No hay mejor lugar que los brazos de mamá

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Tu vida sin ti

Me he acordado mucho de la película de Isabel Coixet estos días, “Mi vida sin mí” así que me he adueñado de su título y lo he modificado un poco para mis intenciones. Jose, hoy te escribo para contarte cómo es tu vida sin ti.

Hoy hace 2 años de tu fallecimiento. Qué caprichoso es el mes de Abril, ayer hizo 5 años de nuestro “boda”. Hace 5 años que estábamos viajando para Cuba. Vaya con los aniversarios…

Boda

Hace 5 años, el día que formalmente nos hicimos pareja

Hoy quiero contarte cómo es tu vida. Sin ti.

Tu trabajo sigue sin ti. Todos tus compañeros acudieron a tu funeral y los primeros días me llamaron alguna vez. Luego la vida siguió su curso. Al poco tiempo ya te habían encontrado sustituto. Y la verdad, dejé de saber nada de ellos, supongo que estará todo como siempre.

Tus amigos, madre mía, si supieras los cambios que ha habido. De alguno no he vuelto a tener noticias, de otros sé por las cosas que me cuenta tu madre. A alguno le he visto alguna vez, pero ya sabes, eran tus amigos de la infancia y también han seguido tu vida sin ti. Pero hay uno del que me gustaría que supieras cosas. ¿Recuerdas a tu mejor amigo, ese marchoso, que salía de marcha y parecía que nunca iba a sentar la cabeza? Hace años conoció a una chica que a todos nos caía fenomenal y los cuatro nos hemos ido juntos de viaje. ¡Pues ese amigo se casó! El día de su boda fue un poco triste, me contó tu madre que te echaron mucho de menos todos. Y no solo en la boda quedó la cosa. ¡Se embarazaron y han tenido una niña! Dos años sin ti han dado para mucho.

Tu familia ha cambiado mucho. Tus sobrinos están muy mayores, 2 años se notan una barbaridad. Tu hermana está mejor, la operaron unos días después de que tú te fueras y estuvo con tratamiento bastante tiempo. Después volvió a pasar por quirófano otras dos veces y ahora está con rehabilitación. Pero tiene el mismo ánimo que siempre y el apoyo incondicional de tu cuñado. Ojalá ya todo se quede aquí y el cáncer no vuelva a aparecer nunca. Tus padres siempre han llevado el dolor por dentro; al principio, al que más se le notaba lo mucho que sufría era a tu padre. Pero para ellos, ver a Sara, a esa parte de ti, es un consuelo y les ayuda muchísimo. Intentamos vernos una vez a la semana y que disfruten de la pequeña, contándole historias de cuando tú eras pequeño.

Tus hijos, esos sí que han cambiado. Aunque legalmente Lucas no es hijo tuyo, pero siempre vivimos en una familia como si lo fuera. Lucas fue el que peor lo pasó con tu muerte, con 12 años y en plena época de cambios, le costó muchísimo adaptarse a esta nueva situación. Ahora está en plena adolescencia, con muchos cambios hormonales. Sigue siendo ese niño de gran corazón y gran sensibilidad, aunque hay momentos en los que parece Mr. Hyde y en casa parece que se desate un combate. Menos mal que el Dr. Jekyll hace acto de presencia pronto para arreglar los desperfectos. Sara es una niña muy despierta, con una personalidad fuerte, con carácter y genio. No me recuerda en nada a mí cuando era pequeña. Y curiosamente, ¡tampoco se paree a ti cuando eras pequeño! ¡Nos ha salido especial! En dos años el cambio ha sido enorme, habla por los codos, le gusta jugar, leer cuentos, cantar y bailar; se entretiene haciendo puzles y dibujando. Y habla mucho de ti. A veces, en el columpio, me pide que la empuje muy fuerte para llegar a las estrellas, a veces se pone triste y me dice que quiere subir a una estrella para estar contigo. Te echa mucho de menos. He notado cómo en general, se lleva mejor con los hombres que con las mujeres; imagino que intenta buscar en otros padres al padre que ella ha perdido. Pero tranquilo, aunque tú no estés, nunca te olvidará, siempre seguiremos hablando de ti, contando anécdotas, explicándole lo maravillosa persona que eras y siempre te querrá muchísimo. Te prometo que siempre la voy a cuidar y proteger.

