, el gritar para calmar el dolor? Yo parí sin epidural y grité y me dolió menos, o por lo menos no tuve que estar pendiente de esconder mi dolor. En ese momento no fui una buena paciente y por suerte para mí, a mi matrona eso le daba lo mismo, ella estaba allí para acompañar mi parto y me dejó hacer, entendía mi dolor y lo dejaba fluir. Pero en esta sociedad, parece que la madre que grita, que se libera, es peor paciente que la que sufre en silencio.

Hace unos cuantos años mi hermana estaba embarazada. Había pasado por varios abortos y de nuevo había empezado a sangrar. Fue al servicio de urgencias del hospital donde yo trabajaba y yo entré con ella, vestida de enfermera. No sé cómo fue, pero la ginecóloga que le estaba haciendo la ecografía me confundió con personal del paritario, no sabía que yo era su hermana. En la eco vio que el embrión no tenía latido, mi hermana había tenido otro aborto. Después de 4 o 5 previos, estaba fatal y se derrumbó allí en la camilla, empezó a llorar a grito pelado, a chillar lo injusta que era la vida… Entonces, la ginecóloga me miró y me hizo un gesto con el dedo como diciendo que estaba loca. Me acerqué a ella, pero seguía pensando que yo era una enfermera desconocida y me empezó a decir bajito que la paciente era una exagerada, que cómo se ponía…entonces le dije que era mi hermana y la cara le cambió, me pidió perdón y no sabía dónde esconderse. ¿No es legítimo sufrir por un hijo no nacido? ¿Es acaso el dolor menor? Para esa ginecóloga, está claro que tener un aborto era algo que por su profesión, ella veía a diario, pero nunca se había parado a pensar en el dolor de esa madre, a ponerse en su lugar, las mujeres que lloran y expresan su dolor por una pérdida son malas pacientes. Quizás, para hacernos más humanos, algunas personas deberían pasar por situaciones similares, sufrir para conocer el sufrimiento de otros y aprender a tener más empatía.

Siempre me ha molestado eso, ver cómo a algunos pacientes se les trataba peor que a otros por quejarse más. No nos paramos a pensar que detrás de ese dolor puede haber algo más, o no, simplemente, el umbral de dolor es distinto en cada persona. Pero ahora me he vuelto mucho más sensible con estas cosas. Desde mi pérdida he descubierto el poder sanador de los abrazos. Y doy muchos abrazos en el hospital, muchos más de los que había dado antes. Antes escuchaba, calmaba, tocaba a los pacientes, pero ahora también los abrazo cuando veo que lo necesitan.

Una mujer que llora durante una cura, no por el dolor de la misma sino por el miedo de lo que pueda pasar, que está nerviosa, que recibe críticas de su hijo delante nuestra por tener sobrepeso. Al finalizar la cura y lavarme, la abracé e intenté tranquilizarla con mis palabras. El efecto fue brutal, en unos instantes se había calmado y se marchó a su casa visiblemente más tranquila. No es tan difícil.file000788055222

Hace unos días volví muy molesta a casa y eso fue lo que me hizo sentarme a escribir. En un momento determinado de la mañana, una paciente llegó muy nerviosa a hacerse una prueba, tanto que al final dicha prueba no pudo llevarse a cabo y hubo que reprogramarla. En vez de tratar de calmar a la paciente, dos personas no paraban de decirle que así no se podía venir, que por culpa de sus nervios no habían podido hacerlo y hasta llegué a oír que le decían había perdido los papeles. Yo intenté tranquilizarla pero mis palabras ya no surtieron efecto sobre tanta devastación y la mujer se fue incluso peor de lo que había venido, con la culpabilidad flotando sobre su cabeza.