Yo vuelvo a ser más yo. Los primeros meses fueron muy duros, encerrada en mí misma, sin querer salir, sin ganas de trabajar ni de ver a nadie. Sólo salía para hacer cosas con los niños, ellos no tenían por qué quedarse en casa. Hace un año cambié de trabajo, al principio con miedo, pero me vino fenomenal. Estar rodeada de gente nueva, que no me conocía, que no conocía mi pasado y no me miraba y trataba con pena, me ayudó bastante a recuperarme. Además, mi trabajo me encanta. Aunque hay días en los que te echo tanto de menos. Cada vez que tengo que trabajar una noche o un fin de semana, tengo que dejar a los niños a dormir en casa de los abuelos. Sara siempre se queda llorando. Y yo pienso tanto en ti, en si estuvieras, en que yo podría irme a trabajar y tú quedarte en casa con ellos, en que Sara no notaría tanto el cambio… siempre la dejo llorando y siempre me voy yo llorando. Echo de menos el poder llamarte por teléfono para contarte cualquier cosa, todavía llevo tu número en el móvil y todavía, cada día, me dan ganas de marcarlo para contarte algo. Esa sensación de soledad, de no tener a mi gran amigo para hablar, es dura. Estoy intentando hacer cambios en mi vida. He empezado a cuidarme un poco más, ¡he vuelto a maquillarme y a peinarme! Y estoy intentando tener más vida social, siempre con los niños, claro.

Ya ves que tu vida sigue. Sin ti. Nada se ha detenido, aunque muchas cosas han cambiado. Intentamos ser felices, es lo que tú querrías, lo sé. Seguro que de algún modo lo notas, lo sabes, que oyes las risas y carcajadas de Sara. Y que escuchas mis pensamientos. Tu vida sigue. Sin ti. Pero aquí te seguimos queriendo.

Aunque pasen 100 años

Aunque pasen 100 años No podré olvidar tu mirada, tus gestos, tu sonrisa. No podré olvidar tu voz, tu dulzura, tu bondad. Aunque pasen 100 años, no podré olvidarte.

Hoy hace 1 año que te fuiste. Un tiempo raro, que ha pasado lento y a la vez deprisa. A veces me parece mentira que ya haya pasado un año. A veces me parece mentira que sólo haya pasado un año. Pero el tiempo pasa inexorable y yo no dejo de pensarte.

Te recuerdo cada día, muchos momentos del día, en una canción, en un olor, en una situación, en un recuerdo. Te veo por la calle, un destello de tu presencia y al instante siguiente no estás. ¿Cómo he podido confundir a esa persona contigo? Su pelo me ha parecido el tuyo, sus andares me han parecido los tuyos, esas gafas, ese abrigo. Veo la tele y la sonrisa de alguien me recuerda a ti, los pómulos de ese actor, las manos de ese otro…estás en todos lados y en realidad no estás en ninguno.

El tiempo pasa, pero el dolor no se va. Disminuye, es cierto, te acostumbras a vivir sin ti…o no, no te acostumbras a nada, pero te adaptas, que no es lo mismo.

El tiempo pasa pero sigo sintiéndome tan culpable. No por lo que te pasó, de eso ya sé que no tuve la culpa. Pero me culpo por todo lo que no te dije, me culpo por los abrazos que dejé de darte, me culpo por los enfados sin sentido que a veces teníamos, me culpo por no haberte dicho más a menudo lo maravilloso que eras, me culpo por dejar que las cosas siguieran sin hacer mucho esfuerzo, me culpo por las cosas que no te dije, por los besos que no te di. Y cada noche, antes de dormir, lo pienso y encuentro la manera de solucionarlo.

Tú y yo éramos forofos de las pelis de ciencia ficción. Cuántas y cuántas habremos visto en las que la gente viaja en el tiempo, son capaces de cambiar el pasado o de hacer tratos con seres de otros mundos para cambiar las cosas. Era nuestra temática favorita y ahora pienso en eso cada noche, antes de dormir. Cada noche consigo cambiar el tiempo, consigo viajar al pasado, despertarme antes de que empezase la pesadilla, cada noche consigo volver a verte y a abrazarte y lloro, lloro porque una felicidad infinita me recorre. Tú te extrañas y corres a abrazarme pensando que me pasa algo y yo te abrazo y no quiero soltarte, feliz de tenerte de nuevo. Y así me duermo cada noche, soñando que por un momento consigo volver atrás, soñando que puedo cambiar las cosas, decirte todo lo que debería haberte dicho, reírnos juntos, ver crecer a nuestros hijos. Y cada mañana me despierto y todo sigue igual.

Aunque pasen 100 años no dejaré de pensarte cada día. Vivo momentos como si fueran tuyos, disfruto de Sara como si tú estuvieras delante. Intento mirarla con tus ojos. Sonrío y a la vez me muero de pena. Porque sé que no estás, sé que no la ves, que no la tocas, que no la abrazas, que no la hueles, que no la bañas, que no le haces cosquillas, sé que no la oyes y no ves lo mayor que se hace. Quizás nos mires desde algún sitio, quizás sí consigas vernos, quizás cuando miro las cosas por ti, tú lo sepas y lo disfrutes también, quizás…pero no estás, esa es la verdad.

El tiempo va pasando y el dolor va mitigando. O eso parece. Pasan los días y un día me doy cuenta que llevo varios días sin llorar, parece que estoy más tranquila, más acostumbrada a esto que me ha tocado vivir y de pronto, todas las emociones vuelven a agolparse en mí, de pronto otra vez estoy más triste, otra vez duermo peor, otra vez lloro más. Esto es como una montaña rusa de sentimientos, subes y subes y no sabes cuándo vas a caer en picado.

Sara llegó de la guarde con un regalo para ti el día del padre y quería dártelo. Me preguntó cómo podía ir al cielo a darte tu regalo y un abrazo. Y yo me sentí morir. Le expliqué que estabas lejos, que nos miras pero que no podemos ir a verte, y se quedó conforme por un rato. Pero yo no. Me dieron una gran idea y la pusimos en práctica para mandarte tu regalo. Meter tu regalo, junto con un dibujo que te hizo y unas notas de amor de Lucas y mía en un globo lleno de helio y soltarlo para que subiera al cielo. Durante mucho rato estuvimos los tres unidos, viendo cómo subía el globo para llevarte nuestro amor, hasta que se hizo muy pequeño y dejamos de verlo. Sara estaba preocupada por si se perdía pero yo le he dicho que el globo iba hasta tu estrella y que tú lo encontrarías. Entonces se quedó muy feliz. Ya sabe cómo comunicarse contigo. En cada fecha señalada te mandaremos un globo lleno de amor. Cada vez que estemos tristes y queramos hablar contigo, te mandaremos un globo lleno de besos y abrazos.

El tiempo pasa inexorable y hay días que me gustaría borrar del calendario, pero no puedo. Ayer 6 de Abril fue nuestro aniversario de boda. Hoy 7 de Abril es el aniversario de tu muerte. ¡Qué cruel destino que junta fechas tan opuestas!Boda24

Pero aunque pasen 100 años, nunca podremos olvidarte. Espero que lo sepas. Y que lo notes. Y que nos veas.

Te quiero

Cuando perder a un ser querido supone mucho más

Cuando Jose falleció me quedé en estado de shock. Según fueron pasando los días, cada vez notaba más su ausencia y me daba cuenta de todo que lo había perdido. Hoy, casi 7 meses después, sigo sufriendo porque no está, sigo echándole de menos a cada rato y sigo queriendo despertar de este sueño, o volver el tiempo atrás para poder cambiarlo, lo mismo da.

Con el tiempo me fui dando cuenta que no sólo se va una persona, pierdes muchas más cosas. No sólo he perdido a mi marido. He perdido a un gran amigo, confidente, solucionador de problemas, he perdido a la persona con el corazón más grande que he conocido jamás.

Mis hijos han perdido un padre. Un modelo a seguir. Un amigo

Yo he perdido amistades. Sí, aunque suene raro, algunos “amigos” han desaparecido del mapa… personas a las que se les llenaba la boca con la palabra amistad dejaron de estar presentes en mi vida el día después del funeral. Es curioso esto de la amistad, los amigos están para lo bueno y para lo malo, pero cuando de verdad llega lo malo, muchos salen huyendo. Bueno, al fin y al cabo, no serían verdaderos amigos, pero es duro tener que pasar por algo así para darte cuenta.

He perdido una parte de mí por el camino. He perdido mi capacidad de disfrutar de la compañía de algunas personas. Antes me sentía cómoda en reuniones de gente e incluso con desconocidos. Ahora me siento pequeña y noto cómo me encojo, quiero que la tierra me trague y salir huyendo. Voy a sitios por los niños, pero me siento muy incómoda.