¡No puede ser! ¡Somos personal sanitario y nuestra labor no es sólo curar y cuidar! También hay que escuchar, que comprender, que empatizar. Cada persona es un mundo, cada persona lleva su propia mochila a cuestas. Las experiencias vividas, las situaciones personales, hacen que las personas reaccionen de distinta manera ante una misma situación. . Una vez tuve una paciente que se puso a llorar mientras hacía una espirometría porque yo “le grité” que soplara más fuerte. Se asustó. Y vi que no hacía falta gritar tan alto para que las espirometrías saliesen bien, sólo hay que saber incentivar al paciente. Fue la primera y la última vez que alguien lloró conmigo durante esa prueba. Esa situación cambió mi forma de hacer las cosas.

Los adultos también lloramos, también nos asustamos, también tenemos derecho a quejarnos, a sufrir y a ser oídos y comprendidos.

Imágenes extraídas de morguefile

Las lágrimas de los niños

Llevo varios días intentando escribir esto, pero no puedo por falta de tiempo, que no por falta de ganas. Todas las mañanas, todas sin falta, me pasa lo mismo.

Trabajo en un hospital. En una zona, donde cada día, pasan niños a los que tenemos que hacerles pruebas y/o analíticas, curas y otros procedimientos. Niños que vienen asustados, que no saben que les van a hacer y a los que se les realizan actos más o menos invasivos. Todos, absolutamente todos, lloran. Normal ¿ verdad?PrickBebered

Porque lo que me remueve por dentro cada día, es que parece que NO es normal. Algunos compañeros de profesión, regañan a los niños por llorar, por portarse “mal”, por revolverse. Pero ahí no acaba todo. Los propios padres, les regañan hasta la saciedad, les amenazan con quitarles cosas e incluso he llegado a ver algún cachete a niños que rato después de la prueba seguían llorando desconsoladamente.

No puedo con estas escenas. Ni con los comentarios injustos que se les hacen a los niños. He visto a personal sanitario regañar a los niños por gritar o llorar, llamarles maleducados, amenazarles con echar a sus padres de la sala por no dejarse hacer una prueba. Y al final, se lo hacen a la fuerza, con más miedo y dolor por parte del niño.

La otra parte que no consigo entender, es la de muchos padres. Llevan a sus hijos al médico, les sacan sangre o les hacen unas pruebas bastante dolorosas y molestas, ¿qué es lo que esperan? ¿que sean niños buenos?” Los niños están asustados y necesitan el apoyo de las personas en las que más confían. Pero, si después de todo, sus padres les regañan y castigan, ¿cómo van a calmarse esos pequeños? Por favor, ¿tan difícil es ponerse a su altura? Agacharse, abrazarlos, explicarles en la medida de lo posible, calmarlos. Entender que simplemente, son niños, que están asustados, que les han hecho daño y que necesitan consuelo, no unos padres que les regañen por llorar.

¿A cuántos adultos no les gusta que les saquen sangre, por ejemplo? A muchos. Y nos dejamos hacer los análisis porque entendemos que es una necesidad. Pero, un niño pequeño, no entiende ese concepto, no entiende que por su bien, que en la sangre hay un montón de compuestos que una máquina analiza en el laboratorio y con eso saben si está enfermo o no….  Y como no lo entienden, somos nosotros los que tenemos que entender su miedo, su dolor, y calmarlos y tranquilizarlos. Si andando por la calle, nuestro hijo se cae y se hace una herida, corremos a socorrerle. Entonces, si en el hospital le hacen una prueba dolorosa, ¿por qué no hacemos lo mismo?

Yo he probado una técnica diferente. Hablar, dialogar, explicarles, adaptándonos a la edad de cada uno,  dejarles que se relajen, darles un tiempo para que salgan de la consulta y fuera se queden más tranquilos antes de volver a entrar. Y explicarles el cómo y el porqué de las cosas. Hacerles saber que es normal tener miedo y dejarles expresar sus sentimientos. La mayoría de las veces, funciona, desde luego, mejor que las amenazas y las fuerzas. Y si no me entienden, siempre lo hago con una sonrisa, a ser posible, que estén sentados y abrazados a sus padres. Los padres también tienen un papel importante en todo esto, más que nosotros, evidentemente. Antes de llegar a la consulta, en casa, tienen que contarles lo que les van a hacer, sin darle importancia, tomarlo como algo natural y necesario. No sirve de nada que los padres lleguen asustadísimos por lo que se les va a hacer a sus hijos, porque transmiten ese miedo a los pequeños.