He perdido la tranquilidad de ver a mis hijos crecer sanos. Como a todas las madres (y padres), lo que más miedo nos da es que algo malo pueda pasarle a nuestros hijos. Creo que a todos nos habrá pasado por la cabeza alguna vez. Cuando pensaba en esa posibilidad, siempre la descartaba rápidamente. Pero ahora… ahora me despierto de madrugada sudando y pensando en eso. Ya no estoy tranquila, creo que a la vuelta de la esquina cualquier cosa puede estar escondida. Sufro pensando en que algo me los puede arrebatar. Son niños sanos, pero también lo era Jose, me paso el día pensando ¿y si? ¿Y si…? Me falta la respiración cada vez que se me pasa por la cabeza, y últimamente es muy a menudo.

Pero lo peor de todo, he perdido un sueño. Un sueño que me hace llorar cada día. Además de pasar un duelo por la pérdida de Jose, también estoy pasando un duelo por la pérdida de mis posibles futuros hijos.

Hace años, cuando decidimos que queríamos tener un hijo y después de bastante tiempo vimos que no llegaba, nos pusimos en manos de especialistas en fertilidad. Y encontraron un problema. Después de muchas pruebas, análisis y esperas, empezamos tratamiento para hacerme una Fecundación In Vitro. La medicación funcionó de maravilla conmigo y el día de la extracción de folículos consiguieron sacar muchos en buen estado. A las 48 horas, cuando fuimos a la transferencia embrionaria, nos avisaron que habían fecundo bastantes y que nos quedaban 6 embriones congelados, que estarían allí esperando hasta el día que quisiéramos.

El día que nació Sara, imagino que debido a la revolución hormonal que tenía y a la cantidad de oxitocina que había en el ambiente, hablé con la ginecóloga y le dije que quería mis embriones prontito. Evidentemente, ¡a Jose casi le da un patatús del susto! La lógica nos indicaba que teníamos que esperar, pero yo tenía claro que quería volver a tener otro hijo en un futuro no muy lejano. Con el paso del tiempo, no veía el momento indicado, Sara me parecía muy pequeña y no quería quitarle el protagonismo que tenía en ese momento por la llegada de un hermanito, así que decidimos esperar….

Y ahora sufro por eso. Sufro por esos hijos que ya no podré tener. En estos meses le he dado muchas vueltas al asunto. Primero me planteé la posibilidad de ir a consultar si podría transferirme los embriones a pesar de que mi marido hubiese fallecido. Imagino que en casos así, habrá que meter leyes por medio, pues él ya no está aquí para dar su autorización. Pero me entró el miedo, ¿y si me decían que no? ¿Y si en ese momento mi sueño se derrumbaba? Después empecé a plantearme cómo sería tener un hijo sin estar su padre. A ver, admiro profundamente a todas aquellas mujeres que han decidido ser madres sin contar con un padre a su lado, yo en su día fui madre soltera sin quererlo. Pero en mi caso, me planteaba que le diría a mi hijo de mayor, cómo explicarle que su padre había muerto antes siquiera de que él/ella hubiese nacido. Si hay algo por lo que sufro muchísimo es por Sara, porque se críe, no ya sin un padre, sino con un padre muerto. No sé, pienso que crecer sabiendo que nunca verás a tu padre, que nunca podrás buscarle, saber que era un padre maravilloso y no tuvo la oportunidad de estar con él el tiempo suficiente… En Lucas veo algo parecido, aunque distinto. Su padre prácticamente le abandonó y hace años que no se ven. Él está dolido por eso, está claro. Pensar que tu padre no te quiere es muy duro. Aunque yo me encargo de dejarle claro que él no tiene la culpa de nada, que es un hijo maravilloso y que a fin de cuentas, está mejor sin su padre. Pero algún día, en el futuro, si quiere, podrá buscarle y hablar con él, preguntarle, enfadarse, reprocharle o simplemente, perdonarle, no lo sé. ¿Y Sara? Ella nunca podrá hacer eso, ella crecerá sabiendo que su padre la quería muchísimo, que era un padrazo que se desvivía por ella pero que el cruel destino se lo arrebató de las manos sin tiempo casi de conocerse y estará triste y dolida porque yo no sabré darle una explicación racional. ¿Tengo derecho a hacer sufrir así a otra persona?

Jose

Le he dado vueltas y más vueltas. Y entiendo que esta no es la mejor situación para traer un hijo al mundo, huérfano antes de nacer. Lo entiendo, pero no por eso siento que estoy perdiendo algo muy importante en mi vida. Y una parte de Jose también se pierde aquí. Esos eran nuestros futuros hijos, podrían haber sido y ahora no serán nunca. Tengo que despedirme de ellos, dejarlos marchar, dejar escapar un sueño que ya nunca será, tengo que decir adiós de nuevo a otra parte de Jose.

Cuando un ser querido muere, se pierden tantas cosas, hay que pasar tantos duelos…

Querido Jose Carlos

Hace unos días empecé a escribirte esta carta. Empezaba así: “Te escribo esta carta deseando que puedas leerla dentro de algún tiempo, esperando que el tiempo pase y deje todo esto en un horrible recuerdo. Mientras tanto, cada día te susurro cosas al oído. No sé si me oyes, pero espero que sí. Aunque quiero dejarlo por escrito, por si hablándote olvido algo o por si luego no lo recuerdas. El tiempo que tenemos para estar juntos es tan corto, que casi no me da tiempo a decirte todo lo que quiero.”

Por desgracia, he tenido que cambiar el inicio de la carta, porque ya nunca la leerás. Te has ido para siempre. Ahora eres una estrella en el cielo, de esas que tanto le gustan a Sara. Cada noche, cuando mire hacia arriba, una estrella brillante estará iluminando su vida. Cada vez que cantemos “¿estrellita dónde estás?”, le recordaré cómo la cantaba contigo. En estos momentos, quiero creer que tu luz no se ha apagado para siempre, que vives en nuestros corazones y que siempre nos cuidarás y nos vigilarás. Y no quiero que dejes de saber lo mucho que te queremos, por eso, por ti, va este agradecimiento.

GRACIAS por llegar a mi vida hace ya unos cuantos años y hacerme ver que existen personas buenas y maravillosas en el mundo. Tuviste paciencia, de esa tienes mucha, y con calma me hiciste recuperar la confianza perdida.

GRACIAS por querer a Lucas como si fuera hijo tuyo, por enseñarle a montar en bici, a construir figuras de Lego y a manejar el ordenador. Por jugar con él a tenis, por darle los abuelos, tíos y primos que le faltaban. Por querer compartir con él nuestro viaje de novios, llevarle al cine y hacer castillos de arena en la playa.

GRACIAS por ser mi mejor amigo, por ser la persona a la que siempre llamaba para contarle cualquier cosa, mis alegrías y mis penas. Tú siempre sabías escuchar y yo siempre tenía tanto que decir. Tú eres mi AA.

GRACIAS por Sara, ese tesoro que nos costó tanto encontrar, y que vino a llenar nuestras vidas de una inmensa alegría. Por acompañarme en cada momento de esta maravillosa crianza, por ser un padrazo y quererla con locura. Sara te adora y te quiere muchísimo.

GRACIAS por aguantar todas mis manías, mi momentos de mal humor, de incertidumbres, de miedos. Gracias por abrazarme cuando lloraba y levantarme cuando me caía.

GRACIAS por entender que quisiera quedarme en casa unos meses cuidando de Sara, a pesar de tener que apretarnos bastante el cinturón. Gracias por apoyarme en el camino de la maternidad, en esta crianza que algunas personas no comprenden pero que tú defendías a capa y espada.

GRACIAS por solucionar todas mis dudas, por enseñarme tantas cosas, por estar siempre dispuesto a hacer cosas por los demás, por tu bondad y por tu gran corazón.

GRACIAS simplemente, por ser la gran persona que eres.

Siento tanto no haberte dicho todas estas cosas hace tiempo. Muchas veces damos las cosas por sentado y no nos damos cuenta que la desgracia acecha escondida en una esquina cualquiera. Siento que nuestra relación de pareja no fuera tan bien como habríamos querido, aunque sé que tú sabes que te quiero. Y sé que tú también me quieres. Eso no cambiará nunca.

Ahora, tenemos que intentar seguir sin ti. Pero es muy duro. Entrar al portal y ver tu nombre en el buzón, sabiendo que ya nunca recogerás el correo. Abrir el ordenador y ver tu página de Facebook, sabiendo que ya nunca publicarás nada. Coger el teléfono y ver que tu nombre es el primero de la lista, sabiendo que ya no voy a poder llamarte. Lucas está destrozado, no deja de llorar. Sara está bien, pero yo estoy tan triste de saber que va a crecer sin su papá… Pero no te preocupes, porque no va a olvidarte nunca. Nos encargaremos cada día de hablarle de ti, de enseñarle fotos y vídeos, de contarle lo mucho que la querías, lo maravillosa persona que eras.