El otro día, mi amiga Lorena me comentaba una escena parecida. Llevó a la niña, de apenas 14 meses, a hacerse una analítica. La niña iba asustada, a esa edad, casi todos los bebés temen las batas blancas, porque las relacionan con las vacunas y las revisiones periódicas. Al llegar a la sala de extracciones, una persona le sujetó el brazo a la fuerza para que la enfermera pudiera pincharla, sin avisar, sin mediar palabra. El susto de la pequeña era aún mayor, y, evidentemente, su instinto le hacía retirar el brazo. La niña lloraba, chillaba y se revolvía y una de las personas que estaba en la sala, empezó a decir que la niña era una soberbia, que vaya genio tenía. Se lo decía a la madre, directamente. La madre, en ese momento, se quedó tan cortada que no supo qué responder. Y además, estaba más pendiente de atender a su hija.  Pues ahora aprovecho yo para decirle a esa persona, en primer lugar, que si trata con niños, debería tener más paciencia y sobre todo, más empatía. Y en segundo lugar, que se informe antes de soltar palabras por su boca, porque, según la RAE, Soberbia, en su cuarta acepción  significa “Cólera e ira expresadas con acciones descompuestas o palabras altivas e injuriosas”. Y esta niña no sentía ira, lo que sentía era miedo, y no se expresaba con acciones descompuestas ni palabras altivas, lloraba e intentaba zafarse porque es lo que le pedía su instinto de supervivencia.

Todos los días, veo estas escenas. Todos los días, salgo con mal cuerpo, viendo como no se respeta el miedo de los pequeños, escuchando comentarios que no deberían hacerse. Todos los días, me acerco a algún pequeño y le llevo un dibujo y unos lápices, para que coloreen y olviden el mal rato, y todos los días, un gesto tan simple como este, funciona. Todos los días, quiero agacharme y abrazar a todos esos niños asustados a los que sus padres regañan. Todos los días…

EDITADO

Para la gente que sólo lee entre líneas, hago una aclaración. 

NO digo que todo el personal sanitario trate mal a los niños, ni muchísimo menos. Por suerte, hay muchos grandes profesionales sanitarios que se dedican a hacer las cosas más fáciles a los pequeños. Digo, que por desgracia, he tenido que ver y sigo viendo cada día, gente que en mi opinión, no está capacitada para tratar con niños. Evidentemente, para ciertos procedimientos, hay que sujetar a los niños, pero no es lo mismo sujetar un brazo para una analítica con una sonrisa y palabras dulces que hacerlo de malas maneras. En mi trabajo, estoy rodeada de grandísimos profesionales y también, de compañeros que no merecen ese calificativo. 

NO digo que todos los padres que ven llorar a sus hijos por quejarse y tener miedo, les regañen y les castiguen. Por suerte, la mayoría de los padres entienden que los niños están viviendo una situación traumática para ellos y les consuelan. Por desgracia, también he visto y sigo viendo a padres, que sí les regañan por llorar, padres que gritan a sus hijos porque les están “dejando en ridículo” (palabras dichas por los propios padres). 

No pretendo, ni mucho menos, menospreciar el trabajo del personal sanitario, ni pretender ser la mejor y la más “guay”. Este post es sólo para plasmar una realidad que veo cada día. No considero que yo lo haga mejor que nadie, repito que tengo la gran suerte de trabajar con muchas personas fantásticas, que tratan a todo el mundo con respeto. Esto es sólo una opinión, una visión, MI opinión

Quiero aprovechar para alabar a la enfermera de mi hija, que siempre, cuando ha habido vacunas, se las ha puesto con mi hija en brazos y me ha animado a hacer “tetanalgesia” para que el dolor fuera menor. La sanidad tiene grandes profesionales. 

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