Te has ido demasiado pronto, cuando aún te quedaban tantas cosas por hacer…. Tenías que ver crecer a tu hija, esa que nos llena de alegría cada día. Tenías que venir a la graduación del cole de Lucas, que también se nos hace mayor. Tenías que disfrutar este verano de la playa con Sara. No vas a estar cuando empiece el colegio, cuando se le caiga su primer diente ni cuando tenga su primer novio. ¿A quien voy a llamar ahora para contarle cada nueva noticia, quien se va a encargar de todos los temas legales, quien me va a hablar de las últimas series o de la mejor música? ¿Quien va a bajar a Sara al parque, quien va a jugar con Lucas a la consola, a quien voy a llamar si vuelvo a tener piojos?

Espero que sepas lo agradecida que estoy por tantas cosas. Y espero que estés por aquí, que tu energía nos acompañe cada día, que de alguna manera, nos veas y nos sigas queriendo.

Te quiero. Te queremos

Sobreviviendo a una noticia devastadora

Hablar me relaja. Estos días estoy hablando a todas horas, necesito desahogarme. Llamo a todo el mundo y dejo que fluya. Pero, ¿qué pasa si la necesidad de hablar me pilla de madrugada? Pues aunque no es lo mismo, me he levantado y he encendido el ordenador. A fin de cuentas, escribir es también otro modo de liberarme, de expresarme. Quizás, por eso abrí el blog. Y quizás, por eso también, hoy estoy aquí sentada contando esto. Porque necesito desahogarme. Mis amigos me escuchan cada día, están ahí en todo momento de bajón. Pero a veces tengo que parar, tener cuidado por los niños, no dejar que se note lo que estoy pasando. Y ahora, tranquilamente, en la soledad de la noche, puedo escribir y relajarme sin miedo a que mis hijos se enteren.

Estoy fatal, estoy pasando la peor situación que he vivido nunca. Y creo que no lo llevo bien, me consideraba muy fuerte, pero ahora no me veo así.

Hace casi dos semanas, mi marido sufrió una parada cardiorrespiratoria. De golpe. Sin previo aviso. Estaba entrenando con un amigo, estaba bien, de pronto se paró, se agarró a un árbol y allí empezó esta pesadilla. Cayó al suelo fulminado, muerte súbita lo han llamado. Le hicieron maniobras de reanimación cardiopulmonar, la ambulancia llegó rápidamente y le recuperaron. Está en la Unidad de Cuidados Intensivos, en coma desde entonces. Sin ningún cambio. Al contrario, las cosas van a peor, no responde a ningún estímulo, ni siquiera al dolor. Las imágenes muestran varias zonas del cerebro dañadas por falta de riego sanguíneo. Y el pronóstico es muy malo. Hace unos días nos dijeron que no se va a recuperar, parece que se va a quedar en estado vegetativo persistente. Es una noticia devastadora, para mí, peor incluso que la muerte.

Así nos enfrentamos a esto:

Yo – Tengo todo tipo de sentimientos, muchos de culpabilidad. Todo el mundo me dice que no tengo que sentirme culpable, pero no puedo evitarlo. Para el que no lo sepa, os pongo en antecedentes. Mi marido y yo habíamos tenido unas pequeñas diferencias y se había marchado de casa temporalmente. Las cosas no funcionaban muy bien desde hacía algún tiempo, habíamos descuidado nuestra relación.Pero no era nada definitivo ni nada rígido. Éramos unos padres “separados” modélicos. Cada día, todos los días de la semana, venía a casa. Los días de diario venía al salir del trabajo y estaba con la peque en la cena, se encargaba de bañarla y jugaba con ella un  rato antes de dormir. La única diferencia que había era que no dormía aquí. Los fines de semana estaba aquí casi todo el rato. Él se encargaba de llevar a Sara a natación los sábados por la mañana, y por las tardes llevaba a los niños a casa de los abuelos. El resto del fin de semana, lo pasábamos en el salón jugando, o bajaba al parque…. Hablábamos cada día por la mañana, le llamaba para cualquier duda que tenía, nos hacíamos favores, celebrábamos juntos las fiestas… parecía que nada había cambiado, excepto por el hecho de que dormía en casa de sus padres.

Y entonces, ¿por qué me siento culpable? El domingo pasado no vino a casa por la mañana, quedó con un amigo para correr. Llamó a las 11.20 para hablar con Sara y decir que se pasaba por la tarde, como siempre. El SAMUR le atendió a las 11.46, Sólo un momento después. Si no nos hubiéramos enfadado, si no se hubiera ido de casa, si siguiera viviendo aquí, si nos hubiesemos dado más tiempo seguramente no habría ido esa mañana a correr con su amigo y esto no habría pasado. O sí, la verdad es que no lo sé. Pero no dejo de darle vueltas a esto.

Estos días están siendo los más difíciles de mi vida. Los primeros días no sabía reaccionar, estaba en estado de shock, pensaba cosas como que habíamos hablado por teléfono sólo unos minutos antes y no podía ser cierto. Poco a poco, he ido viendo la realidad del asunto. Y tengo tanto tiempo de pensar en tantas cosas. Unas veces no quiero ver la magnitud del asunto, pienso que los milagros existen…pero esos pensamientos me duran poco, rápidamente me doy de bruces con la realidad. Y me he hundido. Aunque intento no hacerlo. Por ellos, por los niños.

No puedo dormir, cierro los ojos y le veo allí tumbado en la cama, intubado y dormido, sin hacer nada. Le hablo, le acaricio, le doy besos, le cuento las cosas que ha hecho la niña, pero nada. Hace un par de días que ha empezado a abrir los ojos. Pero es casi peor verle así. Con la mirada fija hacia el techo o los ojos en blanco, ni parpadea. Bosteza, con la boca muy abierta, muchas veces, parece que mastica algo, todo sin mover los ojos, y de pronto, los vuelve a cerrar y se acabó. No tiene conexión con el medio, no nos oye, no responde, no se mueve… Como enfermera que se ha enfrentado a cosas parecidas muchas veces, entiendo estas situaciones. Recuerdo un caso particular de un chico muy joven que intentó suicidarse. No se murió pero quedó en estado vegetativo. Yo veía a esos padres, pasarse los días en el hospital destrozados, hablando con él, imaginando cosas. Y pensaba, pobres, no quieren ver la realidad. Ahora, yo soy como esos padres. Veo cosas dónde no las hay. Otras veces, me doy cuenta que no tiene sentido.

Creo que no puedo con esto. Me derrumbo a cada rato, me paso el día llorando. El sábado me encargué de llevar a la pequeña a natación, en un intento de que su vida siga siendo lo más parecida posible a la que era antes. Pero de pronto, no sabía dónde estaban las cosas de la piscina, no sabía si necesitaba algo para entrar, no sabía quién era su profesor…Cogí el teléfono para llamarle y preguntárselo y caí en la cuenta que ya no puedo hacerlo. Me agobié tanto que me senté en el suelo a llorar y no podía parar. Esto se me hace cuesta arriba. Ayer, al volver del hospital en el autobús (he dejado de ir en coche porque siempre vuelvo muy afectada y me da miedo), empecé a encontrarme mal, no podía respirar, sudaba, me estaba mareando, lloraba y nadie, ni siquiera la chica que estaba sentada a mi lado, me preguntó si necesitaba algo. Me bajé y respiré hondo en la calle, entré en la guardería a recoger a Sara pero antes de que la sacaran, me metí al despacho de la directora a llorar desconsoladamente y desahogarme, para poder salir calmada a recoger a mi hija.

A cada momento, me doy cuenta de su falta. Veo fotos en casa. Oigo una canción y pienso que a él le gustaba. Veo algo en la tele y me acuerdo de él. Recojo a la peque de la guarde y me quedo esperando a que llame, como cada mañana, para el parte diario. Pero no llama. No mete la llave en la cerradura como cada noche. Este fin de semana no ha estado con los niños. Todo el mundo me dice que soy muy fuerte y yo intento serlo, pero ahora no lo consigo. Estoy tan cansada, las noches son eternas.

Por suerte, hay mucha gente que me apoya, personas que me llaman, se preocupan, me ofrecen todo tipo de ayuda. Y yo hablo y me desahogo cuando puedo, cuando no están los niños, lo que también resulta un poco difícil. Echo de menos un vecino amigo en la puerta de al lado. Alguien a quien poder llamar en los momentos en los que no puedo más, para que se quede unos minutos con los niños y poder calmarme. También echo de menos a mi familia. Es cierto que están ahí apoyándome, pero no como yo querría. Mi madre trabaja casi todas las tardes, por lo que no puedo dejarle a los niños y acercarme al hospital. Y a la peque no puedo dejarla con cualquiera, tampoco quiero marcharme y dejarla llorando. Mi padre no sabe manejar los sentimientos, en casa nunca hemos podido expresarlos. Ahora, en vez de apoyarme y abrazarme, me regaña por llorar, por no tener hambre, ¡hasta ha llegado a decirme que tengo la casa hecha un desastre! Así no quiero su ayuda.

Lucas – Me tiene un poco preocupada. El día de la noticia, fue muy duro. Si hubiese sido de otra forma, podría haber intentado maquillar la noticia un poco, pero él estaba delante cuando me llamaron por teléfono y se enteró de todo. Es duro para él. Tiene 12 años, sigue siendo un niño aunque ya entiende lo que está pasando. Bueno, mentira, no lo entiendo. No lo entiendo ni yo. A veces se pone a llorar, otras veces se enfada y dice que no es justo que una persona tan buena tenga que pasar por esto y que haya verdaderos monstruos en la calle a los que no les pasa nada. Hay veces que mira a Sara y se pone triste, pensando en su futuro. Algunos momentos, es mi único apoyo. No quiero abusar de él, pero con su sensibilidad especial, ve lo mal que lo estoy pasando y me abraza, o me ayuda con alguna cosa. Es difícil, estoy intentando que en casa las cosas no cambien mucho, tener mucha paciencia con él. Y sobre todo, hablar. Que hable, que se desahogue, que exprese lo que siente y no se lo trague.

Sara – Ella también nota que pasa algo, aunque evidentemente, no sabe qué es lo que pasa. Por las noches llama a su papá, a la hora del baño principalmente. Y el día de natación, iba extrañada conmigo. Lo que más nota es el ambiente que hay en casa y se despierta muchas veces por la noche llorando, aunque se vuelve a dormir enseguida, me preocupa que algo le esté afectando. A mí me duele muchísimo pensar en su futuro, aunque como ahora es todo tan incierto, tampoco quiero darle muchas vueltas.

El resto de la gente – Bueno, todas las personas que me rodean se enfrentan a esta situación de distinta manera. Principalmente, las personas que más me preocupan son mis suegros. No son conscientes de lo que ha pasado, un mecanismo de defensa les impide ver la realidad del asunto. Los médicos dicen que es normal y que poco a poco irán dándose cuenta, aunque de momento, a pesar de que les han hablado varias veces de la gravedad del asunto, siguen esperando un milagro. Y yo no me veo con fuerzas de explicarles nada, aún estoy yo que no me lo creo. Todo el mundo está muy afectado, esto no tiene lógica, una persona sana y joven…

En todos estos días, lógicamente, no he escrito nada en el blog, no tengo ganas de nada. Lo único que hago es pensar, darle vueltas a miles de asuntos. Y hay algo que me ha sorprendido. Por un lado, la cantidad de gente preocupada. Personas con las que no hablo hace meses, e incluso años, y que ahora se vuelcan en ayudarme. Amigos que están ahí a cada momento, que me llaman cada día, vienen a verme, me acompañan al hospital, se ofrecen a quedarse con los niños. Si no fuera por todas esas personas, por ese cariño incondicional, por esas personas que me escuchan en mis peores momentos, cuando me ahogo y no puedo respirar y sólo puedo llorar….Pero también me ha sorprendido la otra gente. La que no me ha dicho nada, gente a la que veo cada día en el trabajo, personas a las que conozco hace años, miembros de la familia, gente, que a pesar de saber lo que estoy pasando, no se han molestado ni una sola vez en preguntarme como estoy yo, como está él, si necesito algo…Es una lástima que tenga que pasar algo así para darte cuenta de la gente que de verdad importa.

Y ya me he desahogado. En un rato me vestiré para ir de nuevo al hospital, a ver que nos dicen hoy, aunque no espero ninguna noticia. La doctora dijo que iba a esperar unos días más y si no había cambios, hablaban con nosotros largo y tendido. Este es el resumen de lo que están siendo mis días últimamente. Imagino que seguiré desconectada de este mundo durante una temporada. Gracias por escucharme en mitad de la noche.

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